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CAMINANDO POR EL CUSCO
El nevado Apu Ausanqati, al sur del Qosqo, señala el camino al legendario Qollasuyu. Entre la Ciudad Puma y el Santuario de Wiraqocha, hay poblados pintorescos llenos de tradición, historia y leyenda que encantarán al turista.
En San Sebastián se siente la majestad imperial de las panakas inkas en los nombres de sus barrios. Las familias de Tupaq Yupanki, Sinchi Roqa y Mayta Qhapaq, dejaron como testimonio de su generosidad un soberbio templo, donde hizo florecer sus pinceles Kispe Titu Inka.
San Jerónimo, donde los pisonai parecen braseros vegetales con tizones en flor, luce con orgullo en su iglesia un deslumbrante altar. Los artífices cusqueños injertaron sobre su epidermis miles de laminillas de oro.
A unos kilómetros, en Oropesa, pueblo que huele a chuta de trigo, el más tradicional de los panes cusqueños, las aves migratorias se bañan en el cráter de los siete volcanes de Wakarpay convertidos en lagunas.
Muy cerca está Choqepuqyu, el balneario inka de Yaqar Waqaq. Un viejo mal del Inka que recrudecía cada cierto tiempo lo empujaba a buscar alivio en su lodo fulgurante. Una impresionante calleja de un metro de ancho y altísimos muros, recuerda al infortunado emperador que derramó más de una vez lágrimas de sangre.
Siguiendo la ruta se pasa por Rumiqolqa o Rumipunku, la gran portada de piedra donde los aqorasi, vigilantes imperiales, controlaban el ingreso a la Ciudad Sagrada. A unos metros blanquean al sol las paredes enlucidas de yeso de los moradores preinkas de Pikillaqta. Sus habitantes prosperaron y luego languidecieron hasta desaparecer.
Andahuaylillas oculta tras su severo Gólgota de granito las pinturas al temple que le han valido el título de Capilla Sixtina del Perú. Diseños moriscos decoran vigas, arquerías y el techo, donde se derramaron los pinceles del arcoiris.
Huaro, el vallecito tibio de los yakarkaes, sacerdotes videntes que leían en el fuego, está a unos kilómetros ofreciendo la maravilla de sus murales del Juicio final. Los pintó Tadeo Escalante para conmover el corazón de los ingenuos, de los impíos y los descreídos.
Al cruzar Kaninkunka nadie deja de musitar un Ave María en obsequio de la Virgen de su primorosa capilla. La pista sigue al costado de una laguna donde Willka Uma, el sacerdote del Sol, mandó arrojar la colosal cadena de oro del Inka Waskar al conocer su muerte.
En Cheqakupe existen aún las galerías donde se sentaban los varayoq o alcaldes para administrar justicia en los siglos virreinales. En su iglesia se encuentra un púlpito muy parecido al que tallaron para la iglesia del barrio de San Blas en el Qosqo.
La patrona de San Bartolomé de Tinta es la Virgen de las Nieves que sale en procesión sobre un mar de rosas. Los qeromarkinos, famosos por sus ponchos de flores, son devotos de la hermosa señora que retribuye sus afanes con sus bendiciones.
Al final del circuito, en Raqchi, está el majestuoso templo del dios Wiraqocha. Los Inkas mandaron construir en su honor un edificio de grandiosas columnas cilíndricas. El conjunto se completa con viviendas, graneros circulares y un estanque. Raqchi es el broche de oro en la ruta hacia el Qollao, donde mantiene su fuerza una de las grandes wakas prehispánicas, el lago Titiqaqa.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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