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ESPLENDOR EN CHILCA
Hace cuatro años la visión que recogí de Chilca fueron unas hoyadas verdes prehispánicas. Un milagro en el arenal, a 62 kilómetros de Lima, donde unos pobladores cosechaban higos. "¿Algo que ver en Chilca?,"pregunté. "Nada", fue su respuesta, y volví a Lima solamente con una bolsa de higos que derramaban ambrosías milenarias.
El entusiasmo del ingeniero Hernán Torres que me muestra un informe sobre la bellísima iglesia barroca de Chilca me sorprende. Quién podía imaginar una joya de arquitectura de su talla en el humilde poblado. Me pareció que la Virgen de la Asunción, su graciosa patrona, en lugar de ascender al cielo hubiese vuelto a bajar para que regresara al patrimonio cultural de Lima.
Las fotografías van cayendo de sus manos sobre la mesa y puedo ver el magno monumento destruído por el terremoto de 1974 y otros deterioros de varias épocas. Cuánta importancia debió tener Chilca por el siglo XVIII para merecer semejante construcción. Cómo debieron trabajar sus edificadores empujados por un viento de fe que convirtió sus plegarias en una fachada elegante cubierta con pintura mural, arcos, columnas, hornacinas, una capilla de balcón para que Nuestra Señora no perdiera de vista la plaza; dos torres donde gorjea un juego de bronces sonoros; una espaciosa nave que contiene trece retablos dorados en su tiempo con hojuelas de oro para distintas advocaciones y un Altar Mayor que fue de lujo con otra hermosa imagen de la Asunta.
"Hace cuatro años..." empiezo a decir y él termina "...estaba en la ruina". "¿Y esto cómo se logró?." "Poniendo unas enormes ganas de verla recuperada y algo más," concluye con una sonrisa amplia.
En un siglo de apogeo, de fervor, de misticismo el edificio contó para levantarse con limosnas cuantiosas y una mano de obra numerosa. Doscientos años después el sismo que lo sacudió precipitó su postración. Al viaje que hizo especialmente para verla el Virrey Manuel de Amat y Junient pasó a recibir los primeros agravios en la Guerra del Pacífico, cuando quisieron que sus torres sirvieran de troneras.
Después se fue quedando en el olvido. En el Perú tenemos tantas iglesias que nadie escuchó su grito de auxilio. Un dolor de cabeza y de corazón para sus párrocos sucesivos, los infatigables padres Juan Calvo Antelo y Agapito Muñoz. Los mecenas europeos tuvieron a su servicio una élite de artistas en su tiempo, cuando sus arcas rebosaban. Esta vez el ingeniero Hernán Torres puso el hombro para ponerla en valor sin pensarlo dos veces y formó un equipo de idealistas.
El primer paso fue cubrir las bóvedas dañadas por donde se metían el cielo, el viento y la neblina. Luego avanzar por etapas para reparar, restaurar y construir casi todo. El coro alto, la sacristía, el piso, las ventanas, las puertas, las torres, la fachada.
Los vecinos de buena voluntad acudieron, se unieron los estudios de los arquitectos Antenor Orrego, Lévano, José Correa Orbegozo, Oscar de Monzarz y se dieron la mano para ayudar diversas empresas e instituciones como Cemento Andino, Cementos Lima, la Universidad de San Martín de Porres, Celima, SIM Contratistas Generales, Minera San Martín SA, Tekno y Tecind SCRL, Pacífico Peruano Suiza, el Ferrocarril Central Andino y el Banco de Crédito del Perú a la par de otras que deben estar satisfechas por haber contribuído en esta obra.
Para la gente de Chilca es familiar la presencia del ingeniero Hernán Torres que quiere a su iglesia matriz. Ella marca el despertar del pueblo y puede ser la que incentive su despegue. Han sido testigos del trabajo de canteros, talladores, carpinteros, electricistas y cuantos técnicos se requieren para devolver su espíritu a la piedra, al cemento, la madera y el yeso.
Su vida pasaba lánguidamente. Ahora aprecian en su interior un dinamismo. Las jóvenes que quieren capacitarse para determinadas labores reciben apoyo social y personas que sufrían de abandono tienen un albergue. En los últimos veranos han disfrutado escuchando al Coro de Madrigalistas y el Conjunto de Música antigua de la Universidad Católica y al Coro y la Orquesta Sinfónica del Colegio Santa María de Monterrico, y para el que viene se piensa en un festival de coros. Actividades culturales que atraerán a los veraneantes de las playas del Sur Chico.
Su nuevo atrio, embellecido con jardines y bancas, invita a una visita y, en la noche, su iglesia Iluminada gracias a un convenio resplandece como una joya en el desierto.
Aún hay mucho por hacer. Las cofradías preservaron sus imágenes pero hay que remozarlas, los retablos necesitan resanes de pan de oro, queda por restaurar la capilla del Santísimo, falta muebles para la sacristía, bancas para los fieles y también hay que atender a la capilla de ánimas. En cuanto a la plaza chilcana hay felizmente la intención del municipio de realizar una remodelación que esté acorde con la magnificencia de su monumento.
¿Y la cruz delante de la torre de la Epístola?. Hernán Torres está pensando que le falta el sudario y los símbolos de la Pasión. Su afán es admirable y quisiéramos otros peruanos como él interesados en el arte y la cultura. El Perú los necesita. Hay muchísimo por hacer.
Si alguien quiere poner aunque sea un granito de arena puede dirigirse a las siguientes personas:
- Monseñor Juan Antonio Ugarte. Tel. 581-3546, E-mail: jaugarte@mail.udep.edu.pe
- Presbítero José Antonio Napa. Tel. 530-5258
- Ing. Hernán Torres M. Tel. 814-7786 y 470-6838, htorres@cementoandino.com.pe
Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.
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