MURALES DEL JUICIO FINAL

El Perú es uno de los países más pintados del mundo, donde el arcoiris derramó su paleta de colores en monumentos prehispánicos y virreinales. En las culturas más tempranas y estamos hablando de miles de años el adobe o el adobón recibieron por lo menos un baño de pintura roja o amarilla. Al paso del tiempo los artistas crearon los pinceles, aprendieron a preparar sus "tubos" de pintura y también sus telas, dando vida en el lienzo o en los muros a una serie de criaturas realistas o de carácter relacionado con las divinidades, generalmente para dominar.

En el siglo XVI la nueva religión venida de Occidente introduce sus temas con suma facilidad porque había una base. La Escuela Cusqueña de Pintura produjo en menos de cuatro siglos miles de cuadros para iglesias, capillas, casonas y familias piadosas, ocupando a 89 pintores entre los cuales unos 45 eran de sangre inka, secundados por cientos de aprendices. Era tanta la demanda en el Cusco, en otras capitales y audiencias, que no se daban abasto. En muchos casos ellos hacían sólo una parte, sobre todo el rostro y las manos, encargándose del resto la gente de sus talleres.

El fervor ennobleció las iglesias con altares suntuosos y también con murales, siendo uno de los preferidos por la catequización los referentes al Juicio Final. Hasta la primera década de la segunda mitad del siglo XX todavía se creía en el infierno, en los diablos, condenados y almas en pena, hasta que se vino la invención de tecnologías que abren contacto entre los países del planeta, perdiendo aquellos su crédito. Hubo tiempos en que la gente sufría creyendo en la perdición eterna y no era para menos con semejante motivación.

Uno de los últimos pintores de esa corriente es Tadeo Escalante, de Acomayo, Cusco, quien deja en la iglesia de Huaro espeluznantes obras sobre el Juicio Final y el Infierno, que cierra con el desfile jubiloso de los bienaventurados a la Gloria. El artista tuvo que estar alucinado por el tema para haberlo pintado tan vívidamente. Su arte inspirado en las tribulaciones de la Hora Final debió haberle hecho temblar de miedo. Cuán terribles habrían sonado a sus oídos las trompetas de los ángeles vengadores. Cómo le habrían sacudido el clamor de las almas en el juicio de Dios. Cuánto le habrían aterrado los gritos de espanto de los infelices entre las llamas del averno, perseguidos por los demonios.

Los murales miden de tres a cuatro metros de largo por dos metros de altura más o menos. Su arte estaba destinado a impactar y es de una desconcertante objetividad. No tiene el alcance del Juicio Final que hizo Kispe Titu para los franciscanos del Cusco, pero cumple su cometido. Hasta ahora impresiona el escalofriante mensaje que se desprende de ellos al ingresar en la iglesia.

Sus colores han resistido el trascurrir de los años con algunos daños provocados por el tiempo y manos irreverentes. Es evidente que estos y otro referente a la fantástica historia de la muerte cuando fue madrina, pintado en el interior, requiere la intervención de los conservadores de arte virreinal. Ahora, sobre todo, cuando Huaro está incluído en uno de los circuitos turísticos de la Ciudad Imperial.

El taller que tiene el INC Regional cuenta con personal preparado que puede trabajar para dejarlos en buen estado para otros doscientos años. No hay nada peor cuando se les hace objeto de repintes que son un atentado y obligan a realizar un mayor gasto. En este caso, como en otros, deben ser especialistas los que se ocupen de esa labor. Pinturas, imágenes y murales han sufrido destrozos en numerosas partes del Perú cuando lo han hecho personas improvisadas. En este esfuerzo pueden colaborar el municipio de Huaro, familias notables del lugar y las instituciones culturales y sociales huareñas que están en Lima.

Los estudiantes de Huaro deben visitar especialmente la iglesia, estudiar detalles de las decenas de personajes que al parecer no han sido inventariados -entre los que están en el infierno figuran los verdugos de José Gabriel Condorcanqui- y conocer la historia de Tadeo Escalante. Acomayo no está lejos y los de secundaria podrían visitar con sus maestros la localidad donde nació, conocer los murales que dejó allí, -hay uno que muestra todo el proceso de hacer pan en una panadería de su época y un molino con la pintura de San Cristóbal, en cuyo interior están los Inkas y las Qoyas con elementos de la naturaleza, agua, fuego y viento-. Hasta podría haber un arreglo entre los directores de sus colegios para que difundan, a través de los alumnos, la importancia de las obras de su ilustre paisano.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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