
Sin más propósito que el de ser testigos del nacimiento del sol en un descampado de la ruta a Cotahuasi (provincia de La Unión, Arequipa).*Relato de un amanecer en el camino a Cotahuasi
Bajar o no bajar. Persistir en la búsqueda de ese sueño huidizo y frágil -tan propio de las noches viajeras- o abandonar con congelado encono la tibia incomodidad de aquel ómnibus combativo que, vertiginoso y desfachatado, se había burlado la noche entera de los precipicios y las curvas ciegas, que acompañan a la carretera sin asfalto que une a la Ciudad Blanca de Arequipa con la capital de La Unión.
Y el bus se detiene y se abre la puerta y renace la voz exaltada: vamos, muchachos, despierten y varios pasajeros se desperezan y se estiran y buscan abrigo o bajan con pasos escuetos, como si dudaran de su decisión o creyeran que el frío y el viento, también el soroche, fueran a ignorarlos por descender con cautela y sigilo, casi de puntillas.
Y cuando los veo atrincherarse bajo sus gorros de lanas o parapetar sus manos en sendos guantes, me doy cuenta que el dilema alcanza honduras insospechadas, bueno, aunque aún no iguala los 3,535 metros de profundidad del cañón de Cotahuasi, el más profundo del mundo, digo, pienso, farfullo por el simple hecho de pensar en algo y olvidarme del bajar o no bajar.
Antes de tomar la resolución final frente a este auténtico dilema, con el perdón de Hamlet y su ya gastado ser o no ser, decidí esperar varios minutos dentro del vehículo. En ese momento creía que los atrevidos adelantados retornarían lívidos y, al mejor estilo de la Flor de la Canela, derramarían lisuras, además de sapos y culebras, en contra del genio que propuso o ¿impuso? echarle una miradita al panorama madrugador.
Pero nada de eso ocurrió. Muy por el contrario, los compañeros retornaban felices y sonrientes (léase con sonrisas congeladas, por favor). Una vez dentro, en vez de desparramarse en los asientos, actitud que a mi entender era absolutamente lógica, buscaban alguito más de abrigo para seguir enfrentando a la intemperie. Eso sí, ahora no bajaban con pasitos inciertos. Ya no le temían al frío.
Ante semejantes muestras de deleite y relajo, mi espíritu andariego entró en franca rebelión frente al cansancio. No era admisible que estuviera ahí bien sentadote, mientras los otros pasajeros varios, casi todos- disfrutaban con el mágico espectáculo de la naturaleza, total, me constaba por mis anteriores travesías cotahuasinas, que me dirigía a lugares de cautivante belleza.
La rebelión fue exitosa. Bajé y resolví el dilema, para alivio de los incondicionales de Shakespeare. Ya con los pies sobre la tierra, vi como las sombras se convertían en luz, como el cielo dejaba de ser una bóveda intensamente azul salpicada de estrellas y como empezaban a borrarse las negruras nocturnas que cubrían los mechones de nieve de un lejano volcán.
Segundos o minutos después, los primeros rayos de sol delinearían la cimbreante silueta de las montañas y la breve geografía urbana de Cotahuasi, el destino final de un maratónico viaje por vía terrestre en dos etapas: De Lima a Arequipa (14 horas), de Arequipa a Cotahuasi (12 horas), más de mil kilómetros de asfalto y tramos afirmados. Todo para llegar a la casa de la profundidad.
Ahora admiro el pueblo desde lejos. Falta tan poco, apenas un serpentín polvoriento, un puñado de kilómetros, un rosario de esas curvas trazadas como garabatos en las faldas de los cerros. Y me dejo ganar por la ansiedad y quiero que el bus reinicie su marcha, para reencontrarme cuanto antes con las calles empinadas, las casas de adobe y la iglesia robusta de fe de la capital provincial de La Unión.
Pero debo esperar y tener paciencia, porque la voz sí, otra vez esa voz imperativa- anuncia que un grupo de arriesgados ciclistas arequipeños, descenderá a puro pedal hasta la plaza de Armas de Cotahuasi, a través de un senderito enrevesado y de gran pendiente que, en sus primeros, tramos coquetea con el vacío, con la nada, acaso con la desgracia.
Y la voz que no hace mucho me arrebató el sueño, desvanece ahora mis reflexiones, librándome del hechizo del amanecer y haciéndome recordar que no estoy sólo, que soy parte de la delegación del VII Festival Ecodeportivo de Aventura Cotahuasi 2007, organizado por la Asociación Ñan Perú (Camino Peruano), del 29 de abril al 1ro de mayo del presente año.
De un momento a otro, los ciclistas se desprenden con inquietud de suicidas por la escalofriante pendiente. Down Hill llaman a esa locura en dos ruedas, una locura que sólo pienso fotografiar, por más rebeliones, protestas y alzamientos de cualquier índole, que pretenda desatar mi inflamado espíritu aventurero. Por el momento, debe conformarse con su sorpresiva victoria de la madrugada.
Desaparecen los ciclistas entre nubes de polvo. Se enciende el motor del bus. Mi reencuentro con Cotahuasi está muy próximo
sólo falta un puñado de curvas. *Texto y fotos: Rolly Valdivia Chávez
www.rollyvaldivia.blogspot.com
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