25 de marzo
LA
ANUNCIACIÓN DE LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA
:: De los Siete Dones del Espíritu Santo en Cristo
(Autor: San Bernardo)
:: Celebración Eucarística - Solemnidad de la Anunciación del Señor
(Juan Pablo II, Basílica de la Anunciación, Marzo 25 del 2000)
De los Siete Dones del Espíritu Santo en Cristo
Autor: San
Bernardo
1. La presente solemnidad
de la anunciación del Señor, hermanos
míos, parece que presenta a nuestra vista la
sencilla historia de nuestra reparación bajo
el aspecto de una llanura dilatada y amenísima.
Se confía una nueva embajada al ángel
San Gabriel, y una virgen que profesa una nueva virtud
es honrada con los obsequios de una nueva salutación.
Se aparta de las mujeres la maldición antigua,
y la nueva Madre recibe una bendición nueva.
Se halla llena de gracia la que ignora la concupiscencia,
a fin de que, viniendo sobre ella el Espíritu
Santo, conciba en su seno virginal un Hijo la misma
que se desdeña de admitir varón. Penetra
en nosotros el antídoto de la salud por la
puerta misma por donde, entrando el veneno de la serpiente,
había ocupado la universalidad del linaje humano.
Innumerables flores semejantes a éstas es fácil
coger en estos hermosos prados; pero yo descubro en
medio de ellos un abismo de una profundidad insondable.
Abismo ines. crutable es verdaderamente el misterio
de la en. carnación del Señor, abismo
impenetrable aquel en que el Verbo se hizo carne y
habitó entre nosotros. ¿Quién
le podrá sondear, quién podrá
asomarse a él, quién le comprenderá?
El pozo es profundo y yo no tengo con qué pueda
sacar agua. Sin embargo, acontece algunas veces que
el vapor que se exhala del fondo de un pozo humedece
los lienzos puestos sobre la boca del mismo pozo.
Así, aunque recelo penetrar adentro, conociendo
bien mi propia flaqueza, con todo eso repetidas veces,
Señor, colocándome junto a la boca de
este pozo, extiendo a ti mis manos, porque mi alma
está como una tierra sin agua en tu presencia.
Y ahora que subiendo de abajo la niebla ha embebido
en sí algo de ella mi tenue pensamiento, procuraré,
hermanos míos, comunicároslo con toda
sencillez, exprimiendo, por decirlo así, el
lienzo y deramando sobre vosotros las pequeñas
gotas del celestial rocío.
2. Pregunto, pues, ¿por qué razón
encarnó el Hijo y no el Padre o el Espíritu
Santo, siendo no sólo igual la gloria de toda
la Trinidad, sino también una sola e idéntica
su substancia?. Pero ¿quién conoció
los designios del Señor, o quién ha
sido su consejero? Altísimo misterio es éste
ni conviene que temerariamente precipitemos nuestro
parecer sobre esto. Con todo eso, parece que ni la
encarnación del Padre ni la del Espíritu
Santo hubiera evitado el inconveniente de la confusión
en la pluralidad de hijos, debiendo llamarse el uno
hijo de Dios y el otro hijo del hombre. Parece también
muy congruente que el que era Hijo se hiciera hijo,
para que no hubiera equivocación ni siquiera
en el nombre. En fin, esto mismo constituye la gloria
de nuestra Virgen, ésta es la singular prerrogativa
de María, que mereció tener por hijo
al mismo que es Hijo de Dios Padre, la cual gloria
no tendría, como es claro, si el Hijo no se
hubiera encarnado. Ni a nosotros se nos podría
dar de otro modo igual ocasión de esperar la
salud y la herencia eterna, porque, hecho primogénito
entre muchos hermanos el que era unigénito
del Padre, llamará sin duda a la participación
de la herencia a los que llamó a la adopcion,
pues los que son hermanos son coherederos también.
Jesucristo, pues, así como con un misterio
inefable juntó en una persona la substancia
de Dios y la del hombre, así también,
usando de un altísimo consejo, en la reconciliación
no se apartó de una equidad prudente, dando
a uno y a otro lo que convenía: honor a Dios
y misericordia al hombre. Bellísima forma de
composición entre el Señor ofendido
y el siervo reo es hacer que ni por el celo de honrar
al Señor sea oprimido el siervo con una sentencia
algo más dura, ni tampoco condescendiendo con
él inmoderadamente sea defraudado el Señor
en el honor que le es debido.
3. Escucha, pues, y observa la distribución
que hacen los ángeles en el nacimiento de este
Mediador: Gloria, dicen, sea a Dios en las alturas
y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad
. En fin, para guardar esta distribución no
faltó a Cristo reconcíliador fiel, ni
el espíritu de temor, con que mostrara siempre
reverencia al Padre, siempre difiriese a él
y siempre buscase su gloria; ni el espíritu
de piedad, con que misericordiosamente se compadeciese
de los hombres. Por lo mismo, tuvo también
como necesario el espíritu de ciencia, por
el cual se hiciese la distribución del espíritu
de temor y de piedad sin confusión alguna.
