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JOYA CONVENTUAL EN EL RÍMAC
La paz del Señor inunda los siete claustros de este convento que es la máxima atracción religiosa y turística del Rímac, en Lima. Los limeños, los peruanos y los turistas de otros continentes debieran encaminar sus pasos para descubrir sus reliquias. La restauración de sus ambientes lo ha dejado listo para recibir visitantes. En más de cuatro siglos que estuvo cerrado a fieles y profanos porque fue de clausura no ha cambiado. Si el lego Andrés Corso, que se retiró a este lugar en 1595, volviera a la vida no se asombraría. Casi las mismas flores, los mismos pájaros y el mismo aire a soledad.
El humilde hermano que murió de viejo amaba la paz. Llegó como paje al Nuevo Mundo, sirviendo al Virrey Andrés Hurtado de Mendoza, segundo Marqués de Cañete. Cuando se cansó de tanto movimiento postuló plaza de lego donde los franciscanos. Era tan hábil que fue cocinero, portero, hortelano, carpintero y albañil, todo de una sola vez. No duró mucho en la ciudad. Todavía le fastidiaban los ajetreos de Lima y pidió permiso para irse al fondo del barrio de los lázaros, al otro lado del río, junto al cerrillo de las Ramas.
El santo Arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejo, había pedido al rey Felipe II una cédula real para fundar un convento de los Descalzos en Lima, pero éste nunca aprobó su solicitud. Entonces la Provincia de los Doce Apóstoles, reunida en capítulo provincial en Jauja, "acordó fundar en la capital, como parte integrante de la gloriosísima Provincia", por lo menos una Recolección o Recoleta al pie del cerro San Cristóbal.
El lego Andrés Corso, apellidado así por ser expósito y oriundo de la isla de Córcega, fue encargado de iniciarla. Con este propósito, María Varela, benefactora de la orden donó un terreno de su propiedad ampliándolo luego con otro de su hijo Luis Guillén. Este lugar fue ideal "por estar fuera de la ciudad con sus pastizales y huertos con plátanos, lúcumos, nogales, caimitos, caña de Guayaquil, cedros, palmeras, viñedos, olivares, arrayanes y mil lianas más". Un regalo de la naturaleza que queda en los viejos anales de la orden. La contaminación, la falta de agua y el cemento mataron todo vestigio de vida vegetal.
El Padre Comisario seleccionó un personal de ocho religiosos y llamó de las regiones de Tucumán a San Francisco Solano que fue fundador del convento y su primer guardián. Cuando quería orar a solas se iba a un bosquecillo que llamaba "mi monte Alberna". En este lugar Juan Marimón, un fraile que nació en Cataluña y que, dejó de predicar sólo cuando dejó de vivir, fundó en 1744 una "Casa de Ejercicios". En su capilla está el Cristo que veneraba el santo, un San José de noble pincel y unos cuadros que muestran el martirio de San Lorenzo y San Esteban. En 1864, doña María Simona Alborta de Pando obsequió a su capilla un antiguo reloj de pesas, "para que recen por mi alma mientras camine", y sigue funcionando.
En carnavales y en Semana Santa hay todavía personas "que se retiran" a esta casa, alejándose del mundanal ruido. Sus celdas se han modernizado, pero quedan algunas muy antiguas de tarimas forradas con cuero de vaca. Las calaveras que había en las mesas de noche las quitó el padre Javier Ampuero desde que "un retirando" no pudo dormir, pensando en lo frágil de la vida. Hasta hoy continúa cerrada la celda de un novicio, "a quien el diablo se llevó dejando sólo una de sus sandalias".
Durante el virreinato pasaron por ellas virreyes, condes y marqueses. En la república, desde ministros de estado y militares de alta graduación hasta obreros y pescadores, incluyendo el propio clero con el arzobispo a la cabeza.
"Los retirantes" que practican todo el día actos piadosos ignoran que se arrodillan prácticamente sobre muertos. La capilla es también cementerio. Una de las tumbas ilustres corresponde al padre Francisco María Aramburu, autor de la idea de poner una cruz luminosa en el cerro San Cristóbal y también de las anuales peregrinaciones que se hacen hasta ella.
