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UN RIO DE ARTE
Era un país de fábula donde el oro enjoyaba a dioses, hombres y pueblos, haciéndolos fulgurar bajo el sol; donde técnicas milenarias habían logrado que florecieran los desiertos; donde se construyeron los primeros rascacielos de América; donde la medicina había alcanzado cimas en el control de la vida y la muerte; donde la química podía obtener los colores del arco iris en una gama sorprendente; donde el barro pudo remontar el tiempo y traspasar sus umbrales convertido en mensaje; donde una naturaleza hosca y bravía había sido sometida por sus habitantes, proyectándoles su fuerza, su matiz, su belleza.
Era un gran país y debemos tener conciencia que lo es todavía, a pesar de la hecatombre cultural, política, económica y social, que sufrió ante la presencia de otro mundo, con otros moldes, otra mentalidad y otra geografía. Un país que resistió cuanto pudo su ímpetu arrollador y tuvo que luchar en varios niveles, de hombres contra hombres, de dioses contra dioses, y también de flora y fauna.
En este pulseo de ambos mundos, el nuevo, la América nuestra hubiera perdido su identidad de no ser el vigor de las culturas prehispánicas, cuyas fuentes nunca dejaron de fluir. Es cierto que hubo un arrasamiento y muchas actividades quedaron truncas o extinguidas, pero así como el agua contenida rebasa el dique, muchas artes lograron sobrevivir a través de las otras, incorporándolas e imprimiéndoles su sello.
Un fenómeno dinámico que tuvo lugar en el Perú donde se hermanan las arenas candentes con lasnieves eternas, los trópicos húmedos con las jalcas resecas, los valles generosos con el mar a través del brazo líquido de los ríos.
No estamos viviendo el pasado. No existimos añorando las viejas glorias. No nos detenemos. Pero hay algo que eslabona las obras hechas con las que se hacen hoy y con las que se harán mañana. Una constante de cultura que está dando la imagen de un Perú rico en expresiones, donde es vigente lo prehispánico en lo virreinal y en lo republicano, sin dejar de ser contemporáneo, porque el hombre del Perú nunca ha sido ajeno a su época.
La tradición es irrenunciable y aflora tanto en el sikuri, que hace brotar torbellinos musicales de las cañas que inventaron sus antecesores hace 6,000 años, en Parakas,como en el burilador que graba en el mate los msmos venados que que inquietaron a los pintores prehistóricos de Mazo Cruz, en el alfarero que continúa dando vida a la materia inerte con un soplo divino qu le viene de lejos, en el tejedor que amarra a su cintura un haz de arco iris como hace cientos de años para fabricar sus telas, o en el orfebre de filigrana que es el último heredero de la orfebrería muchik, vikus, chimu y otras, que cubría con máscaras majestuosas la cara fea de la muerte.
Así el Perú, creador de dioses y forjador de maravillas, discurre como un río caudaloso al que afluyeron las corrientes que llegaron para engrosar sus aguas. Por lo mismo, el arte popular y la artesanía, debajo de formas que parecen nuevas, tienen el común denominador del espíritu telúrico que otorga a cuanto se hace un sabor, una personalidad.
Un río que sólo sigue su curso...
En el cajón San Marcos, donde imperaban los santos protectores del ganadode Occidente, entran también como talismanes el puma, conjurado para que respete los rebaños; el cóndor, para que aleje las enfermedades con sus alas taumaturgas; el akchi, cuyo estridente graznidodenuncia a los ladrones nocturnos; y la illa, miniatura en piedrade Huamanga de los animales nativos, que logra con su presencia la multiplicación de las crías. Hasta que un día San Antonio, San Marcos, San Juan Bautista, San Lucas y Santa Inés, tienen que salir de allí para dejar su sitio a las escenas costumbristas que salen de las manos inspiradas de Joaquín López Antay, el retablista.
Y el río sigue su curso...
En el Cusco los plateros van de un estilo a otro por un puente de siglos. De los relucientes tupus y t'ipkis conque las qoyas y las ñust'as prenden sus trajes y sus mantas, pasan a los pectorales, los refajos, los broches y las gargantillas de oro, plata y platino, conque se obsequia a las vírgenes. Los maestros joyeros rivalizan creando aretes para imágenes que dan la moda con sus alhajas como la Mamacha Belen o La Linda de la Catedral, que son copiadas por las ostentosas mujeres del mercado y después por las distinguidas damas de la ciudad puma.
El río sigue su curso...
Al norte, mientras los hombres salen a cosechar los peces del mar, cabalgando en sus veloces potros de totora como hace cientos de años, las tejedoras de Monsefú, sentadas en el hilo rojizo delos atardeceres, entretejen la paja con la misma habilidad de sus antepasadas para darles formas flexibles y bellas. En Celendín, Cajamarca, el pueblo de la luz, otras mujeres de ojos azules que visten de negro para atenuar el resplandor del día sumergen a paja a su vez en el agua, cuando hay noches de luna, "para que el astro suavice sus hebras."
El río sigue su curso...
El mate preinka, con incrustacines de nácar, conchas y turquesas, glorioso en la llaneza de su estilo, da el salto en Ayacucho, de cenicienta a princesa. Escenas apretadas entre motivos moriscos se extienden sobre la piel de la calabaza que en Piura se marca con flores de fuego. La matería alcanza su máximo esplendor a principios de siglo, pero luego hay una baja en la actividad de los buriles. Está por extinguirse cuando los maestros materos que emigran al valle del Mantaro logran que vuelva a renacer en los pueblos de Cochas Grnde y Cochas Chico, donde hombres y mujeres se dan maña para meter en la voluminosa cintura del porongo los pasajes costumbristas de su tierra, dando trabajo a las manos y rienda suelta a la mente mientras vigilan los campos y los hatos del ganado.
El río sigue su curso...
La cerería elemental se torna preciosista, adquiere una nueva dimensión en la obra de las cereras y los veleros que hacen brotar bajo sus dedos jardines albos con pájaros y mariposas para los tronos de las vírgenes y los santos de Huamanga, los brazos multicolores de las "tres Marías" del Cusco, esmaltadas con oro y plata, las pesadas ceras de kilo que arden una novena entera con el júbilode los devotos en Ancash, Cajamarca y Huancavelica, los ramos con cintillos de platina de Junín y las velas negras de magia para atrapar a los ladrones que se colocan en el altar de SanCiprián.
El río sigue su curso...
La danza en el Perú, de una riqueza plástica incalculable, fascina a los artistas prehispánicos que reproducen atuendos y movimientos en el barro litúrgico, en los mantos de sus príncipes y en sus joyas, donde quedan para dar testimonio de su existencia. En los siglos virreinales hay una disminución hasta que poco a poco se retoma el camino y la gracia, la reciedumbre y el exotismo de los bailarines que vuelve a ser captada en figuritas de hueso, de madera, de paja, de cuero, de yeso, de lana o de alambre. Nunca estarán todos porque hay miles de danzas, entre pastoriles, agrarias, amorosas, guerreras, litúrgicas, satíricas o funerarias, pero cualquiera es un documento animado del sentimiento popular tan fecundo y tan lleno de fantasía.
El río sigue su curso...
Los artistas y artesanos del Perú siguen legando a sus hijos como otra herencia el rico patrimonio cultural de su antepasados. El empobrecimiento y la dominación no significaron nada para este pueblo de potentes creadores y el arte popular, fiel reflejo de la riqueza de su espíritu, continúa creciendo y crecerá todavía como un río que jamás se detuvo y que sigue su curso.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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