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PLAZA DE ACHO OLVIDADA
El movimiento de los ómnibuses que van de de un lado a otro no permite gozar serenamente de la belleza monumental de la Plaza de Acho. Por su antiguedad se asegura que es la primera plaza de toros del mundo. Viéndola a través de su enrejado parece muy alta. Caminando se puede dar la vuelta en círculo por sus arquerías rosa que se iluminan al caer la tarde cuando se encienden sus faroles.
La plaza es toda de adobe y sus graderías de sol y sombra están sostenidas por gruesos contrafuertes. Su contorno es muy sencillo. No se usan, pero hay aposentos en la parte baja, con pequeñas ventanas a manera de mirillas que, se dice, estaban reservadas al virrey, a su cortejo y a los nobles.
En el carnaval de 1776 don Agustín Hipólito Landaburu construyó la plaza en unos terrenos llamados de Hacho, que perdieron con los años la "h". Al momento de hacer las cuentas, reconoció haber invertido 107,609 pesos y 6 reales que en aquellos tiempos eran una gran fortuna. No la disfruto mucho, pues, por claúsulas del contrato la tuvo que entregar al Hospicio de los Pobres.
El estreno fue en 1778, pero en 1779 todavía se hacían corridas en el teatro del Real Coliseo y en la Plaza de Otero. El Cabildo agasajaba a los nobles que asistían con dulces, helados y refrescos. En 1792 alternaron por primera vez españoles y peruanos. Estos últimos eran en su mayoría de la población negra de Cañete, obligados a torear por sus amos.
Las corridas de los virreyes se hacían siempre en la Plaza Mayor (hasta 1817), pero el virrey Manuel de Amat y Junient y sus sucesores concurrían también a la Plaza de Acho. Allí, desde su palco de primera, el enamorado y maduro señor vigilaba con un anteojito a su amada, la bella y coqueta actriz Miquita Villegas.
La Plaza fue siempre bonita y popular. "En las tardes más notables, el viejo puente de Montesclaros se estrenaba con calesas y balancines y las damas engalanaban los tendidos con su hermosura y sus primorosos atavíos, medias de seda, zapatitos de raso "mira que me caigo" y abanicos de encajes y conchaperla".
Lima vivió rabiosamente sus últimos años virreinales. Las corridas se sucedían unas a otras, con cualquier pretexto. Hasta hubo una "que se dió en beneficio de las benditas almas que padecían las insufribles penas del purgatorio". Los toros salían con enjalmas (manto bordado que se colocaba sobre su lomo) y divisas (rosetones con los colores de la hacienda de donde venían) tachonadas con monedas de oro y plata. Sus nonbres eran pintorescos: "El Achotillo Chancaca", "El Saltatapias Pintado de la Huaca", "El Legañoso Blanco", "El Gallineta Prieto", "El Calzón Blanco Moteado".
Los toreros se habían apeado del caballlo y practicaban a pie los pases de la Escuelas de Ronda y de Sevilla. En aquella época se hicieron famosos Manuel Utrillo, Ponciano Saldaña y José Beque Lara, un moreno que tuvo aprietos con la ley y a quien llevaban de la cárcel a la plaza, "porque toreaba como un ángel".
El toreo a pie no desplazó del todo al toreo a caballo. Casimiro Casapaico, centauro andino, puso siempre de vuelta y media a los tendidos. Sus suertes hicieron decir al marqués del Valle Umbroso: "Era muy buen jinete y el mejor entrenador que he conocido. Siempre que lo veía a caballo me daban ganas de levantarle una estátua."
La primera mujer que entró a un coso fue una zamba limeña, Juana Breña. Era una moza de gran brío que jugaba a los dados y manejaba el puñal como un demonio. No había hombre que perdiera con ella. Dicen que fumaba puros de Cartagena y salía al ruedo en un alazán, con chaquetilla de raso, falda amplia y jipijapa, haciendo preciosuras con la capa y el rejón. Dos virreyes, Pezuela y Abascal, la aplaudieron. Cuando concluía su faena llovían monedas de oro en el ruedo.
Tuvo sus tardes de gloria hasta que un corniveleto de la Rinconada de Mala la levantó sobre sus astas. En ese mismo día se cortó la coleta y se dedicó a vender carne de res en un puesto del mercadillo de la Plaza de la Inquisición.
En esa plaza tan histórica rejoneó a burro Nuez Moscada y en 1843 Lucero, un toro criado por una lechera de Lurín, pasmó con su bravura. La mujer quien lo prestó solamente para la corrida no dejó que lo mataran y lo sacó mansísimo, "pegado a sus faldas". Allí toreó también Angel Valdez, el famoso "negro de Palpa", durante cincuenta años hasta que blanquearon sus cabellos. En el siglo XX deslumbraron Cocherito Bilbao, Faico, Bonarilla, y comenzó el tiempo de los grandes, el Lavi, el Salamanquino, Saleri y el Chico de la Blusa, Bienvenida, Joselito y Belmonte, Manolete, Ortega, Dominguín y Girón, hasta que llegó el Cordobés, ese fenómeno que revolucionó el toreo y que manejaba a los toros como si fueran flores. Con él terminamos una lista que sigue y llegará al futuro. Esperemos que la Plaza de Acho recobre sus fueros y permanezca como uno de los grandes atractivos turísticos del Rímac y de la Feria del Señor de los Milagros.
Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
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