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EL DORADO ES EL PERÚ
Los cambios de clima en nuestro planeta están favoreciendo a la costa peruana o chala. Aún el sol acicala las plazas, avenidas y parques de la ciudad. Su tibieza nos abriga y la visión del cielo pintado de azul nos anima. La garúa, esa lluvia diminuta que empapa arteramente y cala hasta los tuétanos, felizmente parece más o menos lejana por hoy. Afortunadamente la contaminación se siente sólo en las vías muy cerradas y aunque es más general de lo que creemos no se nota. Estamos pasando lentamente de un calor húmedo a un frío húmedo.
Mientras tanto en el extranjero la humedad, que ha oxidado a decenas de generaciones no impide que se organicen, de tanto en tanto, expediciones empeñadas en hallar una ciudad de oro y plata: el mítico Paititi que recibe también el nombre de El Dorado.
¿Dónde está?. No hay planos. Los inkas no marcaron el lugar donde escondieron sus tesoros. Menos de que existiera una ciudad de oro y plata. En el antiguo Perú ambos metales se asociaban con la divinidad. No se puede, pues, creer que la dejaran al alcance de los profanadores. Si está oculta debe ser entre las ciudades lustrales, lejos del Cusco, donde nunca llegarán los extraños.
Pero, ¿existe en verdad el Paititi o Dorado?. ¿Quién inventó esa leyenda?. El historiador Raúl Porras sugería que el Paititi, el Dorado o la Ophir americana era Cusco, la capital imperial. Es posible que tuviera razón. Sólo tres soldados la vieron, Pedro Martín Bueno, Pedro Martín de Morguer y Juan de Zárate, a quienes envió el ambicioso capitán para despojarla con 300 guerreros kañaris enemigos. Sólo ellos conocieron la reluciente ciudad que encandiló sus ojos. Espléndida visión que duró poco. En seguida, sin darse tregua, comenzaron a arrancar las preciosas cenefas, listones y adornos de sus templos y palacios.
Francisco Pizarro llegó tarde, cuando la urbe estaba desnuda. Recibió parte del botín, mientras el resto viajaba en los galeones con el quinto del rey. El padre Bartolomé de las Casas vio los tablones de oro y se admiró de lo gruesos que eran, de la anchura de su dedo pulgar. El viejo capitán se quedó con una litera forrada de oro y cuajada de esmeraldas, donde estaba sentada la momia del gran Pachakuteq.
Los incansables buscadores de tesoros no renuncian a encontrar el Paititi. Si fueran más realistas se preguntarían donde están los jardines de oro y plata del santuario del sol, el Qorikancha. Al sufrir inermes el saqueo de sus riquezas sacras la tradición dice que cientos de cusqueños se llevaron en una noche las maravillas de sus jardines. Allí estaban, casi en su tamaño natural, reproducciones de cuanto había en el Tawantinsuyu, hombres, plantas, animales, templos, andenes, menaje y vituallas; ofrendas al Padre Sol, la Pachamama, madre tierra, la Mama Killa, madre luna, y otras energías y formas de la naturaleza. Los españoles y kañaris no les pusieron la mano. Les faltaba gente para arrancar la paja de oro de los techos que destellaban a la luz del día.
Parece que al principio estuvieron en algún recinto subterráneo de Saqsaywaman. La española María Esquivel, según otra historia, se casó con un príncipe Inka, pensando en su fortuna. Como gastaba poco le increpaba la modestia en que vivían. Cansado de sus reclamos aquel la llevó una noche en sus brazos, con los ojos vendados, para que viera sus tesoros. La mujer fue dejando caer los botones que tenía en su justillo para volver después. Ella recordaba que pasaron cerca de un río. Cuando le quitó la venda vió asombrada, a la luz de las antorchas, riquísimas figuras de oro y plata. Entre ellas un puma de oro con ojos de esmeralda. El príncipe no le dejó tocar nada, volvió a vendarle los ojos y en la casa le devolvió los botones que su gente fue recogiendo. Al día siguiente desapareció y aunque ella lo denunció al gobernador nunca se le pudo encontrar.
Pese a los fracasos no faltarán audaces aventureros que seguirán buscando el Paititi. Mientras tanto se ha encontrado una sacerdotisa tatuada en la pirámide sacra de Cao, en La Libertad, y se siguen haciendo descubrimientos muy interesantes en nuestras diversas regiones del Perú. El Paititi es el Perú con las maravillas que dejaron sus culturas, los paisajes que se encuentran en sus diversos pisos ecológicos, los prodigios que le ha regalado en flora y fauna la naturaleza y la infinidad de tradiciones que siempre ocasionan el deslumbramiento de los visitantes.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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