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EL CONCERTISTA DE AYACUCHO
Mañana a media asta, de pentagrama oscuro, donde los gorriones ponen una que otra nota musical. Hablo con Osmán del Barco, el gran guitarrista ayacuchano, antes de que la muerte le diera de alta en el Hospital Dos de Mayo. En su pasado quedaba como un recuerdo lejano la Sevilla del Perú, así se llamó Huamanga por un tiempo haciendo honor a sus procesiones de Semana Santa. Una ciudad que hicieron conocer José Sabogal y Alicia Bustamante por la riqueza de sus artes populares que ahora son exportadas al extranjero en "containers" y que salió también después a los teatros y salas de concierto del mundo con los recitales del maestro de la guitarra Raúl García Zárate.
Lo encontré en la Sala San Andrés. Él y su ch'ullu enmarcando sus ojos sin luz, su chompa raída sobre sus huesos húmedos y su colcha franciscana. Allí donde era sólo un número. La cama treinta y uno. Una barca encallada al lado de otra en un mismo sitio, sin memoria de los cuerpos que pasan.
"Cuando muera dígales a los vivos que ningún hospital es bueno para morirse. Se lo digo yo que he pasado por el Larco Herrera, Santo Toribio de Mogrovejo y ahora el Dos de Mayo."
Entonces no sabíamos, él y yo, que dialogaba por última vez.
¿No dicen que quienes van a morir vuelven sobre sus pasos? Pues, le ayudé, sin saberlo, a recorrer su vida desde que era un niño que se dormía feliz arrullado por las guitarras de Ayacucho hasta que el automóvil de un colectivero irresponsable en Lima le molió los huesos para siempre. Dios no fue bueno porque después lo dejó en sombras.
Para que sepan Osmán del Barco fue el primer concertista de guitarra que tuvo el Perú, a quien le tocó ver la cara fea de la vida y la cara fea de la muerte, sin que una mano amiga lo ayudara a sobrellevar sus penas. El creía que los restos de su amigo César Vallejo debían quedarse en París. "¡Para qué traerlo. El Perú lo dejó morir. Uno vive donde lo dejan vivir y muere como puede!"
"Quiso mucho a Santiago de Chuco. Lo sé, Se siente en sus poemas. Le doy un consejo. Nunca intente volver al paraíso perdido. Su pueblo jamás hubiera sido con él como lo dejó."
Cuando hablamos de su tierra natal a sala hosca, gris, con fantasmas blancos, se llenó de cielo azul, cerros apretados de verde, esquilas musicales y guitarras. "Soy un campesino, nacido en medio de los surcos", dice aunque era de familia acomodada. "Soy de Ninabamba, la hacienda de mi madre. Sin familiares vivos. Una hermana y un hijo, como si no existieran."
A los diecisiete años mamá Jesús lo envió con mucha ilusión a los Estados Unidos para que fuera ingeniero y un gran hombre como su padre, el senador Francisco del Barco. El muchacho ingreso en el Saint Thomas College, pero no siguió. El violinista Kreissler lo embrujó con la magia de sus trinos y lo siguió conservatorio tras conservatorio. ¡Sería músico como él!.
Mientras viajaba las pensiones que le enviaba su madre se empozaban en Nueva York. Cuando volvió a la gran urbe encontró que era rico. ¡Su cuenta pasaba los setecientos dólares!. Osmán pensó entonces que debía ir a París y saltó el gran charco del Atlántico. Al llegar allí se maravilló. Los jóvenes hacían cola para besar a unas muchachas elegantemente vestidas que recibían alegremente sus besos.
"¡Cómo!, ¿Así se besa en París?", preguntó entusiasmado. "¡Sí, así se besa en París, pero hoy más que nunca , porque es el día de las Catherinettes, las costureritas solteras." Ernesto More comentó. "¡Qué suerte la de Osmán llegar a París a los 21 años, con dólares en el bolsillo y en el día de las Catherinettes!."
A esa hora no hay quien observe en el hospital que Osmán disfruta el placer de fumar un cigarrillo a tientas. Según dice, hay un amor que nunca se olvida. El primero y apenas escuchó a Emilio Pujol volvió con la guitarra. Su violín de cien dólares lo regaló a Alfonso de Silva, "!para que se ganara la vida!"
Pujol le enseñó los secretos de la guitarra clásica. Lo apreciaba tanto que una noche de recital en el Petit Palace de la ciudad Luz, tocó antes y sólo para él en su camerino.
Osmán no puede recordar Paris sin Vallejo y sus magras cenas. "Tenía cara trágica, recordó. Empequeñecida por el sufrimiento. No le gustaban los humoristas ni los narradores de chistes porque era triste y, sin embargo, hacía chistes de todo." Las madrugadas de Montparnasse y el barrio de la Opera tenían otro color cuando su guitarra española se bautizaba en waynos y Vallejo cantaba llorando.
Lima, que siempre ama lo extranjero más que lo peruano, no valoró su talento y a su regreso dejó que Osmán del Barco fuera descendiendo de peldaño en peldaño. Hasta que no pudo más. Había transcrito veinticuatro pastorelas de los músicos franceses del siglo XII y otras doscientas cincuenta piezas para canto y guitarra, desde Juan de Encinas hasta nuestros días, incluyendo sus composiciones. No se sabe dónde están.
Le dejé con la promesa de volver aunque sabía que no lo haría. Me dolía saber que se apagarían sus días sin pena ni gloria. Ese día el abandono tuvo un nombre. Se llamó Osmán del Barco. Nadie para vivir. Nadie para morir. Hubiera ido a la fosa común de no ser su amigo César Ortega Flores, quien le pagó un gran entierro.
¡Pobre Osmán. A él que tuvo una vida de segunda, le dieron un entierro de primera!
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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