EL INVERNADERO DE CARANIA

El viento era tan fuerte que azotaba mi rostro. Era como un ramalazo interminable. Sentía su castigo gélido pero no me importaba. Yo estaba en Carania, Yauyos, Lima, como un sueño. Felizmente no siento vértigo ante los abismos. Puedo caminar al borde sin alborotos del corazón.

No entiendo por qué buscaron las cumbres los antiguos peruanos. ¿Para hacer contacto entre la tierra y el cosmos, cuidar los valles para cultivar y protegerse también de los aluviones?. Cuando el viento se cansó de jugar con mis cabellos y se fue sentí la energía de la altura.

¿Por qué fui?. Por insistencia de un caminante empedernido, Efraín Tello Segovia que me embarcó en la aventura antes que nadie. Apareció un día y dijo simplemente, "Vamos a Carania". Le gustaba invitarme y más en esta ocasión más porque iríamos a una ciudad prehispánica que casi nadie había visitado.

Salimos de noche en un bus del jirón Montevideo, de Lima. Doce horas de viaje. Parte por la Panamericana Sur hasta Cañete y luego por una trocha infame. En cada curva había un riesgo. Mas quién piensa en eso si tiene sed de paisajes.

Al día siguiente, muy temprano, cuando el sol estaba listo para arroparnos, llegamos a Yauyos. Un alto para descansar y luego hacia Carania, un pueblo de doce cuadras, a 4,000 metros sobre el nivel del mar, donde los visitantes son raras aves. Sus casas son de laja de piedra. Se llega en cuatro horas dejando atrás el poblado de Yapay.

No sabía lo que Tello tenía bajo la manga. Seguimos por un sendero y me llenó de alegría avistar un camino inka en muy buen estado. Al principio bastante llano. Luego en zigzag. Las gradas por decenas me hicieron el mismo efecto cuando subí desde las riberas del río Vilcanota hasta P'isaq, la ciudad de Pachakuteq.

El graderío a medida que se avanza afecta las rodillas y al final duele como si se fueran a quebrar. Después de tres horas más o menos, llegamos sin mucho apuro. El paisaje era grandioso. A lo lejos nevados, cerros circundantes cubiertos de niebla y abajo los ríos Cañete, Anta y Karania. Llegar a Wamanmarka, la comarca del águila, fue un triunfo. Mi guía había contado unas doscientas habitaciones la primera vez que fue sin incluir las subterráneas.

No se sabe su objeto. ¿Para protegerse del viento que arrecia de pronto con violencia, para dejar a los niños a buen cubierto, quizá como graneros, como prisión para los rebeldes, para depositar a sus muertos ilustres. Algunas son viviendas que tienen unos poyos anchos para camas, aunque cualquier cosa que se diga serán sólo conjeturas. Habíamos llegado cerca al mediodía y nos quedamos hasta las cuatro.

Tuvimos tiempo de recorrer algunos andenes de cultivo que son innumerables. Los canales de riego excelentemente trazados esperando el agua en su sitio. Igual los peldaños salientes para subir o bajar de un nivel a otro. Por unos inmensos batanes y partículas de mineral se nota que también explotaron oro y cobre.

Pero, lo más importante venía después. Sonriendo Tello me dijo que me preparase para una sorpresa. ¿Podría reconocer la arquitectura del lugar que íbamos a ver?. Su pregunta me dejó intrigada. Cuando lo vi me quedé cavilando. Wamanmarka me estaba ofreciendo en Lima la visión de un segundo Moray, el famoso invernadero inka de Maras, Cusco.

No me gusta hacer comparaciones, pero allí estaba inexplicablemente una réplica de los famosos andenes circulares. ¿Qué se propusieron para hacerlos en ese lugar?. Los habitantes de Carania, según dijo, le llaman "el templo de la luna" y le tienen mucho respeto. Los señores del Cusco alcanzaron a terminarlo.

"¿Algo más?, le pregunté. "Ud. dirá", fue su respuesta enigmática. No lo podía creer pero esos cuartos suspendidos sobre el precipicio me hicieron recordar a los recintos que hay en unos de los cerros de Ollantaytambo. ¿Para que servían allá y ahora aquí?.

En otra cumbre se distingue Sinchimarka, adonde se sube por otro lado. En Carania crece la flor del surphuy que es como un capullito, blanco con rojo, rojo con amarillo, blanco y morado. Se dice que a los Inkas les agradaba tomarlo en mate por su sabor agridulce y era reservado por los Apus para ellos. Regresé llena de polvo a Lima directamente a bañarme pero muy feliz. Subir montañas y hacer descubrimientos es un placer.

Ahora, hay tours que van a Carania, pero otra cosa es descubrir estas maravillas. Antes llegó Efraín Tello Segovia.

Esta es una campaña cívica con los textos de Alfonsina Barrionuevo.









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