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LOS FUNDADORES DEL MUNDO ANDINO
El Perú es un país rico en tradiciones. El mayor triunfo de la cultura de este siglo sería recoger lo que subsiste en las comunidades de la puna y la selva. Muchas han desaparecido pero queda el aroma y la poesía de su vida en la obra de solitarios investigadores. Uno de ellos, el francés Jean Vellard, me alcanzó una primicia al relatarme la historia de un pueblo milenario desaparecido, los uros.
Sus habitantes se extinguieron hace más de medio siglo en Iru Itu, anclada en un oleaje de totoras, cerca de Anko Aké. Los uros del Titiqaqa ya no existen. Nunca más sus balsas surcarán el agua azul ni sus redes aprisionarán al suche de plateado vientre. Hoy sólo queda su espíritu atomizado en el lago navegable más alto del mundo.
Según sus leyendas ellos pertenecían a la primera tentativa de humanidad hecha por los dioses y se llamaban a sí mismos los kot'suns, los seres del lago. Su origen de mito motivó el desprecio de qechwas y aimaras que al mismo tiempo los veneraban y temían. Para sus vecinos los uros eran brujos de nacimiento, dotados de mágicos poderes. Algunos, como los ilakates, les llevaban oftrendas una vez al año para evitar la cólera de sus deidades protectoras.
El hecho de creerse prohombres los convirtió en parias. Los uros prefirieron la soledad de la puna al contacto de la civilización. Confinados en una isla de tiempo, su idioma, sus mitos y sus usos fueron los mismos de hace miles de años. Eran altivos y afirmaban ser los Kota Hake, los amos del pantano, en oposición a los terrestres o Wana Hake. Su extremo racismo les impidió unirse a otros pueblos.
Jean Vellard menciona su increíble fortaleza física. A 3800 metros de altura, sus mujeres andaban con los brazos y las piernas desnudas. Ningún sombrero las protegía del abrasador sol de la puna, del viento y del frío que trascendía las interminables noches de invierno. Las prolongadas sequías acortaron paulatinamente su ciclo vital. Los más jóvenes emigraron. Sólo quedaron los ancianos que no pudieron franquear la barerra de tradición que los marginaba.
"El tiempo ha sido malo", le dijeron a Vellard con profunda tristeza. "El frío ha aniquilado todo. Qué vamos a hacer. En los pantanos secos ya no hay suche, no hay más huevos de ave. Si este año no llueve moriremos."
La sequía ha terminado. En los últimos años el Titiqaqa ha vuelto a su nivel normal. La pampa del Desaguadero está llena de agua. Los pájaros y los peces han vuelto. Sólo los uros no volverán jamás. Jean Vellard, cuando fue Director del Instituto Francés de Estudios Andinos en el Perú, les hizo frecuentes visitas durante diez años, aprendiendo el idioma uro. En sus escritos se siente el alma de esta raza extinta en toda su poética grandeza.
"Nosotros no somos seres humanos", la voz metálica del uro Manuel Inta golpeó el tambor del aire hacíendolo pedazos. "Somos los kot'suns, la gente del lago. Antes de los Inkas, mucho antes que Ta Ti Tu, el gran Padre del Cielo, creara a los qechwas, aimaras y blancos, antes que el sol alumbrara el mundo, cuando la tierra se encontraba en media oscuridad, sólo iluminada por la luna y las estrellas, cuando el Titiqaqa se extendía hasta las últimas fronteras de la puna, nuestros antecesores ya estaban aqui."
"Nosotros no somos seres humanos, continuó. Nuestra sangre es negra y no podemos ahogarnos. No sentimos el frío cortate del lago en las noches de invierno. La húmeda niebla que penetra a los seres humanos y los hace morir no nos hace daño. Ningún rayo puede herirnos. No hablamos el idioma de los seres humanos y ellos no nos entienden. Somos un pueblo singular, muy antiguo, los kot'suns, el pueblo del agua."
Los uros vivían de la recolección, la caza y la pesca. Pero, en realidad, no eran auténticos pescadores. Nunca se internaron lago adentro aunque pescaban de noche, alumbrándose con antorchas que atraían a los peces. Recolectaban raíces dulces, huevos de paloma y pequeñas conchas comestibles. Los qechwas y aimaras no les dejaron dedicarse a la agricultura y estancaron su proceso histórico.
Los techos de sus chozas eran de paja y tenían la forma de una quilla. Alfombraban el piso con esteras de totora. Usaban una frazada de coloridos retazos para cobijarse. No conocieron la cerámica ni la textilería. Los hombres vestían camisa y pantalón de bayeta, una túnica de lana y sombrero de grandes alas. Hacían comidas en honor de los muertos, los enterraban de noche y quemaban sus ropas para alumbrar su viaje sin retorno.
Los muratos del Poopo, los uros del Desaguadero y una parte de los pescadores del Titiqaqa de mediados del siglo pasado, eran sus descendientes. Los llamados uros actuales viven en islas flotantes y conservan la forma de sus viviendas pero no hablan uro ni conocen sus creencias y costumbres.
Los verdaderos uros, de orgullosa estirpe, fundadores del mundo al decir de sus mitos, eligieron la soledad. Apegados al lago que les dio vida guardaron con celo su original cultura. Nadie pudo vencerlos excepto la muerte que ha borrado sus rastros de la faz de la tierra. Sus últimos años trascurrieron sin dejarse sentir en la altura inhóspita, donde poco a poco la estrella de tiempo que alumbró en su sangre se apagó para siempre.
Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
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