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SEÑORES DEL VIERNES SANTO
El Viernes Santo en Lambayeque volvemos al siglo XVII donde están los nietos de los Eskuñain, Maskuy, Kuntupallek, Allaskunpi, Lanipatkun y Fenpellek, cristianizados por el esfuerzo de los doctrineros. Ellos pusieron el hombro y oro muchik para darle pompa a la iglesia de San Pedro. En las noches del Jueves y Viernes Santo, se enciende por dentro y por fuera, relumbrando los altares donde se encuentran, entre columnas de ángeles y arpías, las imágenes de Cristos y Vírgenes que llegaron de Occidente.
En la mañana el tiempo retrocede más y a boca de jarro nos damos con los régulos de Sipán y de Sikán, luciendo una grandeza de siglos con oro solar hirviendo en los crisoles. Un recorrido fascinante por una época que hace brotar orgullo de las células más profundas. Miraje de ensueño que hace fulgurar en el camino nuestras pupilas.
Por la noche retornamos a la misa de Jueves Santo, incienso que abre sus alas y sale de los incensarios llenando la gran nave de perfume sacro que se empalma con el de las azucenas. Oficialmente la iglesia se construyó gracias a la munificencia de José Andrés Delgado y su gente. Ellos tributaron con fe tal cantidad de tomines de plata que alcanzó para hacer las famosas ramadas o capìllas, con vigas naturales de algarrobo blanqueadas con yeso que son únicas.
Por discriminar dejaron huella de una arquitectura agreste que cala más hondo en el alma que la imponente San Pedro y su carga de celestiales entallados. Dios se trataba más de tú en San Roque con los indios, en Santa Catalina con las castas y en la Santa Lucía con los negros. Una Ultima Cena rústica que les hicieron para ellos sorprende y encandila mereciendo cientos de fotografías.
En 1753 la doctrina era tan importante que el obispo Bernardo Arbisa celebraba las misas principales asistido por treinta sacerdotes. La ciudad tenía más de cuarenta mil habitantes, un puerto mayor, san José, donde desembarcó el mítico Naylamp, y valles fértiles de caña que alimentaban los trapiches.
Las andas no sólo parecen jardines sino huertos, armados con frutos olorosos. La mesa de la Ultima Cena del Viernes, que sale en una gran plataforma, está cargada de manjares lambayecanos con garrafas de buen vino. En el tránsito de los siglos Jesús y sus apóstoles han perdido sus pelucas de rizos pero no se ven calvos porque llevan el pelo pintado en la cabeza.
A las cuatro de la tarde arranca la procesión con el Señor de Ramos en la dócil pollina que siempre lo lleva. Los mayordomos se hicieron polvo con las haciendas y las familias más devotas tomaron la posta. El Señor del Prendimiento sale con los Luna Quiroga; el Señor de la Caña con los Flores, el Cristo Pobre con los Colmenares, el Señor del Huerto con los Martínez, el Señor de la Columna con los Huamán Rivadeneira a quien sacan los nietos batiendo un record de noventiseis años, el Nazareno con los Ezcurra Díaz, el Señor de la Agonía con los hermanos del Santísimo Sacramento, el Cristo Yacente en la artística urna que le regaló el presidente Augusto B. Leguía, hijo del lugar, el carro de la Ultima Cena custodiado por el Apostolado de San Pedro, la Verónica con los Reátegui, y la bellísima Dolorosa con su hermandad y la familia Mesta.
La mañana del Viernes Santo en Mórrope es jaladora por su procesión que sale de una iglesia con paredes pintadas de flores. En su puerta, sentado en silla de estera, hace guardia un Judas en polaca militar de principios del siglo pasado. Las polillas se comieron su túnica y nadie quiso darle una, recibiendo de limosna un viejo uniforme que dieron de baja.
En el Perú la Semana Santa se celebra en miles de ciudades y pueblos. Los que pueden no se la pierdan en Lambayeque con todo lo que tiene que mostrar.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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