PINGUINOS, CUADROS, AREAS VERDES

Me pregunto cómo será la bahía de Parakas en veinte años. Al desembarcar allí el general José de San Martín en el siglo XIX encontró una vista excepcional. Cielo cubierto con las alas rojiblanca de las hermosas pariwanas, tortugas gigantescas meciéndose entre las olas, graciosos pinguinos caminando como niños en frac, lobos marinos retozando en las islas y algarabía de pelícanos. Si volviera no daría crédito a sus ojos. Ha disminuído tanto la fauna que parece otra. Se siente una muerte lenta apoderándose de la encantadora reserva.

Los pescadores han terminado casi con las enormes tortugas. Recuerdo a Felipe Benavides, máximo defensor de la ecología, protestando cuando alguien pidió sin pensar en su derecho a vivir un bistek con su carne. "¿Sabe Ud., Alfonsina, cómo mueren las tortugas?. Mueren llorando," comentó. Ya había visto en la caleta de san Andrés tortugas vivas volteadas sobre la arena para su muerte por deshidratación y de verdad que derramaban lágrimas sometidas a la tortura del ardiente sol.

Hay quienes tienen la obligación de cuidar la reserva pero algo pasa para que los pescadores sigan haciendo de las suyas. La población de pinguinos que teníamos allí era grande a mediados de la segunda década del siglo XX. Hoy, los periódicos informan que sólo deben quedar unos cien. ¡Qué pena tener al famoso y sobre todo tierno pinguino de Humboldt en la curva de extinción!. Dicen que los capturan con redes para venderlos. Su destino son zoológicos y colecciones privadas. ¿Es lícito?. Sabemos que no. Pero, ¿quién vela por ellos?. Ya no está Benavides, el distinguido ecologista que empapelaba a las instituciones encargadas con sus reclamos y era una fuerte voz que tenía eco internacional.

¡Qué doloroso estar despidiendo al desvalido pinguino cuyo nombre entrará pronto al libro rojo de animales desaparecidos por la irresponsabilidad de quienes atentan contra la especie!. ¡Duele!.

Los depredadores son de todo pelaje. Los saqueadores de iglesias del Valle del Mantaro ingresaron esta vez en el convento de Santa Rosa de Ocopa. Entraron como simples visitantes y se quedaron para desvalijar la iglesia de lienzos de arte virreinal conservados más de 400 años. Ocopa era la salida de las misiones a la selva. ¡Qué terrible es ver cuadros vacíos, algunos con restos de las telas cortadas de cualquier forma!. Pinturas mandadas hacer con amor por los devotos y trabajados con afán por pintores de otras épocas.

No se sabe qué harán con ellos, ni como funciona el tráfico de los lienzos. Los ladrones suelen venderlos a precios ínfimos porque son robados. No entienden su valor ni lo que significa para Junín como muestra cultural de su pasado. Algo habría que hacer para impedir la barbarie. Por lo pronto los niños del Valle del Mantaro debían conocer que son su patrimonio y quién sabe ellos podrían descubrir el hilo de la madeja. Pero, tienen que enterarse de lo que significan esos cuadros para su departamento y en general para el país. Recuerdo Santa Rosa de Ocopa en una hermosa rinconada, con sus obras de arte intactas en un viaje para la página "Descubriendo el Perú", del diario "El Comercio". Debía haber sistemas de alarma en las iglesias. Hay que defender estas obras religiosas que son motivo de orgullo para todos. La ignorancia de los quienes debían prestarles atención no tiene justificación ante la barbarie.

A título del modernismo los concejos distritales, principalmente, están destrozando sus plazas. En los recorridos que realizo constantemente me impresiona cómo se van encementando áreas que fueron verdes. No sé qué tienen ciertos alcaldes contra árboles centenarios para proceder a talarlos y cubrir la tierra. Es loable la actitud que están tomando los vecinos del distrito de Lince, Lima, para que la plaza Castilla no sea convertida en un lugar árido. Hay mucho que hacer y de prioridad en lugar de arrasar áreas verdes, pequeños pulmones dentro de la ciudad contaminada. Va siendo hora de que intervengan, que dejen oir su voz, los arquitectos urbanistas que saben cómo se debe manejar plazas, parques, lugares históricos, etc. Se invierte en obras que son monumentos al mal gusto, partidas que debían usarse para el recojo de basura, la colocación de depósitos para desperdicios en sitios estratégicos, el arreglo de aceras rotas y embellecer de verdad sus distritos como se aprecia en Surco. Los árboles también deben llorar porque están vivos. En Calca, Cusco, se extrañan los pisonaes que en primavera se llenaban de flores encendidas como tizones. ¿No siente la gente el llanto de la naturaleza?. Toda acción negativa se revierte y los que vendrán después sufrirán las consecuencias sin tener culpa.

Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
Fotos: Alejandro Balaguer.










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