Lunahuana, domingo 23 de febrero, 9:00 a.m
Nos hemos despertado temprano para salir a caminar por la ciudad, comprar unos disketes para la cámara digital y conversar con la gente. Lo primero que salta a la vista es la escasa movilidad por esa enorme y única avenida que cruza la ciudad.
Un tío alojado en el hotel nos da un aventón con su camioneta y nos enteramos que es un competidor de Elite de Down Hill, una competencia sumamente arriesgada que consiste en bajar una montaña a toda velocidad. Su muleta a un costado son la prueba que no miente cuando nos cuenta que ese deporte es peligroso. El se estrelló al tratar de crear una ruta en las ruinas de Inca Huasi, que está en la entrada del Valle. No sólo se resbaló, sino que le cayó la bicicleta encima.
El carro avanza por la avenida y pasamos nuestro paradero. Sin embargo está tan interesante la charla que seguimos de frente hasta San Jeronimo. El nos explica que estos deportes de aventura son practicados por una élite, ya que son caros, demandan un equipo especial y tiempo libre. Sin embargo han aparecido ahora último una gran cantidad de cultores que son hijos del pueblo, amigos del ingenio y que gracias al gusto por este deporte han sobrellevado las exigencias que el ciclismo en esta categoría demanda. A él le gusta esa idea, pero no a toda la élite que "entre comillas" no comparte sus ideas.
Su visión de los cambios en este deporte lo comprobamos ese mismo día cuando horas más tarde vimos en la competencia de ciclismo a diferentes grupos, todos juntos pero no revueltos. Están los chicos de Lima con sus modernas bicicletas y los competidores de menores recursos aledaños a la zona. Uno de ellos es Gustavo Orellana de Pachacamac, quien precisamente ganó en la categoría Elite por el talento que tiene de sobra y el arrojo a la hora de competir.
Nuestro conductor también me habla de los planes que tiene con respecto a ese deporte, uno de estos hacer participar a su pequeña hija en una competencia de bicicross para niños. Papá lo sabe todo, nos dice la pequeña que viaja con nosotros en la camioneta mientras nos bajamos en San Jerónimo.
San Jeronimi, domingo 23 de febrero, 10:00 a.m
Si de nuestro hotel estábamos alejados a 4 kilómetros de la avenida principal del centro del
valle, en San Jerónimo luego del aventón estábamos a seis. Ese domingo no pasó ningún carro, lo que nos obligó a caminar hasta que una combi se detuviera en la pista para recogernos y llevarnos a nuestro destino y de paso contarnos algunas reveladoras verdades de Lunahuana.
Es una mujer mayor, muy animada y amable, que nos dice textualmente: "Aquí la mayoría de los ancianos viven de 90 años para arriba. Tengo una tía por ejemplo que tiene 112 años y todavía se va al campo. Somos longevos porque tenemos una vida sana, lejos del humo de las fábricas, la contaminación. Consumimos frutos frescos, animales de granja sin hormonas, camarones sabrosos y por su puesto un poquito de licor para animar el espíritu cuando la flojera manda".
Respecto a la comida te recomiendo buscar El camarón taipa, es un plato chifa muy bueno, no muy popular, pero vale la pena buscarlo. Después puedes pedir gallina enrollada de camarón. En los restaurantes lo típico es camarón al natural, picante de camarón, ceviche de camarón y chupe de camarones. Si te animas por las aves de corral pide que la cocinan a la leña y con olla de barro." Dice esta simpática mujer, enciclopedia viviente de este valle.
San Jerónimo, 4:00 de la tarde
Es hora de regresar a Lima. Dejamos atrás dos días de inolvidable experiencia, mejores amigos, interesantes ruinas arqueológicas, deporte de aventura, buen clima, apetitosa comida, cerveza heladita para el calor más bravo, barato vino y chispeante pisco. ¿No es acaso esto el paraíso?