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EL TRAJE DE LA SACERDOTISA
¿Se imprime en el traje de una persona su cuerpo? ¿El aura de su espíritu? ¿Es posible rescatarla de su ajuar después de mil años o más? Al parecer sí y es grandioso que en Alek Pong, el Cerro Blanco, Apu que protege la construcción sagrada conocida como Waka de la Luna, en Moche, Trujillo, La Libertad, al norte del Perú, se encuentre una sacerdotisa invisible y visible al mismo tiempo en el cesto donde fue depositado su traje como una ofrenda. Frente a este descubrimiento hecho en 1999 la muerte mortal se queda atrás, anónima.
Al retirarse el polvo de siglos que cubría la famosa waka trujillana se pudo admirar el bellísimo complejo arquitectónico moche donde ella vivió, caminó y realizó una serie de rituales mientras estuvo viva. El atuendo de la sacerdotisa tiene una falsa cabeza con una máscara adornada con plumas, ojos y dientes de concha conus adheridos con una resina vegetal que pega también sus orejas de madera.
El cuerpo estuvo modelado por un cuero fino y tejidos que lo enfundaban recubiertos con láminas y lentejuelas de oro, plata y cobre. El manto que tiene la forma de un felino con sus garras y largas colas y el resto de abalorios, placas y láminas con diseños de camarones, loros, felinos, serpientes, era llevado posiblemente, dice Ricardo Morales, co-director del Proyecto Waka de la Luna, en las ceremonias para llamar a las lluvias.
“Los saqueadores coloniales de la tumba de la joven que fue saqueada no se percataron felizmente, agrega, de la presencia de una cesta de esterillas y tres piezas de cerámica, depositados como indicadores entre los adobes tramados y sobre la cámara funeraria. Sucedió que el forado vertical del huaqueo dejó de lado el lugar donde estaba, confeccionada con cañas, provista de tapa y conteniendo un envoltorio de tejido de algodón, donde estaba su atuendo. Una cabeza de felino con incrustaciones de material malacológico y cuatro garras con aplicaciones de oro. Además de estos objetos un textil que pareciera ser una almohada y tres vasijas moche, lo cual sugiere en nuestra opinión, que la tumba y su contenido fueron instalados aproximadamente entre el 300 y 350 d. C., fecha que correspondería igualmente al entierro en el viejo templo”.
Lo sorprendente de este material es la cantidad de objetos metálicos sueltos entre un estandarte descubierto en el mismo lugar y que aparentemente no tiene relación con el atuendo. Estas piezas están dispuestas en total desorden, unas volteadas y otras con la imagen hacia arriba. Hay entre ellas placas sueltas, cuadradas, rectangulares, circulares, ovaladas, en gran cantidad, y una rampa calada con una serpiente en el interior, semejante a la rampa y serpiente que se desarrolla en el frontis norte, sexto escalón de la fachada del templo. Todas ellas presentan de uno a tres orificios, con restos de hilos de algodón que los sujetaban a algún tejido. Otras placas y láminas llevan representaciones zoomórficas (camarones, loros, felinos, serpientes), caretas en relieve de personajes con incrustaciones de piedras semipreciosas y turquesas (ojos y rostro). Mención aparte merecen dos discos de oro representando guerreros en relieve sobre fondo rojo (al parecer cinabrio) y otros dos discos con la representación de serpientes enroscadas semejantes a los altorrelieves descubiertos en la Plataforma Uhle, sobre el flanco oeste de la Plataforma Principal de la Waka de la Luna.
La importancia del hallazgo reside no sólo en los rasgos estéticos de los objetos de oro y en la complejidad tecnológica del atuendo. El aspecto más relevante, sin duda, es la confirmación de su función e identidad ritual, pues, ocurre que sólo se cuenta con referencias iconográficas, como parte de las complejas escenas ceremoniales que los alfareros moche pintaron o modelaron sobre sus ceramios.
El edificio que habría sido levantada en homenaje al cerro tiene hasta nueve andenes o plataformas, y laberínticos espacios ceremoniales, recintos y corredores, con techos cubiertos con audaces policromías de pinturas planas y relieves o enlucidos que cubrían los horcones de algarrobo que los sostenían. Los descubrimientos aún no han terminado, pero el número de turistas que llega aumenta día a día, declara Ricardo Morales Gamarra quien trabaja en el proyecto con el arqueólogo Santiago Uceda.
El culto a la fertilidad de la tierra no ha cambiado en el mundo andino y entre los murales de El Brujo en Cao y éste hay una relación muy interesante en las figuras. La escena grabada del combate ritual en el Cerro Blanco, asociado al sacrificio de guerreros, es propiciatoria para la agricultura. En la rampa de acceso del edifico C está la deidad de la montaña con cinturones que rematan en cabezas de cóndores. En otros murales aparece el felino de colmillos entrecruzados y orejas bilobuladas que sería una de sus múltiples encarnaciones. Las serpientes que están en el monumento representan a los ríos que bajan de los Andes.
En octubre de 1990 al recorrer la waka Ricardo Morales encontró un vestigio de color que fue la punta del ovillo. Faltando poco para terminar el siglo XX Santiago Uceda expresaba que sobre el piso adyacente a la pirámide había más construcciones. Por allí hizo hallazgos de unas cajuelas con la representación soberbia del entierro de un señor con figuras de madera. Entre los últimos hallazgos causa admiración el muro de arañas también relacionadas con el agro. Toda una iconografía litúrgica mágica dedicada al Alek Pong, el cerro.
Al hacer la limpieza y restauración se ha dotado al edificio de pasarelas exteriores trabajadas especialmente para dar facilidades a los visitantes que quieren admirar cada uno de los andenes. El último es el de los bailarines. No se sabe qué otras sorpresas se descubrirán en el Alek Pong o Cerro Blanco, una atracción histórica y turística de primer orden, que ejerce la fuerza de un imán en el Norte, donde el clima soleado y el cielo azul animan el esplendor del verano o la serenidad del invierno.
Los visitantes tienen mucho más que ver, el complejo arqueológico chimu de Chan Chan, los cultivos con técnicas prehispánicas junto al mar, las casonas virreinales del Mayorazgo, del Mariscal Orbegoso y el palacio Iturregui, la iglesia del Carmen, la Plazuela del Recreo, los museos y el balneario de Huanchaco entre otros recursos, que convierten a Trujillo en uno de los destinos turísticos importantes del Perú.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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