El error de decoración con lámparas que muchos cometen en la habitación
La iluminación es uno de los pilares fundamentales de la decoración de interiores, capaz de transformar por completo la atmósfera de una habitación. Sin embargo, tan importante como elegir el diseño de la luminaria es saber exactamente dónde no deben colocarse las lámparas para evitar molestias.
Un error extremadamente común en la decoración actual es priorizar la estética visual del objeto sobre la funcionalidad y el confort lumínico. Cuando la luz se planifica mal, el espacio destinado al descanso puede convertirse en un entorno irritante y poco acogedor. Por ello, entender la disposición espacial de la lámpara es el primer paso para lograr un refugio de paz.
Dónde colocar las lámparas
El fallo más recurrente que señalan los expertos en interiorismo es ubicar lámparas directamente sobre la zona de descanso principal. Debemos evitar siempre tener fuentes de luz que estén situadas justo encima de la cama, especialmente si al estar acostados el resplandor nos golpea los ojos. Esta mala ubicación provoca que la luz incida de forma agresiva sobre la cara, dificultando la relajación necesaria antes de conciliar el sueño. La exposición directa a una bombilla desde una posición horizontal genera una fatiga visual inmediata que rompe la armonía del cuarto. Es fundamental buscar una iluminación perimetral o indirecta que suavice las sombras y respete el campo visual del usuario.

Este mismo principio de confort con la lámparas debe aplicarse rigurosamente en todas las zonas de descanso de la vivienda para mantener la coherencia. Al igual que en el dormitorio, hay que evitar que las lámparas queden suspendidas sobre los sofás o sillas, tanto en el salón como en el comedor. Cuando la luz baña hacia abajo e impacta directamente en la cabeza de las personas, se crea una situación incómoda para la conversación y el relax. Esta disposición errónea genera sombras marcadas en las facciones y una sensación de calor innecesaria en la parte superior del cuerpo. La luz debe acompañar al usuario, no invadir su espacio personal ni generar deslumbramientos molestos.

El resultado de estas malas decisiones en la planificación eléctrica es claro y afecta directamente al bienestar diario de los habitantes. Una iluminación mal proyectada hace que la estancia resulte desagradable a la vista y resta valor a cualquier esfuerzo decorativo previo. La sensación de tener un foco pesado justo encima de la cabeza no suele gustar a nadie y termina por anular la función social de una habitación. Es un tipo de luz invasiva que, en lugar de invitar a la calma, activa una respuesta de alerta en nuestro sistema nervioso. Por esta razón, la ergonomía con la lámpara es tan crucial como la elección de los muebles o los colores de las paredes.