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SANTA ROSA EN HUAROCHIRI
Un viaje a Huarochirí ofrece impresionantes paisajes. En Chankuya, a 4.600 metros de altura, el sol enrojece el rostro al atardecer. Los crepúsculos son grandiosos en esa planicie sembrada de rocas gigantescas. Las viskachas salen de sus cuevas y sentadas sobre sus patitas traseras con las otras delante del pecho saludan al astro rey. Al frente, en la lejanía, la mirada recorre los picos nevados del Warmuña, el Uchapiri y el Pariaqaqa que parecen derretirse con su brillo. Pasamos y al fin la camioneta inicia su descenso hacia el pueblo que cambió la antigua paja por la calamina en el siglo pasado.
Huarochirí conserva viejas costumbres pero también entró a la modernidad hace años. Una antena parabólica comprada con ayuda de sus hijos residentes en Lima los comunicó con el mundo y la época actual. Al día siguiente las jóvenes cambiaron sus hermosas polleras por jeans conservando la manta o kalashmanta para hacer frente al frío. Una combinación poco feliz pero justificable.
No se sabe cuándo llegó una imagen de Santa Rosa, recién canonizada, a la llamada tierra de magos o brujos, que eran en realidad sacerdotes andinos. Ella pudo entrar también entre celajes llenando sus mejillas de rubor solar. Aún estaba viva cuando en 1601 anduvieron por esos lugares unos rabiosos extirpadores de idolatrías. Francisco de Avila que lo visitó cuando era cura doctrinero de San Damián, y José de Arriaga. Ambos lucharon contra sus creencias. En un informe Avila se jactaba de haber sacado "...más de treinta mil ídolos por mis manos, de los pueblos del Corregimiento de Huarochirí, Yauyos, Xauxa, Chaupiwaranga y otros, y quemé más de tres mil cuerpos de difuntos que ellos adoraban".
Para convencer al virrey de Montesclaros y al arzobispo don Bartolomé Lobo Guerrero de la intensidad de las herejías que había en la región, viajó a Lima, para un auto de fe en 1609, "llevando consigo una gran muchedumbre de ídolos, cadáveres, rostros y manos de carne momia que los habían conservado hasta de 800 años, pasando de padres a hijos. Todo esto hacía más de seis cargas de dos quintales". Es de imaginar como recorrió el camino, en larguísimos días, soportando las inclemencias del clima y el clamor de la gente,"que lloraban, creía Avila, de alegría, al ver derrocados a sus falsos dioses y a sus muertos."
Catequizados a sangre y fuego los huarochiranos se convirtieron. El espanto de Avila fue tremendo cuando descubrió después de varias décadas que seguían con sus cultos embozados bajo la ceremonias cristianas. "En hazer, habla, las fiestas de sus ídolos han usado de un artificio diabólico que han sido hazerlas en la fiesta de Corpus Christi, en las Pascuas y días más solemnes, dando a entender a su cura que se holgaban por la fiesta de la iglesia. Y en el pueblo de estos que se dice Huarochirí, que es la cabeca de esta provincia, se ha averiguado haber los indios mandado hazer una imagen de nuestra Señora y otra de un Ecce Homo para fingir que hazían fiestas a estas imágenes cada año." Total, se produjo un sincretismo que no pudo contrarrestar.
En tiempos pasados la provincia fue un asiento de los belicosos yauyos. Durante el Tawantinsuyu, en la época de Pachakuteq y su hijo Inka Yupanki, kurakas famosos como Chaupi, Warirumo y Kajawaman, administraron justicia en su nombre y controlaron la disciplina dentro de la wayruna, local comunal, y en la wantacha, en la que se calificaba a cada uno de sus miembros.
En 1534, Hernando de Soto y Diego de Aguero, llegaron a la región. En 1586, siendo virrey Fernando Torres de Portugal, conde de Villar Don Pardo, se estableció un pueblo con el nombre de Santa María de Jesús de Huarochirí. Fue el tercer repartimiento integrado por los pueblos de Sisikaya, Chorrillos, Chankaruma, Cheqa, Huarochirí y Quinti. Cuando llegaron los españoles había diez mil naturales tributarios, entre 18 y 50 años de edad.
Actualmente Huarochirí, que está a una altura de 3,233 metros, tiene alrededor de 4,000 habitantes entre sus cuatro ayllus o comunidades, Huarochirí, Llambilla, Lupo y Suni. Ya no es el pueblo con casitas de techo de paja, "algo decentes", un templo de notable fachada y clima un poco frío pero sano y agradable. Tiene dos clases de producción. La agrícola, con el antiguo sistema de andenerías y la taklla, arado de pie, sembrando arvejas, habas, alfalfa, hortalizas, trigo, cebada y maíz. La ganadería también está mejor y algunos criadores mejoraron sus reses criollas con ganado brown swiss y sus ovinos con corridales. A sus ferias concurren productores de pueblos aledaños como Santiago de Anchucaya, San Pedro de Huancaire, Sangallalla y parte de San Juan de Tantaranche y Carhuapampa. Lo que necesitan es una buena carretera para sacar sus productos con rapidez.
Los comuneros conservan todavía apellidos tradicionales como Macavilca, Huaringa, Cajahuaringa, Tello, Chumbimuni, Chuquiri, Contreras e Inga. Los españoles no tomaron a sus mujeres porque según ellos descendían de brujos. Esa creencia las salvó de ser atropelladas. Su unión con otras sangres ocurriría después.
En la parte media, entre sus dos plazas, la iglesia mantiene una preponderancia arquitectónica. Su elevación puede hacer pensar que fue edificada sobrelos cimientos de un templo o cercado prehispánico. Su única nave se entibia con las velas que prenden sus devotos cada 30 de agosto y se repleta con las famosas cajuelas o altares pequeños con imágenes de la santa que llevan los nietos y biznietos de sus antiguas familias para que sean bendecidas en la misa central.
Antes de la procesión ocupan la plaza conjuntos de "las ingas." El conjunto se llama así porque es un grupo de doncellas que se comandada por el Inka con túnica de terciopelo recamada de hilos de oro y pedrerías, capa también bordada, faja, rodilleras y cetro. Las mujeres visten el cotón o túnica negra hasta los tobillos, la marata que es una faja ancha sobre la cual va otra de vivos colores, la kalashmanta que prenden con un gran prendedor y pañuelos largos. Todos llevan una máscara de monedas de plata antigua que cubre su cara como un visillo colgante, pues, representan a la nobleza cusqueña.
Julio C. Tello, considerado el Padre de la Arqueología Peruana, nació en este pueblo y la plaza principal luce en su homenaje reproducciones de pumas chavín y en su cabecera un muro de cabezas clavas que arrojan agua por la boca. Allí, la vida trascurre en cierta forma de acuerdo con el siglo. Pero los comuneros, con sus creencias y sus costumbres de otros tiempos, tienden un puente muy significativo que une el pasado con el presente, en una fusión simultánea que sólo se pueden encontrar en el Perú.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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