PERU EN LA PUPILA DE HUMBOLDT

A menudo se habla de la visita fugaz que hizo Alexander von Humboldt al Perú en 1802 y su descubrimiento de la poderosa corriente de agua fría que lleva su nombre. Nada más injusto. Hay que leer su Diario de Viaje para descubrir al acucioso investigador de campo y sus registros insospechados. En los apuntes del joven geógrafo, geólogo, climatólogo, hidrógrafo, al que no se le escapan novedades de flora y fauna, figuran también la historia de la gente y los pueblos que va conociendo. En Quito, entonces capital de Audiencia, revisa los manuscritos escritos en el siglo XVI en lengua purugnay que conservaba un tal Leandro Zapla de Licán, descendiente según declaró de Ouaina Abomatha, el último cochocando (rey) de su tierra.

Recoge interesantes detalles de la erupción del Chimborazo, que duró más de siete años, y cuenta a su hermano Wilhelm una experiencia curiosa en la respiración de cocodrilos recién nacidos. Mientras otros animales disminuyen el volumen del aire donde están, el cocodrilo, baba o caimán lo aumenta.

Navega por el Amazonas donde le sorprende ver en las riberas un gran número de plantas desconocidas aunque lo molesta el excesivo calor. En Hualgayoc, donde 3,400 hombres trabajan las minas de plata como hormigas, asume la gran riqueza de los Andes y aprecia el canto dulce del tordo y el turpial. La sensación es más fuerte en Pasco "donde el manto de plata se deja ver en la superficie a lo largo de 4,800 metros y ancho de 2,200, habiendo comenzado su explotación a principios del siglo XVI". Durante la marcha se asombra de haber logrado dormir en una pequeña choza con otras doce personas, importunadas sólo por los gritos en celo de los cuyes. En Jaén encuentra que los ríos Tamborapa y Chirinos arrastran mucho oro pero se lava muy poco. En cierta parte tuvo que pasar 36 vados con el agua que llegaba a la mitad del cuerpo de sus acémilas. El estudioso conoció a los jíbaros y los vio llegar a nado o montados a caballo en troncos de balsa, en lìnea recta sin que la corriente los desviara. Dijo que eran pequeños, de rostro vivo y caracter alegre. Los hombres hilaban y tejìan ponchos marrones de ceremonia, porque solían andar desnudos.

En Chulucanas admira los caminos del Inka, alineados, sin obstáculos, horadando la roca para no rodearla y con piedras cuadradas en los bordes. Sobre sus baños imperiales piensa que son el resto de una gran ciudad. Los señores del Cusco, escribe, descansaban en palacios. Huancabamba, indica, es menos grande que Ayabaca, pero de clima templado y suelo fértil. El cacao que se da en vainas grandes es de gran calidad. En Cajamarca comenta la magnificencia de sus iglesias que no tienen torres. Sobre la mansión de Atawalpa -que llaman el cuarto del rescate- menciona que está sobre una roca de pórfido tallado y dibuja muy mpresionado sus nichos abovedados en los muros. Para él es censurable el maltrato que sufre su descendiente, Astopilco, quien vive en la miseria sin la pensión que le concedió el rey. Por falta de mulas se queda varios días y va a los baños termales. En el Tragadero distingue pequeños insectos semejantes a Nereides que tienen un tubo para aspirar el aire.

El ingenio de los correos nadadores que se enrollan un pañuelo en la cabeza para llevar las cartas lo entusiasma. Mantienen la cabeza levantada y ninguna se moja. Entre sus dibujos resalta hermosa la buganvilia rosada. El gran número de perros sin pelo, que Buffon llama perros turcos y Linneo, Canis egyptius, le llama la atención. Nombra a Von Tschudi que habla de razas distintas. El más lindo es el Canis catabicus, completamente pelado con un mechoncito de pelos blancos en la frente y otro en el extremo de la cola.

Bajando de Cajamarca a Trujillo avizora con alegría por primera vez al mar, "como un antiguo amigo", desde los cerros de Huangamarca, Contumazá. Sigue y encuentra valles sin agua que los chimu regaban con un extraordinario sistema de acueductos, censurando a los españoles por destruirlos. En Chicama conoce a Antonio Chayhuac, descendiente legítimo de último señor chimu Chasmuncachac, y encuentra olivos, caña de azúcar y trigo. Chan Chan todavía tiene muros altísimos. Otra vez, por falta de mulas, queda varado por unos quince dìas pero la ciudad le es grata con sus calles rectas. En la caleta le parecen notables los "caballitos" de totora, hechos con juncos en un lugar donde no hay árboles.

En octubre reanuda su viaje en litera, a caballo y a pie. Hace sus observaciones astronómicas en las noches y determina la altura barométrica y la temperatura del agua entre Trujillo y Lima. El aire es caliente pero el mar es frío y, sin conocer esa lluvia diminuta que es la garúa, afirma que la gran frescura del clima en el litoral peruano, en pleno trópico, se debe a una corriente que arrastra las aguas frías de los mares polares hacia el Ecuador y es rica en peces y mariscos, propiciando bandadas de aves pescadoras.

En sus dos meses de estancia en Lima se aloja en una casa junto al convento de San Juan de Dios -hoy plaza San Martín-, y describe su visita a la Catedral, el palacio de Torre Tagle, el Real Felipe, la bahía del Callao y las islas de San Lorenzo, Frontón y de la Peña Horadada. Para sus mediciones cuenta con un barómetro grande de un señor Luis Alva. Era un observador infatigable y gozó con el paso de Mercurio delante del astro solar, recibiendo una información de lluvias anormales en 1701, 1720, 1747, que lo acercó sin imaginarlo al fenómeno del Niño.

En Europa creyó que iba a un país rico, mejor poblado y más cultivado. La realidad lo enfrentó a un país de desiertos áridos y montañas de nieve que ocupan sus dos terceras partes. Un paìs increíble "en el que se han construído enormes ciudades cuyo lujo vicioso lo infesta y lo arruina". En Lima no he aprendido nada del Perú, reseña. Más separada del resto que Lontres esta Lima donde "un egoísmo frío gobierna a las personas". En ella advierte que el sentimiento cívico está muy apagado. No tiene elegancia y "en las noches la suciedad de las calles, con perros y burros reventados, estorba el trànsito de los coches." Al atardecer del día de Navidad aborda su corbeta, La Castor, y se aleja. No olvidará la majestad de los cóndores que resisten tremendas presiones volando entre cero y 7.000 metros, ni la belleza de los enjambres de colibríes en el norte. Poesía, exotismo, lujo, miseria moral que agrede más que la otra y una grandeza en las antiguas culturas que Lima no perdona.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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