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En el virreinato la explotación del oro y la plata fue intensa. Si se pusieran uno tras otro los lingotes que se llevaron al Viejo Mundo de sus minas, daría varias vueltas al mundo, según cálculos de los historiadores. Felizmente, los españoles que fundaron familia y las órdenes religiosas construyeron grandes edificios y les dieron la esplendidez que su rango social y su jerarquía espiritual merecían. Ejércitos de arquitectos, pintores, talladores, orfebres, plateros, bordadores, trabajaron para miles de iglesias.
En los tres primeros siglos el quehacer fue intenso. La demanda de cuadros dio lugar a la creación de la Escuela Cusqueña de Pintura. Decenas de maestros inkas, españoles y criollos, y cientos de ayudantes y aprendices, pintaron miles de lienzos que se enviaron a conventos, monasterios y oratorios. Así mismo surgió una Escuela de Escultura, también Cusqueña, para tallar imágenes, pues las que llegaban de Europa no eran suficientes.
En Lima, Ayacucho y otras ciudades, artistas, sobre todo extranjeros, como Angelino Medoro y Bernardo Bitti, dejaron valiosas obras y algunos discípulos.
El país tienen miles de iglesias con altares,pinturas y cuadros de espléndido tallado que deben ser protegidas pues son testimonio de la fe y el arte de su gente.
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