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LA PLAZA RESCATADA
Uno, diez, cien, cuatrocientos años y un poco màs. Las hojas del calendario vuelan amarillentas. La plaza de Lima fue del kuraka Tauri Chusko de acuerdo a las crónicas españolas. Allí estaban su palacio, -era el señor del valle del Rimaq-, un templo, la mansión del enviado del Inka y otro templo dedicado al puma del sol. Había veintidós pueblos en el valle pero sin marchas ruidosas que la inquietaran. Tampoco en los tiempos de Pizarro que tomó el lugar como asiento y creó la plaza armada. Todas sus villas tuvieron su plaza de armas. Hace poco que se le llama pomposamente Plaza Mayor. Ya no es la plaza armada ni la plaza del tianguez, gato o qatu -mercado- donde se instalaban todos los días vendedoras de papas, camotes, yucas, verduras, frutas, flores y otros productos del campo.
La Plaza Mayor donde se ha lavado, en el siglo pasado, desde la bandera nacional, en señal de desagravio, hasta pañales. Pero, son las marchas, -pacíficas según los organizadores-, pero en realidad armadas de palos, piedras y hasta martillos, las que han determinado que sea zona rígida. Ningún grupo puede entrar ahora a hacer su desfile de protesta. El insoportable alboroto que se formaba, ocasionando un cierrapuertas de tiendas y la preocupación de los transeúntes de sufrir un asalto ha terminado felizmente.
La Plaza Mayor ha recuperado su majestad, su paz, su espacio. Los turistas pueden asistir al vistoso cambio de guardia a mediodía. La antiquísima casa de ventanas en esquina, que fue al parecer del tesorero Alonso de Riquelme, mesón rebautizado como Posada del Oidor, descansa del bullicio. También el Arzobispado, la Catedral y la Municipalidad. En algún punto Nicolás de Ribera, el Viejo, primer alcalde de Lima debe haber aprobado la medida. Allí se rompieron y exhibieron cabezas en los siguientes siglos pero sin marchas. El "damero de Pizarro" que delineó con el flamante alcalde, el capitán Diego de Aguero y el piloto Francisco Quintero; primero en pergamino, y después a cordel, ha recobrado la respetabilidad de su tránsito.
Decisiones que se toman, que son bienvenidas y nos permiten recordar algunos pasajes de la histórica plaza. Su hermosa pila de bronce que se puso en 1651. Antes hubo una, hecha con piedras traídas del palacio inka de Warku, Cañete. La mandó hacer el virrey Francisco Toledo con el maestro Juan de Grijales. En sus crónicas el padre Bernabé Cobo dice que hubo otra construída por orden del virrey conde de Nieva. Era "grande, bien trabajada, con siete mascarones que arrojaban agua sobre su gran taza y en la parte superior una figura que portaba el escudo de la ciudad." No se sabe más de ella.
La actual es del tiempo del virrey don García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra. La diseñó el arquitecto Pedro Noguera y la fundió Antonio de Rivas. En el ancho borde de su primera taza con rosetas de flores de acanto retozan ocho parejas de leones y abercones que arrojan sendos chorrros de agua. En la segunda, otros tantos mascarones, y sobre ella la esbelta columna hermoseada con follajes primorosos. La coronó alguna vez un ángel tocando su trompeta, alegoría de la Fama, hasta que se deterioró. En su base están los escudos de armas de Lima, España y el virrey. Alguna vez fue acuario temporal y nadaron en sus aguas lobos marinos y pinguinos. En los Corpus limeños era engalanada con flores y luces.
El edificio del Palacio de Gobierno pertenece a nuestro siglo pero el sitio es el mismo que se reservó Francisco Pizarro para sí, creyendo que gobernaría largos años. Su fábrica dicen que fue sencilla, ningún alarde de arquitectura, ningún adorno sobre la principesca y pintada residencia del kuraka que tomó. Se ignora por qué eligió vivir solo y dejó en otro solar de la calle de Jesús Nazareno, hoy primera cuadra del jirón Miró Quesada, a la palla Inés Waylas, hija del Inka Wayna Qhapaq, y a su hija, la pequeña Francisca Pizarro, nacida y bautizada en Jauja.
Terminamos con la Catedral, donde estuvo el palacio del Inka rantin, representante del señor cusqueño, y y el adoratorio del puma solar. Resulta una paradoja que Pizarro le hiciera renunciar a sus bienes en papel certificado por notario, "para que su ocupación no significara usurpación de dominio". Extraño gesto de quien tomó un imperio sin escrúpulos. La iglesia mayor fue dedicada a la bendita Madre de Dios en el misterio de su Asunción al cielo. En 1543 fue elevada al rango de catedral y como era modesta y estrecha se volvió a edificar con ladrillo y madera de mangle. En 1598, después de otro intento, el renombrado arquitecto Francisco Becerra trazó su planta con los mismos lineamientos de la catedral del Cusco. Para la fachada se trajo piedra de Panamá. Pedro de Noguera y Juan Martínez de Arona armaron el imafronte. En su interior trabajaron para darle realce artistas y artesanos de de la época. Después del cataclismo de 1746 se reedificó por última vez y se concluyó en el siglo XVIII, siendo cabeza de las iglesias de la Nueva Castilla.
Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
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