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GUARDIANES PARA POMAQ
Cientos de guerreros Sikán tienen que haberse alineado al lado de los comuneros de los alrededores del bosque seco de algarrobos más grande del Perú. La tala de los árboles por irresponsables madereros que no saben de historia y sólo quieren llenarse los bolsillos parece que se ha detenido ante la actitud asumida por las comunidades del Santuario Histórico de Poma o Pomaq donde se encuentra un gran número de pirámides que pertenecieron a sus antiguos señores.
El arqueólogo Carlos Elera, director del Museo de Sikán, debe haber sentido alivio ante un problema que parecía casi insoluble por su magnitud. Sus denuncias y quejas a la Municipalidad de Ferreñafe no encontraban respuesta por la falta de custodios. La participación de los comuneros es terminante. Ahora se puede ver con tranquilidad desde el mirador de la Waka Las Tres Ventanas algunas de sus pirámides como Waka Loro, la Rodillona, la Merced, la Cruz, Sotillo y otras, que emergen entre el oleaje de algarrobos. Hasta el lugar se puede ir en automóvil, a caballo y a pie. La distancia es corta.
Los turistas que llegan encuentran en el ingreso de la Zaranda al “milenario”, un patriarca con capas de siglos que se recostó para seguir viviendo y al que llevan hojas de coca, flores, velas y frutas a manera de un dulce y antiguo saludo. En el caserío se puede comprar una deliciosa algarrobina, excelente miel, polen selecto, servirse un buen vaso de chicha norteña y hasta probar algunos platos típicos de la cocina norteña.
El Museo de Sikán ofrece el mundo mágico del gobernante que descubrió el arqueólogo Izumi Shimada. En la cumbre de la pirámide donde se le encontró, construída con millares de adobes, 27 mujeres y un adolescente protegían su último sueño con la fuerza de su sangre. El señor de la Rodillona tuvo más acompañamieno. En las columnas hundidas que coronaban la pirámide se hizo el hallazgo de trescientas doncellas velando su eterno descanso o siguiendo su paso quién sabe por el reino de la muerte en una espectacular comitiva.
Las rampas y pasadizos del museo descubren el “entierro” del señor, que fue amarrado a su litera y colocado con la cabeza hacia abajo. Haciendo un paralelo con los danzantes de tijeras, que tienen origen prehispánico y son enterrados de la misma manera, se puede suponer que el régulo fue al mismo tiempo un sacerdote de alto rango. Se le colocó en esa posición para que el espíritu de la tierra que animaba su cuerpo volviera sin incidentes a su origen, a su matriz. La representación de una mujer dando a luz tendría relación con su elección desde el momento de su nacimiento como dignidad religiosa. Hasta hoy los sacerdotes andinos no eligen ese camino, son elegidos por las energías de la naturaleza y qué mejor desde el alumbramiento.
En otra escena el señor sentado “recibe” a sus visitantes sentado en su trono con las piernas cruzadas. Réplicas de sus brazos en oro indican la fuerza de su poder. Los orfebres crearon más de treinta coronas de oro con unos diseños de increíble belleza y efectos como las plumas móviles que creaban sonidos impresionantes cuando caminaba o era llevado en andas. Los pectorales, brazaletes, muñequeras, tobilleras, flecos de sus mantos y otros revelan una riqueza asombrosa. El oro de una sorprendente pureza ocupó a una infinidad de orífices que trabajaron arduamente. En su máscara funeraria brillan desde el pasado sus pupilas de esmeralda.
Los objetos preciosos y la viruta de los recortes extraídos de su tumba, decía el doctor Shimada, alcanzaron un peso de más de una tonelada y doscientos kilos. Hay que agregar los collares de cuentas de gemas preciosas que lo convertían en un personaje fulgurante en vida. Una riqueza encontrada en una sola tumba en 1999 que da idea de la grandeza de su élite que gobernó entre los años 700 y 1375 d.C.
Otros recintos muestran diversas actividades de los artistas y artesanos norteños, la forma de trabajo de los alfareros, los manejadores del cobre arsenical, los orífices, patrones funerarios y con ellos los deslumbrantes ajuares de la nobleza.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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