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TRAJES TRADICIONALES
A su llegada los españoles quedaron sorprendidos por la riqueza de trajes que exhibían los señoríos del Perú. El historiador Raúl Porras Barrenechea describe con trazos vivos como "ambulaban en el Cusco los fuertes y hermosos cañares que se distinguían por sus coronas de pelo entretejidas, los indios de Huancabamba por sus trenzados menudos, los bravos conchucos por sus madejas de lana roja, los de Jauja por sus llautos negros, los de Piura y el chimu por sus diademas de oro y chaquira, los de Canchis por sus trenzas negras envueltas en la cabeza, los Canas con sus altos y redondos bonetes; los collas con sus chucus ceñidos a las cabezas alargadas y los yungas del Chinchaysuyu, maestros de vestir por sus mantos bordados y sus rebozos blancos envolviéndoles la cabeza como alárabes o como almaizares moriscos."
El visitador Areche, en el siglo XVIII, después de la ejecución de Tupaq Amaru II, el caudillo de la libertad, prohibió que se siguieran usando los trajes nativos y mandó que se adoptaran los españoles. Los cambios dieron lugar a nuevos trajes que mantuvieron sin embargo la personalidad de los antiguos señoríos. Para ellos Alemania y otros países enviaban sus famosas cintas labradas, finos encajes, botones de carey, mantas de seda con flecos, pañuelos de gasa, terciopelo para las casacas y una infinidad de adornos.
Es lamentable pero, en la última década del siglo XX, varios trajes tradicionales acusan una sensible deformación. El más notorio es el coton o túnica inka que las mujeres usaban todavía en el valle del Mantaro, Junín, que se ha convertido en una especie de blusa con faldón, sin la delicadeza de la primera enagua tejida a crochet y sin la segunda que le daba cuerpo, quedando sólo la pollera de fondo agresivamente rellena de flores que usan para bailar el waylash: lo mismo pasa con el traje de Tinta, Cusco, cuya primera pollera era "talqueada", de bayeta negra con bordados en blanco, y que ahora muestra una influencia del barroco bordado del anterior que la desfigura; el de Q'atqa con polleritas en graderío sobre la rodilla donde los florones han trepado hasta la montera de pana negra quitándole elegancia. En otras partes no existe el traje tradicional y acabará por borrarse de la memoria de sus habitantes. Las jóvenes prefieren vestir modernamente con jean y chompa, que también son más económicos.
Ante ambos fenómenos el traje tradicional encuentra una tabla de salvación en las muñecas documentales de Maximiliana Palomino de Sierra, quien ha sido reconocida como "Gran Maestra de la Artesanía", por su trabajo de investigación y su arte. Alguna vez hemos viajado juntas a los pueblos cusqueños y soy testigo de su afán por recopilar datos de cada prenda y luego fotografías. Ella conoce la diferencia entre el pallay o diseño de cada manta o poncho que es clave de la personalidad de cada comunidad de esa parte de los Andes, así como las características de los más representativos del resto del Perú.
"Maxi", cuyo logo ya es internacional, ha aprendido a teñir para obtener los colores auténticos y a tejer para la reproducción exacta en miniatura de los motivos. Sus muñecas documentales son de colección y un día terminarán allí los trajes que pueda salvar porque el Perú tiene más de mil, con detalles que indican estado civil, situación económica o cargo. Un patrimonio que no ha sido registrado y que requiere de una investigación múltiple a nivel de las regiones. La artista tiene pedidos de los Estados Unidos de Norteamérica para reproducir trajes de naciones nativas como los navajos, índice de su prestigio.
En este quehacer le acompaña su esposo Enrique Sierra, quien se encarga de hacer las muñecas que ella viste y colabora también en sus retablos. En los últimos tiempos la ciudad ha cambiado mucho pero vuelve en ellos a su vida de antaño en las callejitas adornadas con flores o de escalinatas donde crece la hierba, con ventanas donde aparece un letrero de picantería, de una bodega o de un artesano. Las estampas se suceden unas a otras y convendría un museo donde estuvieran lugares muy queridos por lo cusqueños como la cuesta de San Blas, la calle Tigre, Tandapata, Santa Teresa, la Plaza Mayor con sus portales o una de esas Mamachas del Corpus con su arcángel y su killkito o angelito bebé.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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