AYUDA PARA SANTA CLARA DEL PERU

Santa Clara, en un extremo de los Barrios Altos de Lima, Perú, nació como un monasterio humilde. Lo fundó Santo toribio de Mogrovejo y se construyó con las limosnas de los indios, los antiguos limeños, y el aporte del caballero portugués Francisco de Saldaña. Fue sencillo y humilde porque estaba destinado para las mujeres nativas que quisieran habitar en un monasterio de clausura dedicadas a Dios.

Había cerca un molino donde habría estado, sugiere la historiadora María Rostworoski, una piedra redonda que sería un ídolo, el famoso "dios que hablaba", esto es el oráculo. Cuadras abajo está la roca horadada, la aguja de piedra de una enorme roca que estaría cubierta primero por tierra y ahora por cemento. Las hipótesis son sugestivas, pero volviendo al monasterio, que fue uno de los primeros de Lima, cabe anotar que se encuentra en mal estado. Es grande, el claustro con el sabor de las cosas añejas. No sé si existen las celdas del segundo porque no los he visto, pero la iglesia está en emergencia.

Las clarisas actuales han sido precavidas. Los muros, humedecidos en la base por algún canal que pasa por allí, tienden a abrirse y puede suceder mañana, pasado, en una semana, en un mes. Ellas han retirado las imágenes, las bancas y lo han dejado vacío. El techo tampoco está bien. Es una pena verlo desmantelado. Lo visité hace unos catorce años y daba gusto admirar sus altares, sus imágenes, sus ramos de flores y en un lugar especial el relicario que guarda el corazón del santo monseñor, que así lo pidió antes de que encontrara la muerte en Saña, Lambayeque.

La capilla del Señor de Burgos, una escultura de leyenda, se mantiene por fortuna y los fieles entran por una pequeña puerta que da al exterior. En 1765 el Cristo se apareció en una visión cuando reazaba en el huerto a la madre priora Sor Jerónima de Jesús y le dijo que quería que se le hiciera en ese lugar una capilla. En la noche ella lo vio nuevamente en sueños indicándole que no se preocupara en buscar escultor que éste lo llevaría. La sorpresa de la madre no tuvo límites cuando se presentó un agustino y le dijo que le traía una talla de un Cristo Crucificado. su precio eran 400 pesos. La madre reunió 300 y le rogó un descuento. Aquel dijo que la imagen era una buena talla y que se la habían pedido para Chile pero no pudo llevarla porque cada vez que embarcaba el mar se encrespaba. No había trato y quiso levantarlo para llevárselo pero no pudo. La imagen había du0plicado su peso. Buscó unos hombres y cuando quiso moverlo la cruz se enraizó en el piso de la portería, de los brazos y del cabezal salieron ramas frondosas y comenzó un tremendo vendabal. Asustado el autor aceptó la cantidad ofrecida y lo dejó.

En América y en europa debe haber otros monasterios de clarisas que podían acudir en ayuda de las limeñas. El Instituto Nacional de Cultura ha comprobado sus condiciones desde el primer momento, pero no tiene medios para atender sus necesidades. Las madres no pueden emprender ninguna acción de defensa sin su autorización. Se podría por lo menos apuntalar las paredes. Ellas se sostienen haciendo trabajos de repostería, alfajores, turrones, panetones en diciembre y otros, pero no pueden hacerse cargo de contratar expertos en restauración.

Los devotos de las cercanías visitan la capilla del Señor de Burgos, sobre todo en Semana Santra, y rezan también por la causa de la venerable Ursula, una novicia negra que hizoo muchos prodigios en vida que pasan por tradición oral de unas monjas a otras. En ocasiones muy contadas, cuando alguien necesita agua bendita, las madres sacan uno de los clavos de los pies del Cristo, lo ponen en agua y rezan tres credos,. Tambi´wn limpian sus llagas con algodsón para curar a los enfermos. Segñun la tradiciñón, cuando sale en procesión, abre los ojos y elige a las solteras que ingresarán a la orden.

Los mecenas cada vez son menos. Pensamos por eso en las clarisas del mundo para que ayuden a sus hermanas del Perú y también en empresas que quieran poner un grano de arena. Así se hacen grandes cosas.

Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.









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