EL CAMINO INKA

El camino Inka a Machupiqchu es un sueño más o menos para un millón de amantes de la aventura y de realizar recorridos grandiosos. El paisaje y los grupos arqueológicos que se ven al paso lo justifican. Pero, otra cosa es ir haciendo conexiones espirituales con la naturaleza. Estableciendo un nexo con la tierra y el cosmos. No se trata de un "trekking" más. Sino de entrar en la vegetación, en el agua, en las nubes, en los cerros, explorando otros dominios.

No sería extraño que su constructor, el Inka Pachakuteq, según las leyendas de los pueblos del Cañón del Urubamba, hiciera una estación en cada santuario antes de entrar a la ciudad sagrada, alejándose de lo terrenal para entrar en la otra dimensión. Lo mismo sus sacerdotes, los miembros de su panaka o familia y sus acompañantes. Los peregrinos que acudían a Pachakamaq, el santuario de las adivinaciones en las costa, hacían un mes previo de ayuno. Hay que pensar cómo sería entonces ir a Machupiqchu, el santuario de las fuerzas de la tierra y el cielo, por ese camino que se perdió hasta el siglo XX.

Sas Travel, una de las empresas que brinda seguridad en el Cusco, hace una explicación interesante de cuánto se ve en el camino. Las dos primeras partes un sendero abierto por los ejecutivos de turismo y la tercera uno de los caminos inkas con gradas muy hermosas, algunas conservadas y otras restauradas pero que da una impresión de solemnidad aunque no fuera el principal. El àrea es grande y tanto se ha cubierto con el monte que debajo debe haber mucho más.

Para las personas que recorren ansiosas durante cuatro días casi 40 kilómetros cuán diferente sería si lo hicieran como debe ser. Los altomisayoq y pampamisayoq refieren que se debe hacer ceremonias rituales para captar la energía mística que se desprende de su entorno y luego de la urbe que es patrimonio de la Humanidad.

Personalmente fue una experiencia inolvidable. No dejó de sorprenderme el caso de una joven inglesa que viajó ilusionada, inclusive acompañada por su médico. No llegó. En el camino sufrió un edema cerebral y felizmente la comunicación de emergencia con Lima e Inglaterra, para que su agencia de origen autorizara su transporte en un helicóptero, le salvó la vida. En personas como ella se entiende una predisposición a lo religioso desconocido que es como un imán irresistible.

Ollantaytambo que es el punto de partida es por sí misma un santuario con una ciudad inka todavía habitada, desgraciadamente muy descuidada. Los vendedores de bastones con la empuñadura tejida simplemente o con un pallay por lo menos ganan algo con su venta. En el pueblo la pobreza se siente y apena.

Luego se atraviesa el sagrado Willkamayu sobre un puente colgante, para pensar que es inka, y se inicia la caminata. Al principio pensé que el bastón era innecesario pero sirve mucho, sobre todo cuando se sufre de la columna y no es imposible ir a paso de venado. Patallaqta, uno de los primeros grupos arqueológicos que se ven en la banda del frente pudo ser un centro administrativo. Más allá está otro conocido como Pulpituyoq, en un promontorio, con una edificación circular.

En el camino se goza de la vegetación, del rumor y la cascada alegre del Kusichaka, un río joven, amigo, donde encontré una khuya, una piedra plana bonita. A la vista de los cerros se produjo un saludo mutuo, un encuentro. La Pachamama estaba allí, omnipresente, asomàndose a mirar por la cabecita curiosa de las flores o enviando mensajes con los picaflores. Wayra, el viento, se presentó en la subida hasta Warmiwañunka, la mujer dormida a 4,600 metros sobre el nivel del mar, apoyándome con sus alas frescas.

Qué interesante resulta perderse en los laberintos del sentimiento para hacer los collares de Apus y las ch'allas a la madre tierra. Runku Rakay fue una buena oportunidad y después en las partes donde la niebla invade el camino. En trechos donde parece que no existe un alma. En esos sitios donde el silencio crece entre los árboles que aparecen por momentos, mientras canta un pájaro salvaje.

Al amanecer Machupiqchu visto desde el Inti Punku, la Puerta del Sol, emerge de la albura con sus misterios por descubrir. La hora temprana permite acercarse a la magia que se desprende de cada uno de los templos dedicados al Sol, al Arco Iris, a la Luna, a las Estrellas, al Agua, a la Pachamama, a la Roca, a la Vegetación. Basta un instante para hacer contacto con los filamentos de energía telúricos y cósmicos y regresar con el corazón ardiendo por una larga temporada.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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