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AL RESCATE DEL TRAJE DEL WASLAH
Entre los trajes prehispánicos que alcanzaron el siglo XX se encuentra el famoso cotón. Se usaba en los pueblos bajos del valle del Mantaro, Junín, y de Pasco. El cotón que llevaba la joven agricultora o cotuncha (kotuncha), a las faenas de campo, arranca de épocas lejanas. En el Cusco se ponían hermosísimos cotones la esposa del Inka, las ñustas o princesas y las vírgenes del Sol. consiste en una túnica negra, larga, que llega hasta los tobillos cubriendo las polleras o enaguas que lleva debajo. Al terminar la faena en algunos pueblos, mujeres y varones aún suelen danzar antes de regresar a sus comunidades. Sus pasos suelen ser muy alegres y en ciertos momentos retadores, hasta que comienza a atardecer y se dirigen a sus casas en filas, alternándose las parejas para proteger a las jóvenes. Podría ser, decía César Villanueva, cineasta de Junín, que se encontrasen con un grupo rival y se registrara un desafío que terminaba en pelea o takanakuy. Mientras ellos confrontaban su poderío las mujeres los alentaban con canciones y wapidos, una manera singular de gritar que también usan las parejas en la danza.
En las últimas décadas del siglo pasado el cotón que es una prenda indispensable de la danza agraria, llamada también waylash, se ha ido modificando perdiendo su autenticidad. En los carnavales las parejas lucían de manera especial el coton alkitakusha, contaba Agripina Castro, cultora y estudiosa de las danzas del centro del país. Para esa ocasión las muchachas cubrían con la túnica prehispánica numerosas enaguas. A las del fondo de bayeta, les seguían las bordadas con flores y luego otras con finos y almidonados tejidos a crochet. En ciertos momentos de la danza recogían las faldas con ambas manos para mostrar los lujosos interiores.
Los conjuntos de danza de Lima que practican esta danza, entre otras, han ido recortando el cotón hasta convertir la túnica en una especie de faldón que mueven de un lado a otro sin la gallardía de la mujer wanka que al mismo tiempo demostraba su fuerza para levantar el cotón y todo lo demás. Lo hacen no sólo conjuntos particulares sino aún de universidades y hasta centros estatales de enseñanza de danza folklórica. El waylash tiene mucha acogida en teatros y en shows de restaurantes y hoteles, pero las jóvenes deben presentarse con la indumentaria completa.
No se sabe quién es el autor del desaguisado que daña una de las vestimentas vistosas de la danza tradicional peruana. Lo más lamentable es que en el Valle del Mantaro también se ha recortado el cotón, ignorando su importancia de ser una prenda que ha sobrevivido durante siglos influencias extrañas. A la pregunta sobre el cambio los dirigentes de los conjuntos afirman que así lo hacen en Lima, que lo ven por la televisión y no quieren quedarse atrás. No entienden la necesidad de mantener la prenda que es suya y que es mal usada en la capital, rompiendo con una costumbre que logró vencer el tiempo hasta su mutilación.
Otro atentado que sufre el waylash es la introducción de maltratos mutuos de las parejas para hacer reir al público. Al asumir la condición de espectáculo es una obligación de las autoridades encargadas de velar por las expresiones culturales controlar los excesos. Los aplausos deben corresponder a una excelente presentación de la danza, apreciando la arrogancia de hombres y mujeres sobre todo en los contrapuntos. Finalmente terminan con algo increíble. Los varones se llevan a mujer cargada sobre los hombros y pataleando, lo que nunca ocurría ni ocurre en los campos. Las parejas salían con dignidad en fila danzando y cantando como corresponde a la juventud.
Hace falta la intervención de estudiosos que conozcan las danzas de cada departamento. En este aspecto el Perú tiene un universo, alrededor de 2,000 danzas religiosas, agrarias, pastoriles y otras que son el adorno de las fiestas patronales de sus pueblos. Hay que cuidarlas.
Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.
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