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HERENCIA CELESTIAL
Es interesante cuando se puede mantener una línea de arte. No suele suceder a menudo porque el talento no es obligadamente una herencia. Sin embargo, para las personas que admiraron las creaciones de Hilario Mendívil cuando exponía en el Cusco, después en Lima y luego en el extranjero, así como para los aficionados al arte cusqueño es alentador que el árbol no haya terminado secándose en el patio de su casa, sino que sus ramas sigan frondosas. Lo digo porque en este caso su familia continúa con su hermoso quehacer.
En su casa museo de San Blas, Cusco, Hilario Mendívil sonríe desde el lienzo. Sus imágenes celestiales siguen recorriendo el mundo. Nació antes de tiempo, a los seis meses, y lo bañaban con agua ciega que no había visto el sol porque era la más suave para su delicada piel, y se fue muy joven, unos 42 años, víctima de una cirrosis demasiado temprana. Georgina, su esposa y heredera, siguió llenando por mucho tiempo el famoso barrio con su santería divina y viajó varias veces invitada por galerías de lo Estados Unidos y Europa.
Un día le tocó hacer el viaje final con sus ángeles de ojos dulces y los vecinos se preguntaron si con ella concluían las creaciones de Hilario. Su sangre había florecido en seis hijos, Julio, Felicia, Agripina, Francisco, Juana y Sergio y en ellos por suerte sigue su semilla de arte. Principalmente con Juana y Agripina, la chaposa, de mejillas sonrosadas. Julio y Sergio están en España dedicados más a la restauración porque el material conque se hacen las obras Mendívil sólo se pueden conseguir en el Perú.
Los cuellos largos de sus vírgenes y santos son una característica invariable. Aunque, como tiene que suceder, hay modificaciones que identifican al maestro, a su esposa y a sus hijas. Por ellas es posible reconocer las ramas del árbol genealógico de sus obras. Los motivos y el color son como su firma en sus creaciones y renovaciones. En su colección Juana tiene sugestivos ángeles de la paz con la paloma, de la abundancia con las chutas, -los famosos panes cusqueños-, de la medicina con un pez y de la amistad con una flor.
En los últimos años ella cuenta con la ayuda en el tallado de la madera, sobre la cual se coloca la tela encolada y luego la masa de yeso con otros ingredientes, de su esposo Dantón Olarte. Un quillabambino que cambió la producción de sus cacaotales en su tierra natal, para entrar en ese mundo exclusivo. En su taller de Huancaro tienen miniaturas de diez centímetros hasta íconos de un metro setenta. Hilario trabajaba con maguey, una especie vegetal en proceso de estinción. Ellos han dado un giro para adoptar la madera de palo de balsa, liviano, más suave y resistente a la polilla, al calor y al frío. En cambio la cola es la misma, de patas de caballo que usan los carpinteros viejos. El secreto es mezclarlo caliente con la tiza y el yeso, soportando el ardor que produce en las manos como si fuera ácido.
ALEMANIA Y JAPON
La dulzura que emana de los rostros celestes, la esbeltez que imprimió el gran artista samblasino a los cuellos y a los cuerpos de sus imágenes, el intenso colorido de sus ropas, el movimiento de túnicas, alas y polleras, como si fueran a caminar, tienen demanda en Alemania y Japón, países donde Juana y Agripina realizan frecuentes exposiciones. Han estado también en Francia, Suiza, Holanda y España. La última está en el Vaticano y se exhibirá todo el 2002.
Juana recuerda con ternura a sus padres y se alegra cuando relata que su herencia se prolonga de generación en generación. Sus biznietos, los pequeños hijos de Felicia, ya están modelando y aseguran el futuro del arte Mendívil. Gracias a ellos San Blas sigue siendo una sucursal del cielo.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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