Para los que quieran saber, duerme el sueño de los justos en la capilla, frente al Altar Mayor, bajo las primeras bancas. Nunca le faltan como tampoco a los otros el perfume fragante de las margaritas y, claro, la presencia de Dios.
Salimos de allí y seguimos visitando el monumental convento. En las paredes hay sentencias que llaman a la meditación. En un pasaje, bajo una calavera con dos tibias cruzadas; "Lo que tú eres yo fui, /mañana serás lo que soy". En un patio: "Que tengo que morir es infalible,/ dejar de ver a Dios y condenarme/ triste cosa será pero posible."
El severo claustro del Vía Crucis, que alcancé a ver cuando el edificio abrió sus puertas, parece ahora un alegre retablo ayacuchano. El Vía Crucis se hace recorriendo las alacenas, que felizmente no han sido tocadas, donde están pintados los pasajes de la Pasión. El clásico "me facit", "me hizo", no aparece dejando a su pintor en el anonimato. Pero la idea de proteger las pinturas del sol, el polvo y la lluvia es excelente. Las alacenas se cierran y cuadros y textos quedan más o menos protegidos.
Nos vamos hacia el Claustro de los Padres o Claustro de la Sacristía que es en realidad un ancho corredor donde se encuentra, en primer término, un retrato del hermano lego Andrés Corso, que falleció a la venturosa edad de 90 años, después de haber fundado tres conventos.
Por esos siglos había en la comunidad un alto sentido de democracia y muchos simples hermanos legos llegaron a desempeñar el alto cargo de guardianes, mereciendo la obediencia de los frailes y el reconocimiento de su autoridad. Hubo algunos, según sabemos, que alcanzaron a ser maestros generales. No habiendo diferencias saltantes entre frailes y legos en cuanto se refiere a trato y teniendo de por medio la humildad como rasgo característico. Hubo estudiantes como Jerónimo Jiménez que en 1637 no quiso ordenarse. Lo que no fue obstáculo para que fundara las misiones de Chanchamayo.
En el mismo claustro se pueden ver también los retratos al óleo del padre Gual, famoso por su sabiduría, quien confesó al Almirante Miguel Grau, antes de que marchara a su última campaña; del padre Ramón Rojas, más conocido como padre Guatemala, hacedor de milagros; de monseñor Masías, bienaventurado varón y de otros cuyo nombre se pierde en el tiempo. Al fondo del claustro está el serviciado, que es el claustro de los novicios.
Entremos sucesivamente al austero comedor con su tribuna, donde el padre lector leía el pasaje del día, mientras los demás comían en silencio reflexionando. La capilla del Cristo de Santiago donde se confesaban los virreyes y funcionarios nobles. En ella se encuentra la singular tela del artista que, por hacerla, llegó hasta el crimen apuñalando a su modelo para lograr la expresión de la agonía que quería. Murió en 1673.
Al lado está la capilla de Nuestra Señora de los Angeles, es la Virgen ante la cual San Francisco Solano, el fraile de la alegría, tocaba el violín y bailaba. La capilla es un museo en miniatura, con lienzos, imágenes, marcos dorados, un sillón antiguo y su reclinatorio. Al frente está la sacristía que posee una colección de pinturas de la vida de la Virgen. Se comunica con la iglesia que ocupa el mismo lugar de la primitiva, construída por Corso.
Desde el coro, que tiene lienzos de un estilo muy particular, fascistol con libros corales antiquísimos y un órgano mudo, San Francisco Solano se transportaba en éxtasis hasta el Altar Mayor. En la nave se puede admirar varios cuadros de talleres europeos y también el altar de la Virgen misionera, con los restos de santa Emiliana, mártir romana.
El claustro de los recoletos o del Padre Guardián parece que fue el primitivo de Andrés Corso. Al santo Cristo cambiado por un cajón de naranjas hay que añadir una colección de varias imágenes, cuadros, volúmenes, escaleras, farolas y el famoso "balcón de Pilatos", especie de tribuna. Junto al Crucificado hay un pasadizo que lleva a la capilla del Carmen, una joya del virreinato, que veremos en otra ocasión.
Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
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