Y advierte que en aquel pecado de nuestros primeros
padres fueron tres los autores, pero manifiestamente
faltaron a los tres tres cosas. Hablo de Eva, del
diablo y de Adán. No tuvo Eva ciencia, pues,
como dice el Apóstol, fue seducida para cometer
el pecado. Seguramente ésta no faltó
a la serpiente, pues se describe como la más
astuta entre todos los animales, pero careció
e maligno del espíritu de piedad, puesto que
fue homicida desde el principio. Tal vez Adán
podría parecer piadoso en no querer contristar
a la mujer, pero abandonó el espíritu
de temor de Dios, obedeciendo antes a la voz de Eva
que a la divina. Ojalá que hubiera prevalecido
en él el espíritu de temor, como expresamente
leemos de Cristo en la Escritura, que estuvo lleno
no del espíritu de piedad, sino del de temor,
porque en todo y para todo debe preferirse el ternor
de Dios a la piedad con los prójimos, y él
sólo es el que debe ocupar todo el hombre.
Por medio de estas tres virtudes, que son: el espíritu
de temor, el de piedad y el de ciencia, reconcilíó
a los hombres con Dios nuestro Mediador, porque con
su consejo y con su fortaleza los libró del
poder del enemigo. En efecto, con su espíritu
de consejo, permitiendo que Satanás echara
sus manos violentas sobre el Inocente, le despojó
de sus antiguos derechos, con su fortaleza prevaleció
contra él para que no pudiera retener a los
redimidos cuando volvió de los infiernos vencedor
y devolvió la vida a todos los que resucitaron
con El.
4. Nos sustenta, a más de esto, con el pan
de vida y de entendimiento, y nos da a beber del agua
de la sabiduría que da la salud. Porque la
inteligencia de las cosas espirituales e invisibles
es verdadero pan del alma que corrobora nuestro corazón
y nos fortalece para toda obra buena en todo género
de ejercicios espirituales. El hombre carnal que no
percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,
sino que le parecen necesidad, gime y llora diciendo:
Se ha secado mi corazón porque me olvidé
de comer mi pan. Mira qué verdad tan pura y
perfecta es que de nada le sirve al hombre ganar todo
el mundo si pierde su alma. Pero ¿cuándo
percibirá esto el avaro? En vano trabajará
cualquiera que pretenda persuadírselo. ¿Y
por qué? Porque le parece necedad. ¿Qué
cosa más verdadera que ser suave el yugo de
Cristo? Pon esto delante de un hombre mundano y verás
cómo lo reputa piedra antes que pan. Y ciertamente
con la inteligencia de esta verdad interior vive el
alma y éste es su manjar espiritual, porque:
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que procede de la boca de Dios. Sin embargo,
mientras no saborees esta verdad, difícilmente
podrás penetrar hasta el interior. Mas cuando
comenzares a sentir deleite en ella ya no será
manjar, sino bebida; y sin dificultad entrará
en tu alma para que así el manjar espiritual
de la inteligencia se digiera mejor mezclado con la
bebida de la sabiduría, no sea que padeciendo
sequedad los miembros del hombre interior, esto es,
sus afectos, sirva más de carga que de provecho.
5. De todas las cosas, pues, que eran necsarias para
salvar a los pueblos, ninguna absolutamente faltó
al Salvador. Porque El es de quien anticipadamente
cantó Isaías: Saldrá una vara
del tronco de Jesé, y de su raíz se
elevará una flor, y reposará sobre ella
el espíritu del Señor; espíritu
de sabiduría y de entendimiento, espíritu
de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia
y de piedad, y la llenará el espíritu
del temor del Señor. Observa con cuidado que
dijo que esta flor se elevaría, no de la vara,
sino de la raíz. Porque si la nueva carne de
Cristo hubiera sido criada de la nada en la Virgen
(como algunos pensaron), no se podría decir
que la flor había subido de la raíz,
sino de la vara. Mas al decirse que se elevó
de la raíz, se hace manifiesto que tuvo una
materia común con los demás hombres
desde el principio. Cuando añade que descansará
sobre El el Espíritu del Señor, nos
declara que ninguna contradicción o lucha habría
en El. En nosotros, porque no es del todo superior
el espíritu, no descansa del todo; puesto que
la carne lucha y combate contra el espíritu
y el espíritu contra la carne, del cual combate
nos libre aquel Señor en quien nada semejante
hubo; aquel hombre nuevo, aquel hombre íntegro
y perfecto que tomó el verdadero origen de
nuestra carne, pero no tomó el envejecido cebo
de la concupiscencia.