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IGLESIAS DESPINTADAS
En los últimos tiempos el Perú viene sufriendo contínuos atentados contra su patrimonio prehispánico, virreinal y ecológico tanto de propios como extraños. Ya sean bosques que son depredados con maquinaria pesada, como el de algarrobos de Pomac, ya grupos arqueológicos hasta en el Cusco donde llegan los bárbaros para cometer atrocidades y no sólo el robo de pinturas de la Escuela Cusqueña, sino destrozos por las propias autoridades responsables de su cuidado.
Hace algunos años tuvimos la suerte de grabar para la televisión las iglesias y las casas pintadas de Trujillo. El fervor de las familias españolas fundadoras y residentes en esta ciudad en los siglos pasados hizo verdaderas proezas cuando no podía conseguir los materiales que se requerían para dar el mayor realce a los monumentos religiosos y a sus casas.
En lo que atañe a la Catedral fue una sorpresa descubrir que las bellísimas columnas de mármol no lo eran. Los habitantes de su época no alcanzaron el espacio necesario en los galeones para traer los bloques del Viejo Mundo y con gran ingenio, secundados por los maestros nativos expertos en el arte de pintar, usaron una fantástica alternativa, el marmoleado.
Cuanto nos pareció mármol era pintura tan bien aplicada que sólo la ayuda de un experto podía revelar su secreto. El marmoleado alcanzaba a las paredes, las cornisas, la bóveda y hasta el fondo de los altares. Una conversación con Ricardo Morales Gamarra, del proyecto Arqueológico Waka de la Luna, me desconcertó. Al comentar el excelente trabajo del marmoleado de la Catedral trujillana me informó que al parecer ha desaparecido. Me pareció insólito y comprendí lo que había pasado cuando agregó que según sabía todo el interior había sido nuevamente pintado.
Me gustaría comprobarlo personalmente. Ojalá no fuera así. Es inadmisible que siendo la Basílica original por su marmoleado, como otras iglesias, lo destruyan a brochazos haciéndole perder la admiración que pueden despertar en los visitantes. Estamos tratando de salvar las iglesias, de protegerlas, y de pronto puede surgir un exabrupto como éste que es censurable desde cualquier punto de vista. Se trata de un monumento que es patrimonio de los trujillanos y finalmente nacional. Si se trata de hacer arreglos habría que llamar a los expertos y con su ayuda decidir lo que conviene.
El Perú fue siempre un país pintado desde miles de años atrás. Sus antiguos habitantes tenían un alto sentido y visión de los colores que se aprecia en sus construcciones, tejidos, cerámica y cuanto embellecían. La llegada de los españoles dio lugar a una serie de cambios pero los pintores siguieron su quehacer marcando una secuencia, un fluir que no se interrumpió como si fueran "escribiendo" en nuevas páginas de un gran libro. En el caso de los edificios ya no fueron los paños pétreos ni de barro de sus señores sino las iglesias, las capillas, los oratorios y también los molinos, las panaderías y algunas casas. En Trujillo también se da el caso de una sala con azulejos preciosos ¡pintados! en la casa Ganoza.
El siglo XVI y los siguientes se caracterizaron por un intenso trabajo de obras dedicadas al culto. En los pueblos más pequeños hay manifestaciones de este afán para los servicios litúrgicos de los nuevos vecinos y también la adoctrinación de sus antiguos habitantes.
Cómo explicarse entonces que, en pleno siglo XXI, en las ciudades haya descuido y se perpetren robos y cambios indeseables. Las autoridades culturales y religiosas están expresando continuamente su preocupación. Falta una concientización en todos los niveles. Qué hacemos con la gente común que no entiende el valor de las iglesias si los mismos custodios tampoco saben lo que tienen. El problema se agrava. Habrá que reunir desde mitrados hasta maestros para explicarles la importancia de lo que nos pertenece a todos así como detalles que pueden parecerles insignificantes pero de hecho deben ser cuidados. Los maestros hablarán con los niños y con sus familias y habrá una repercusión significativa.
Recuerdo que alguna vez cuando viajé con mi padre, el periodista Leandro Barrionuevo, a un pueblo al sur del Cusco y entramos a su iglesia, vi en un rincón de la sacristía una serie de retazos maltratados y polvorientos de mantos, casullas y otros. Se veían tan lindos que quise llevarme uno y no me lo permitió. Estaban el ecónomo y campesinos del sitio y según me dijo eran celosos guardianes. Se podría recurrir otra vez a ellos y pedir su apoyo. Cuidarían mejor nuestro patrimonio. Hay que devolverles autoridad.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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