PERRO PERUANO RECOBRA PRESTANCIA

Los antiguos ceramistas norteños lo vieron como una escultura viviente y lo trasladaron a la arcilla. Allí el perro viringo, chono, q'ara o calato por su piel lisa o sin pelo, luce garbo y estilo. Cada uno de sus movimientos fue captado con belleza. Sentado y con la cabeza erguida, echado y con la cabeza apoyada sobre las patas delanteras, recostado en gentil abandono, elástico y firme sobre sus cuatro patas, la madre amamantando a sus crías y una vez crecidos los cachorros en actitudes graciosas.

Los perros de Occidente, preferidos por la gente de la ciudad, lo redujeron al ostracismo. Hace unos treinta años marchaba a la extinción por falta de amor. Lo encontraban feo, sin atractivo por la ausencia de pelo y carachoso por las costras que se le formaban. "A primera vista, señalaba el padre Bernabé Cobo en el siglo XVII, su mala catadura por tener el cuero decubierto, casi como el humano, causa repulsión. Pero, tratándolo se descubre que es buen compañero, ideal para las noches de frío por la alta temperatura de su cuerpo que llega a los 40°, vegetariano a la fuerza porque le faltan los premolares y otros dientes, y bullicioso sin que muerda."

En su recuperación tomaron parte distinguidos especialistas. El arqueólogo Arturo Jiménez Borja lo llevó a los museos de sitio de Puruchuko y Pachakamaq. Felipe Benavides, defensor de la vida silvestre, lo albergó en el Parque de las Leyendas. Jean De Conick los tuvo en una preciosa colección en cerámica y también tenía vivos, en sus tres tamaños.

En los Estados Unidos un ejemplar fue valorado en miles de dólares y poco a poco se comenzó a formar conciencia en su favor. Hace algunos años, cuando el arquitecto Javier Luna Elías organizó una exhibición en el Museo de la Nación, se descubrió ejemplares hermosos. Ya no era el can despreciado que se veía en algunos pueblos sino una mascota de lujo.

El amauta Pedro Weiss publicó en el novecientos un interesante trabajo sobre su historia y sus características. "No es una raza en el sentido zoológico pero si una variedad teratológica, decía. La falta de pelo es uno de los síntomas de un síndrome de hipoplasia ectodérmica familiar. El síndrome comprende pie, dientes y en algunos casos las uñas, trasmitiéndose como factor dominante. En algunos puede existir algún acoplamiento del síndrome con el sexo masculino. Es más fácil conseguir machos que hembras."

Su nombre de raza habría sido "chono" convertido en "chino" por los españoles. Weiss pensaba que le dieron ese nombre por su parecido con ciertos perros chinos que se comen como el "taitai" de Manchuria. En el mundo hay otros perros sin pelo como por ejemplo el perro turco, el guineo y el chen-nu de Ceilán, pero son distintos.

En el Perú tenemos perros nativos con pelo, que podrían tener el mismo origen que el hombre americano. Es decir que habrían pasado al nuevo continente con los primeros reecolectores y cazadores del paleolítico. La aparición del perro calato sería más tardía.

En el Perú fue muy querido por los moche, los vikus, los chimu y los chankay que les ponían una especie de poncho, aunque viven mayormente en sitios fríos. Su cabeza aparece, como el puma, el cóndor, el halcón y la serpiente, en esplendorosos brazaletes y cinturones de oro, con una lengua movible y adornada con discos colgantes.

En los pueblos nativos del Perú y América hay bellas leyendas sobre los perros que se encargan de llevar el alma de los muertos a su morada final. "Tenía que ser negro," decía Pedro Weiss aludiendo que esta denominación no se referia a su color sino al hecho que debía ser pelón, porque sólo así podría nadar a través de cierto lago con su amo y llegar a la morada de los dioses."

El padre Arriaga decía algo parecido en el siglo XVI. "Los muertos van a la tierra del silencio pasando por un puente de palo, conducidos por perros negros". Guaman Poma escribía que los yungas o sea los naturales de la costa alta hasta el Novo Reino de Colombia y los muchik, enterraban sus cadáveres junto con sus perros en mágica ofrenda. El autóctono can lampiño vivía apreciado como un rey y se enterraba con sus reyes.

En la prehistoria el perro pelón tuvo su época de esplendor también en México. En el Museo Nacional de Ciudad México, menciona Weiss, hay una estatuilla arcaica con 3000 años de antiguedad que representa a una dama abrazada a un animal que parece ser el perro sin pelo, al que conocían como Xoloitzcuintli y estaba identificado con Aipe Tepec, "nuestro señor el desollado", dios arcaico de la primavera, de las sementeras verdes, de los tumores del ojo y de varias dermatósis. Por eso lo relacionaban con las lluvias, la germinación y la madurez de las plantas a la vez que la aparición de las pústulas, las apostemas y las bubas, enfermedades sagradas. En tiempo de sequía ofrecían su corazón a los dioses y se comían la carne que era gorda de tan bien cebados que estaban".

Al llegar los españoles nuestro can nativo, relegado a segundo plano por los lebreles "aperreadores de indios," pasó a la farmacopea. Los usos que tenía, relataba Weiss, son fascinantes e increíbles. Por su piel con una temperatura muy alta fue precursor de la bolsa de agua caliente, pues dormía a los pies de su dueño. Por esta virtud en Argentina se les llamaba "perro colchón"; en México, "perro para reuma"; en Colombia se llama "perra" a la bolsa de agua caliente.

Estos usos del perro eran corrientes. Los curanderos tenían otros espeluznantes. En Lima, por ejemplo, se recetaba para el asma beber su sangre caliente degollado en el cuarto del enfermo. Se creía también, dicen Valdizán y Maldonado, que su lamedura cicatrizaba las heridas; con perros tiernos se hacía lamer el saratan para que el mal se vaya; su cadáver aún caliente aplicado sobre el paciente curaba la tifoidea, el tifus y la pulmonía; las cataplasmas de sus sesos servían para el histerismo y los ataques cerebrales; el sebo para los dolores óseos; la ceniza de su cráneo con molle y "unto sin sal" para la gangrena y su orina, para borrar las pecas.

Los canes pelones vivieron más en el campo. En 1919 uno asustó al sabio Julio C. Tello cuando viajó a la sierra limeña. Le dieron la cama de la dueña de casa y a medianoche sintió que alguien se introducía entre las frazadas. Saltó sobresaltado y era el perro de la señora. Seguramente dormía con ella para calentarle y aunque se lo llevó se escapó para ir a su sitio.

Weiss afirmaba que el pelón era admirable por su formas escultóricas y por ser el único perro sin pulgas. El amauta criaba un perrillo lindo, con un moño entre las orejas y un pompón en la punta de la cola.

Estaba por extinguirse pero la afición de algunas personas y la posibilidad de convertirlo en un perro de exportación lo ha salvado y está mejorando su suerte.

Esta es una campaña cívica con los textos y fotos de Alfonsina Barrionuevo.









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