¿Y AHORA, DON MARTIN?

Don Martín Chambi nunca le dio importancia a las placas de vidrio conque tomó fotos durante más de medio siglo. A caballo y a pie se perdía por los caminos más agrestes durante semanas para captar paisajes, rostros, fiestas, matrimonios, bautizos y cuanto llamaba su atención. Un día dio de baja a su cámara de cajón y compró una moderna para seguir tomando fotos. En más de un Inti Raymi se le encontraba en Saqsaywaman compitiendo con la ola de fotógrafos y camarógrafos que llegaron mucho después.

En los armarios del patio sus viejas placas dormían apiladas ordenadamente en cajas, acumulando rumor de viento y de lluvia, sofocándose de calor en los días azules o tiritando en las noches de helada. Ya no se puede saber cómo vinieron. A nadie se le ocurrió preguntar y tenía muchas en su estudio. Para los clientes era natural verlo desaparecer detrás de su cobertura negra y luego, estirando el brazo, sacar la chapita que cubría el lente. Primero se fue doña Manuelita, que lo engreía con manjares de la cocina puneña y cusqueña. La extrañó mucho hasta que, cansado de vivir, de enjugarse lágrimas recordando días felices terminó por seguirla.

El descubrimiento de las placas de don Martín por especialistas extranjeros fue una revolución. Había y hay maravillas en ellas porque falta mucho por revelar. Felizmente el tiempo las ha respetado y su album seguirá creciendo. Su hija Julia, continuadora de su arte, que conservaba con amor la medalla de oro donde mandó escribir: "A mi adorada astillita", se encargó de administrar las exhibiciones de esas fotografías de antología.

Machupiqchu todavía en medio de una maraña salvaje, casi todo el Cusco de su época, la plaza con la riel del tranvía que existió a principios del siglo veinte, la calle con el famoso Balcón de Herodes, una novia de aquellos años, campesinos con auténticos trajes tradicionales, decenas de músicos en una fiesta patronal, amigos jugando al sapo, el pastor con su llama que dio la vuelta al planeta y así incontables. Sin haberlo soñado jamás sus fotos cruzaron nuestra frontera y ella fue como su curadora a Inglaterra, España, los Estados Unidos. Don Martín, fue un cazador de imágenes y, en la última colección que ella me regaló de Arequipa, los contrastes de luz y sombra son hermosos. Don Martín esperaba con paciencia el giro del sol para disparar su càmara. Antes de que hiciera el viaje final se habían ido sus hijos, Víctor, que amaba también la fotografía, y Manuel, que era cineasta. Hace unas semanas Julita tomó el camino sin retorno.

¿Quién será ahora el responsable de las placas?. "Cuando me vaya será Teo, el hijo de mi hermana Celia, que también es un excelente fotógrafo", me dijo en una de mis visitas al Cusco. Se ha ido tan pronto que ha sido imposible mandar saludos a la señora Manuelita, a don Martín, a Víctor y Manuel. Cada partida de seres queridos duele y en este caso la Ciudad Imperial está triste, lo sé, por Julia.

La presencia de don Martin en el mundo sacó de la sombra a otros fotógrafos desde el siglo XIX. Poco a poco se descubre un Perú inédito, vivo en sus placas donde se mira un pasado memorable. Julia se alegraba por todos y "por papá, ¿te das cuenta?, sin él hubieran seguido olvidados". No puedo decir nada porque sin ella siento que "las campanas también doblan por mí". Quiero pensar que está en el viejo estudio de la calle Marqués esperándome. Gracias, Julita, por tu cariño y por albergar con tu alma la obra de don Martín. Dale un abrazo lleno de amor de todos tus amigos.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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