UN AÑO MAS PARA LIMA

En un nuevo cumpleaños de Lima habría que reflexionar en lo que se ha convertido. En términos humanos, de una joven doncella de traje frondoso y florido, con cintas de agua pintadas de azul en los tiempos prehispánicos, a una matrona medio calva, con la cara floja y caderas ampulosas que apenas puede con su cuerpo después de cinco siglos.

El San Cristóbal, que la protegió mientras pudo, y los cerros circunvecinos, que antes se cubrían de pétalos perfumados desde hace miles de años, ya no pueden con la carga de construcciones que los doblegan. Las familias que los han tomado al asalto no tienen en cuenta los riesgos ni las incomodidades. La atracción de la capital da lugar a oleadas de migrantes que no se detienen.

Alguna vez el valle del Rimaq fue apacible, de buenos aires y clima benigno, dijeron los españoles. Si aquellos volvieran sentirían el agravio de la contaminación que ensucia los cabellos, la piel y la ropa con una capa pegajosa. El río Mamaq, río de los carrizales o carrizos, poblado de criaturas dulces, camarones y peces, que arrulló suavemente a sus anteriores habitantes, antes de que el bullicio automotor se impusiera con sus ruidos altisonantes, no se deja sentir ni en las épocas de lluvia. Si alguna vez hizo de niñera y cantó antiquísimas nanas, estas se han perdido entre la densidad de las aguas negras que ahora arrastra.

Antiguamente hubo siempre invasiones, la mayoría al parecer pacíficas, pero el valle conservó el encanto de la naturaleza, sus extensos campos de cultivo, sus lugares sacros, sus construcciones con polícromos murales y una vida bucólica.

Hasta que el siglo XVI alteró su espacio cuando se fundó la Ciudad de los Reyes y el capitán Pizarro tomó la parte central para trazar su damero en nombre del emperador Carlos V. Las crónicas no registran cuándo falleció Tauri Chusko, el kuraka del lugar, pero un infarto debió segar la vida del anciano señor, estupefacto al contemplar los cambios que se generaron sin su aquiescencia. Se trasladó a una mansión que tenía cerca de Pachakamilla registran Pedro Pizarro, Miguel de Estete, Cieza de León y otros, y allí se apagó.

A mediados del siglo pasado Lima conservaba aún sus campiñas y su existencia semirural. Tenía miles de habitantes que se agrupaban en sus barrios y como único medio de transporte masivo los asmáticos tranvías que se bastaban con los urbanitos, sus hermanos menores, para trasladar a estudiantes, empleados, trabajadores y público en general. Hasta que llegó la reforma agraria y aceleró la gran migración que la aqueja.

Lima, la ciudad que amó el viejo capitán que la fundó y que esperaba verla crecer bajo su mano con todos los cuidados, ha escapado a todas las planificaciones que se pudieron hacer después. En la segunda década del siglo XX el periodita y escritor Sebastián Salazar Bondy, que también la quería, expresó su protesta al escribir "Lima; la Horrible". Los limeños de su tiempo sentían nostalgia por la que se diluía en el recuerdo y el presentimiento de la que vendría después.

El valle se agita actualmente en el caos. No son culpables del todo los provincianos que llegan de pueblos distantes que no están en el mapa. La capital ejerce sobre ellos, que sufren un interminable abandono y explotación, la fuerza de un imán. Los limeños no saben cómo brilla en la pantalla de los lejanos televisores. Son millones de ojos ávidos que la miran como una tierra de promisión.

Hay que crecer en otras partes también como está empezando a ocurrir allá donde el cielo es más puro, donde los cerros se cubren de verde cuando llueve y donde se respira en el aire la alegría de vivir sin las exigencias ni las esclavitudes de la moda, sino con mayor libertad.

En un nuevo cumpleaños, a partir de 1535 hay que pedir a los reyes magos que fueron sus padrinos, que sean dadivosos y le otorguen un futuro mejor. Ellos no deben olvidar que estamos en el siglo XXI y las soluciones tendrán que darse por computadora para que todo marche electrónicamente. Hay tanto que pedir para Lima que no bastarán los discos compactos. Habrá que recurrir a medios más modernos. Sus sugerencias deben ocupar a los vecinos de todos los niveles, sirios y troyanos. Se trata de ella, de Lima, por quien veló mientras fue su primer alcalde, Nicolás de Ribera, "El Viejo", dando las primeras disposiciones con la esperanza de que se cumplieran. La basura ya comenzaba a acumularse en las calles del damero y en sus acequias había gallinazos en tropel con batir de fétidas alas.

Cerrando los ojos a muchas cosas tenemos que pensar que tuvo sus buenos tiempos y que pueden volver. Hay mucha voluntad y se nota en sectores desminuídos que de pronto han comenzado a surgir convirtiéndose en megaconos. Un nuevo fenómeno que demuestra como se puede transformar Lima desde abajo. A lo mejor retornan los vergeles, las flores y las aves para darle una nueva prestancia. A ello hay que sumar una mayor atención al Perú de adentro como se le llama, que puede contener nuevos éxodos si comienza a modernizarse y a crecer. Lo que necesita, más que disposiciones desde la capital, son incentivos para tomar sus propias determinaciones y a lo más ayuda técnica.

¡Ya va siendo hora de florecer!.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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