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NAVIDAD QUE SE VA
Para millones de habitantes de nuestro planeta la Navidad es la fiesta más candorosa del año. El consumismo, la globalización y otras causas deplorables, han ido recortando sus alas. En el Perú debemos recuperar la ternura que inspira el pequeño Jesús. Fue lo único amable del arribo de Pizarro y generó arte, imaginación, amor y sueños. Tierra adentro la Nochebuena acerca todavía los corazones. Aún se amarran con entusiasmo los belenes, la gente asiste con fervor a la Misa de Gallo, hay villancicos cada cual más dulce, bellas danzas tradicionales y cenas familiares con una hermosa carga filial.
En el Perú, Virrreinato de la Nueva Castilla, los festejos de la Pascua Navideña tomaron impulso a medida que se edificaban las iglesias y llegaban las efigies del recién nacido para presidir los pesebres, portales o belenes. Estos se amarraban con ramas de algarrobo, huarango, cedro, arrayán, hojas de plátano y gramalote, de acuerdo a las regiones; y en el piso musgos, achupallas, maíces y trigos recién brotados. Se ignora la fecha en que se compuso el primer villancico con sabor peruano, como la rendida, conmovida y deslumbrada aceptación de un ícono que es adorable porque se trata de un párvulo que sólo reclama amor. Así los Andes se impregnaron con el aroma a santidad que se desprende del Misterio Bíblico dando una expresión propia.
Los catequizadores o doctrineros, según afirma el musicólogo cusqueño Policarpo Caballero, aprovecharon la música y los cantos sacros del antiguo Perú y también aquellos con que se recibía a las criaturas, modificándole sutilmente la letra para aplicarlos al advenimiento del divino infante. Ocurre en el Hanaq Pacha, "Tierra de Arriba o Cielo", que al parecer fue un Himno al Padre Sol convertido en villancico en 1631 por el canónigo Juan Pérez Bocanegra en el Cusco, o el hallallunch o hallalloch, tonada navideña del chimo o chimu, también adaptada y recopilada por encargo del prelado de Trujillo, don Baltazar Jaime Martínez de Compañón y Bujanda en 1777.
Un Concilio reunido por Santo Toribio de Mogrovejo a fines del siglo XVI, señalando como fiestas de guardar la Navidad y la Epifania, a los españoles y naturales, dio lugar a la creación de coros de niños, cantorcillos o seises, tiples de voz blanca al estilo de la Catedral de Sevilla. Algunos tan famosos como el que tuvo Juli, la Roma Aimara, de cuatrocientos niños, para ensalzar a Dios con cantos gregorianos...
La ola mística que dio lugar en el Perú líneas de imaginería, pintura y talla sagrada, se manifiesta también a través de las albas, alabanzas, aguinaldos o gozos, conque se conoce a los villancicos en diversas partes del país. En cada lugar hay portales y belenes renombrados ante los cuales se canta y se baila y donde se reproducen con ingenio pasajes del Viejo Testamento y también del Nuevo como la Adoración de los pastores, de los Reyes Magos y otros.
En el Cusco, se da la versión peruana del Niño de Judea cuando los imagineros de sangre imperial "lo hacen nacer" en sus manos con maguey y pasta. Es la ciudad donde existe la mayor población de niños sacros en casas, iglesias, monasterios y conventos. La única en el Perú también donde se establece la feria del Santurantikuy, o mercado de santos. Los preparativos arrancaban del 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, con ensayos de coros y danzas y había en el barrio de San Blas una representación de la Degollación de los Inocentes ordenada por el terarca Herodes.
El aporte de los haravikus o músicos y de los harawiq o poetas qechwas del Tawantinsuyu es importante y se mantiene más o menos vigente merced a músicos como Ricardo Castro Pinto, organista de la Catedral y varias iglesias, virtuoso ejecutante del pampapiano o pianito de pampa. Castro recibió una herencia mística de su propio abuelo, que fue músico del viejo cantor Damián Rosas, de don Mateo Sinchi Roqa, pampapianista con sangre imperial de San Sebastián, de Cosme Lecuona y del violinista Chapaco de Mamara.
"Villivilliskaschay/ flor de clavelina,/ claveles y rosas." "Kay waqcha portalchus/, Belenllaqtapiqa,/ kamasqan karkan/ kay kusi lirpuypaq." "A la choza triste,/baja en Belén/ el que es enviado por el cielo/ para reflejar como un espejo/ al mundo su alegría."
En la Ciudad de los Reyes se recibía el 24 con alborozo, repique de campanas, gorjeo de pitos y crujido de matracas, misa de Gallo y luego cena con empanadas, yemas, bizcochuelos y los clásicos orincitos del Niño -chicha de maní-, para acabar el 6 de enero, fiesta de la Epifanía. La zalamería propia de los limeños discurría en poéticas coplas. "Manojito de rosas y alelíes,/dime en qué piensas/ que te sonríes."
En Lambayeque el Niño era llevado de casa en casa para terminar en la iglesia donde era recibido con mucha ceremonia. Allí los fieles le entregaban obsequios con cantos que improvisaban. "Calla Niño lindo/ callad, no lloreis/ tomad estos coquitos/ para que jugueis." " Le ofrezco a mi Niño/ este vino cardenal/ para que se sirva/ en su divino altar." "La más chiquitita,/ la más pobrecita/ le ofrece a su niño/ esta palomita".
En Huancavelica el Niño Dios tenía madrinas y era ahijado de todas las matronas. Sus cuadrillas de pastores o waylías, similares a las waylías o azucenas de Ayacucho, y a las waylijías del valle del Mantaro, Junín, salían a bailar en su honor ricamente vestidas, al son de una banda de qena, caja o bombo, tinya y violín, "Desde mi chacrita/ he venido andando/ a ver a este Niño/ que se está velando." "Manuelito lindo/ ¿qué haceis en la cuna/ la carita al sol/ los pies en la luna?."
Sólo en Chincha, Ica, donde se encontraba hasta mediados de siglo una importante concentración negra en el Carmen y en el Guayabo, se dan villancicos y escubilleos o zapateos con esencia morena. Hasta ellos que viven en humildes rancherías no ha llegado la Navidad consumista y llevan al Niño como ofrenda sus voces y sus contrapuntos. "A la ru, Niñito,/ a la ru, ru, ru./ A la ru, Niñito/, A la ru/ru,ru.". "Señor don José,/santo carpintero,/ hágale una cuna/ para este cordero."
Algún día quizás alguien busque con afán los villancicos a lo largo y ancho de nuestro vasto territorio, y recoja apenas restos de las lindas composiciones otrora frondosas, ahora en trance de desaparecer. La marea modernista de nuestro nuevo siglo sigue reemplazando con un árbol sintético y una estrella artificial al santo Niño, rubio y semita, que tomó sabiamente el color de la tierra americana para refrescar con un rocio de amor y de paz el el sufrimiento de sus viejos señoríos
El Perú se mantiene en una encrucijada cultural donde se pierden cada día tradiciones que le daban una imagen inconfundible y que no les interesa a sus gobernantes. Un día lo lamentarán ante el afán que han tomado de resurgir con el desarrollo del turismo. La verdadera Navidad Peruana por desgracia es algo vivo que agoniza y se va entre los dedos como arena.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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