EL BAILARIN DE TIJERAS

La tradición oral es un patrimonio que debía conservarse porque aún es rica. Sin embargo, ha perdido vigencia en los pueblos y finalmente está desapareciendo porque los niños y los jóvenes, que eran afanosos oyentes de los diversos conocimientos de sus padres y abuelos sobre su mundo, tienen ahora la radio y la televisión. Lo menos que se puede hacer es tratar de recoger lo que queda. La danza de las tijeras, por ejemplo, se difunde mucho en el Perú pero sin explicar su origen y la historia de las figuras que se hacen durante su ejecución. Un soporte valioso que la disminuye. Para mí fue importantísimo recoger datos para un ensayo que salió en mi libro, "La Comarca del Puka Amaru."

Gerardo Chiara dice que la danza de las tijeras es prehispánica. Explica que en Parinacochas, Ayacucho, se habla de un pequeño danzante que bailaba en el interior de una cascada con "castañuelas" de piedra, acompañándose con la música que producía el agua al caer sobre una roca plana. Detrás de esa cortina líquida las gotas que caen sobre el piso producen sonidos musicales. Por eso los músicos, arpistas y violinistas, van allí para aprender.

Hace siglos, en un pueblo cercano a la cascada, vivía una joven mujer con su hijo. Un día lo mandó a buscar leña. Caminando el muchacho llegó a ella y conoció a un niño, más o menos de su edad, quien le propuso jugar en la arena. Al terminar comenzó a bailar haciendo acrobacias con los pies y llevando el compás con unas piedras planas que al chocar sonaban como metal. Impulsado por la música que brotaba del agua el muchacho comenzó a seguir los pasos de su amigo, con una alegría que le hizo olvidarse de todo. Atardeció y el niño bailarín lo invitó a regresar con señas y desapareció.

El suceso fue conocido rápidamente y la gente se movilizó cuando la madre denunció que su hijo iba a la cascada y tardaba mucho en volver. Acudieron en conjunto hasta el lugar y los vieron bailaron en la parte de arriba con una música bellísima de fondo. El niño de la cascada llevaba un traje precioso que imitaron y el muchacho comenzó a ser llamado el danzante, el danzaq.

Desde entonces los danzantes han llegado a nuestros tiempos cambiando sólo de traje y las castañuelas de piedra por tijeras de metal. Entre ellos es famoso Rasu Ñit'i que entró bailando al reino de la muerte. Estaba enfermo pero llegó el día de la fiesta del pueblo y quiso ir. Sus galas resplandecían, pero más brillaban sus ojos de fiebre como tizones sobre el pergamino de su rostro.

Cuando llegó a la plaza todos le abrieron paso con temor. Rasu Ñit'i caminaba con la muerte. Alas negras envolvían su corazón. Sus labios estaban secos, agrietados. Su aliento tenía un olor ácido, picante. La muerte lo seguía pero él había prometido bailar en la gran fiesta donde siempre fue el mejor.

El arpista hizo correr sus manos por las cuerdas de tripa como si fueran palomas. El violín soltó su alma en pena. El bailarín se movió lentamente. Las tijeras se agitaron en su mano enguantada que levantó con trabajo. En la otra, su pañuelo rojo cobró vida. La mañana entró en su cuerpo dándole apoyo. De pronto se sintió ligero como una nube. Como si sus piernas fueran de aire. Su danza deslumbraba. Su cara se bañaba en luces mientras bordaba en el suelo figuras increíbles.

La muerte hizo que las tijeras desmayaran su ritmo. Rasu Ñit'i sintió que sus músculos se amarraban pero siguió bailando. Ella le rozó una pierna y se dobló. Sus manos siguieron en alto y en un esfuerzo se irguió sobre la otra ante el estupor de la gente. Estaban enfrentados. Los brazos del danzarín se alzaron al cielo con vigor. Su enemiga detuvo el izquierdo y bajó el pañuelo. En la otra las tijeras resonaron con furia. La muerte retrocedió varias veces. Estuvo matando sus piernas y sus brazos pero el danzante volvía a animarlos, levantándose del suelo cada vez que caía.

Hasta que aquella, fatigada, se atrevió a tocar su corazón y no pudo pararlo. Al final sus metales cantaban aún en su mano enguantada, siguiendo el movimiento de sus ojos, que se movían desdeñosos. Desde entonces los bailarines de tijeras de Ayacucho rememoran en "la agonía" la hazaña del bailarín que entró de pie en los caminos de la muerte. Rasu Ñit'i, afirman, no está muerto. Resucita en cada danzaq que rememora su lucha. Es que danzante es espíritu del cerro y los espíritus del cerro nunca mueren. Por eso los danzaq son eternos.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









Lista del Patrimonio Mundial