Las nubes están cargadas y amenazan con caer sin piedad. Los rayos iluminan y parten en dos el horizonte. Acá adentro, estamos a salvo y calientitos. Admirando el inmenso paisaje, teñido de verde y dorado, que se despliega a los lados de la vía.
Daniel García, el maquinista más joven del Ferrocarril Central Andino, nos da la bienvenida, mientras coordina los movimientos de avance y retroceso con el jefe del tren, la central de Chosica y Edgar, el brequero, que se convierte en sus ojos en la parte trasera del tren. Todo debe ser coordinado, pues estamos atravesando la zona más complicada de la vía por la pendiente pronunciada que debemos subir, entre Galera y Ticlio y luego bajar, entre Ticlio y Chosica.
Cuando pasamos por el poblado de Cacray, nos cuenta que el diablo, molesto por su suerte, envió un rayo que partió en dos una inmensa roca formándose el sector conocido como Infiernillo, que presta su nombre al famoso puente, obra magistral de la ingeniería de principios del siglo pasado, y al coche bar donde Pedro y Gedeón son los amos de las copas. Engríen, sonríen, animan el ambiente. Acá no hay mal de altura que se resista a un buen mate de coca calientito o, si prefiere olvidar el malestar, puede tomar un delicioso Pisco Sour, un Infiernillo o un par de Galeras que son la especialidad de la casa. Usted escoge.
Luego a descansar, bajo los cuidados de los enfermeros que corren por los coches llevando oxígeno y algo de alivio. El incesante sonido de la locomotora, nos anuncia con dos pitadas largas, una corta y otra larga, que estamos pasando por un puente, nos sentimos libres y gritamos nuestra suerte al viento, a los cerros y ríos. Hemos llegado al fin…
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