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LOS ABUELITOS DE CANTA
Las tradiciones que conservan nuestros pueblos forman lo que se llama "patrimonio inmaterial". Patrimonio que es rico en el Perú en distintos campos y debe ser conservado. El universo de fiestas tradicionales con su contenido, pese a las agresiones de la modernidad, aún persiste. Un ejemplo se da en Sipán, un pueblo limeño diminuto que se encaja entre dos riachuelos que parecen lebreles de agua blanca, el Ukanan y el Arwa, a sólo 120 ó 130 kilómetros de la capital y a corta distancia de Canta.
Cielo alto, con un azul de bandera y un sol de oro prendido como una medalla en la solapa. Un lugar ideal, a menos de 3,000 metros de altura donde se vive en apacible soledad, gozando de la naturaleza y sin darle importancia al tiempo que se adormila perezoso en las calles.
Para muchos, Lima es sólo el parpadeo electrónico y convencional de sus avenidas comerciales. Se equivocan porque Lima es también Quipán con sus árboles, sus pájaros y sus gentes. Uno de sus pueblos de adentro que se apretujan en el recodo polvoriento de las carreteras, bajo la protección de los cerros y en la falda maternal de vallecitos enanos, donde la brisa es suave como un suspiro, transparente y perfumada con todas las esencias de las flores silvestres.
Quipán no está en el mapa pero existe al cabo de una trocha, con casitas de adobe, teja y calamina, 300 ó 400 habitantes fieles a sus muertos y a sus costumbres y una ligera población flotante, porque a pesar de que no se incluye en los libros de geografía casi todos los días hay camiones y microbuses que llegan con mercaderías y pasajeros que desembarcan. Productos que salen y jóvenes que se van a Lima creyendo que van a conquistar al mundo.
Teodulo Zavala García, un afanoso hijo de esa tierra, trajo un día a la urbe en un acto de audacia un conjunto de danzantes, los abuelitos de Quipán, como si los hubiera sacado de una petaca vieja con olor a romero y alcanfor. Cuando se supo que venían de tan cerca, los limeños se admiraron de lo que había a sus espaldas y los vieron como a seres de otro siglo.
En efecto, irónicamente, los abuelitos parecían llegar de muy lejos con sus máscaras de cedro talladas con gusto y pulidas hasta darles un brillo de tersura que contrasta con su pretendida vejez, bigotito, perilla y ojos de cristal; terno oscuro, cosido por los sastrecillos de puntada larga; cascabeles de metal que ellos llaman moriscos cosidos a una faja de cuero que amarran a sus pantorrillas y que sirven para llevar el compás; gorro o ch'ullu sobre la cabeza y encima la ch'anpa que es un casquete adornado con cintas de seda labrada, espejos de estrella que ahora es difícil de encontrar y finísimas trencillas, tejidas con los cabellos de la madre, la hermana o la novia.
Completa su atuendo el bastón de chonta y el pañuelo rojo bordado que va amarrado al brazo como una señal, dicen de luto, aunque no se sabe si es así por la alegría de que el ser querido esté disfrutando del cielo prometido o si el color tiene algo que ver con las flores rojas que aseguran son las favoritas de los muertos.
Su presencia sirvió para agregar la voz de Quipán al léxico provinciano de los citadinos y hacerles sospechar que hay mucho más alllá a diez kilómetros a la redonda en que creían que se acababa Lima.
En Quipán los abuelitos son bailarines muy queridos. Aparecieron, según cree Teodulo, durante la etapa de la catequización y representan a los españoles viejos que tenían sobradas razones para temer a Dios al ocaso de su vida. Por este motivo eran devotos extremosos de la Virgen del Carmen.
El pueblo, cuya agudeza e ingenio es inagotable, los tomó como personajes de esa danza cuyo autor es anónimo presentándolos siempre en la fiesta de la Mama Carmen, el 16 de julio, aunque ellos comienzan a bailar el 13 y terminan el 18, después de haber cumplido varias semanas de ensayos y la acostumbrada visita a la autoridad del pueblo para pedirle permiso por respeto.
En Canta hay otras pequeñas poblaciones, totalmente desconocidas por el limeño citadino, que a su vez ignoran a la gran ciudad y que a lo mejor no la conocerán jamás. Abren los ojos bajo un sol maduro como las naranjas de sus huertos y los cierran con el primer parpadeo de una estrella. Se levantan con el trino de los pájaros y se acuestan apenas lo grillos comienzan a tocar sus violines. Aman su tierra, su incomodidad, el polvo y disfrutan a su modo de su paz sin altibajos porque no saben de otras cosas.
Uno de estos anexos es San Pedro de Huacos situado en una de las tantas arrugas de la tierra canteña. Los huaquinos acostumbran decir todo lo que sienten con flores, cuando nace un niño, cuando aman, cuando se casan, cuando mueren o cuando quieren expresar su cariño a las imágenes religiosas o practicar sus creencias ancestrales.
En el pueblo, como en otras partes, hay muchos artistas que confeccionan bellas macetas de flores para las procesiones. Son propias de la comarca y sustituyen a las láminas de plata labrada que adornan las andas cusqueñas o los albos jardines de cera de Huamanga.
Sus diseños son originales y cada maceta tiene su mayordomo con una serie de obligaciones y compromisos. En esos días Huacos es sin duda uno de los pueblos más perfumados de Lima. Un pueblo de flores que merece una visita. Los invitamos. Son un ejemplo de amor a la tierra.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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