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Las caras no tan distintas del hambre en Asia, África y Latinoamérica

28 abr 2017
02h15
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Los números varían entre quienes pasan hambre en Asia, África o Latinoamérica, regiones muy diversas que se han puesto a buscar soluciones parejas a problemas de largo alcance como la pobreza o el cambio climático.

Los aproximadamente 800 millones de personas que siguen sin tener suficiente para comer están repartidos por todo el mundo, pero básicamente en aquel que es pobre o está en vías de desarrollo.

En Asia-Pacífico se concentra más del 60 % de esa población, a menudo sin recursos ni apenas ayuda, y a pesar de los esfuerzos por reducir la cifra (el crecimiento económico de China tuvo mucho que ver en eso), las últimas evaluaciones regionales de la ONU indican que los progresos se han ralentizado.

La desnutrición afecta aún al 12 % de los habitantes de esa región, unos 490 millones de personas que viven en su mayoría en Asia meridional.

El consejero del Gobierno chino Xie Jianmin fue al grano esta semana en una conferencia en Roma: "Si no resolvemos el problema de las tierras y no protegemos los derechos de los productores no podremos solucionar el problema de la inseguridad alimentaria".

El gigante asiático no ha dudado en ofrecer asistencia técnica y fondos a los países necesitados con los que ha tejido lazos comerciales en su agresiva estrategia de cooperación internacional.

Socios preferenciales los ha encontrado en África subsahariana, donde el porcentaje de personas hambrientas continúa siendo el más alto: el 26 % de la población mayor de 15 años, unos 153 millones de individuos.

El problema allí, según un informe de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), no es la falta generalizada de alimentos.

La oferta existe, pero muchos africanos no tienen con qué comprarlos y algunos países dependen demasiado de las importaciones, a las que recurren para obtener, por ejemplo, hasta un tercio de los cereales que requieren.

Haladou Salha, consejero de la Unión Africana ante las agencias de Naciones Unidas dedicadas a la alimentación, destacó la necesidad de crear empleos "atractivos" para los jóvenes, cada vez más numerosos.

Para labrarse un futuro, dijo, también necesitarán "estabilidad" en sus países, aunque muchos sigan atrapados por la violencia, la sequía y otros efectos del cambio climático.

Unos problemas que viven igual de cerca en Oriente Medio y el norte de África, donde el hambre se ha cebado con 30 millones de personas, incluidos refugiados y desplazados internos por las guerras de Siria, Irak, Libia o el Yemen.

"La triple carga de la malnutrición la vemos tanto en forma de obesidad en los países del Golfo como de desnutrición en el Yemen", apuntó el representante de Egipto en la FAO, Jaled al Tauil.

El diplomático desgranó algunas de las prioridades que podrían mejorar la seguridad alimentaria de la región y, por qué no, del resto del mundo: la adaptación al cambio climático, la protección social de los más pobres, la lucha contra las pérdidas y desperdicios de alimentos, y la promoción de modelos de consumo sostenible y menos dependientes del exterior.

Una de las medidas más extendidas han sido los programas de alimentación en las escuelas a partir de productos de agricultores locales, como se encargó de recordar el embajador argentino Claudio Rozencwaig.

En América Latina y Caribe, sostuvo, las políticas públicas de los últimos 15 años han incluido ese y otros aspectos como el aumento de los salarios mediante el empleo, las transferencias condicionadas de dinero a los más necesitados, la educación nutricional y la intervención en los precios de los alimentos para evitar su volatilidad en caso de crisis.

Formas "transversales" de combatir la pobreza que han contribuido a rebajar al 5,5 % la tasa de personas desnutridas en la región (34,3 millones de latinoamericanos), mientras crece la preocupación por el sobrepeso, que ya padece más de la mitad de la población en la mayoría de esos países.

Según el especialista de la FAO Kostas Stamoulis, dichas regiones -cada una con sus propias dificultades- mantienen coincidencias en el camino a seguir. Y pone de manifiesto los esfuerzos en todas ellas por promover prácticas "innovadoras", la protección social y la resistencia frente a los desastres naturales.

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