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 Turismo



Nevado Pastoruri
17/04/2007
¿Nieves eternas?


Pastoruri tiene ahora profundas costras negras, costras invasoras que lentamente devoran su blancura, su piel impecable y congelada. Nada como es antes, ni la laguna que estaba a sus faldas ni las cuevas de hielo que se encontraban en su base.



Nevado Pastoruri



Nevado Pastoruri



Nevado Pastoruri

Siempre que estoy a punto de marcharme de algún lugar, me hago la firme promesa de volver. El juramento empezó en una tarde lejanamente lluviosa, en la que me animé a decirle al arco iris prodigioso que coloreaba el horizonte de la hidalga y sufrida ciudad de Huamanga, que tarde o temprano retornaría, para conocer su ramillete de iglesias coloniales.

Volví, como he vuelto a muchos lugares desde entonces, para saldar mis cuentas viajeras, reconocer los rostros de quienes me recibieron con el corazón abierto y, de paso, refrescar mis recuerdos, gratos o tristes, pero siempre entrañables, siempre atesorados en esa mochila imaginariamente inmensa en la que los andariego cargamos nuestras historias.

Pero ningún retorno es sencillo. Tarde o temprano las evocaciones de la experiencia anterior, aparecen como fantasmas que, en vez de crear pánico, convocan a la nostalgia, a la añoranza de esos detalles singulares e irrepetibles que convierten a cada aventura en un suceso extraordinario.

En otras ocasiones, la tristeza tiene un origen distinto. Y es que los regresos no están exentos de sorpresas ingratas e indignantes. Es lamentable, pero a veces o, cada vez más veces, uno descubre que ese río antes cristalino, es ahora un cauce de contaminación; o que ese complejo arqueológico ufano de pasado, ha sido mancillado por pintas insulsas.

Hace sólo unos días, en pleno fervor de la Semana Santa, viví uno de aquellos retornos llenos de tristeza, cuando cumpliendo mi eterna promesa viajera, emprendí el camino hacia las faldas congeladas del Pastoruri, uno de los tantísimos nevados del Parque Nacional Huascarán.

Tenía muy gratos recuerdos de esa montaña. Mi primer encuentro con el gigante cordillerano se produjo hace más de un lustro, cuando con unos amigos del pueblo de Aquia (provincia de Bolognesi, Ancash) devoramos decenas de kilómetros en un viejo automóvil, para acercarnos a la nieve y al hielo, con la ilusión de quien descubre un mundo nuevo.

Aquella vez el tiempo nos jugó una mala pasada. Llovía, caía granizo y el frío era intenso. Milagrosamente no había nadie en Pastoruri. La montaña era para nosotros y empezamos a conquistarla con pasos inciertos, pasos que se hundían en esa nieve abundante y fofa que parecía extenderse hasta los límites del cielo.

Pero los tiempos cambian. Y el nevado imponente que atesoraba en mi memoria, ahora languidece, se extingue, se derrite por culpa del calentamiento global y de la manifiesta e irritante incapacidad del hombre de salvaguardar su entorno, su medio ambiente, su único planeta.

Al llegar a las faldas del gigante enfermo, de la montaña condenada a muerte por la indiferencia de todos nosotros, sentí una extraña mezcla de indignación y nostalgia. Ya no había tanta nieve como la primera vez.

Pastoruri tiene ahora profundas costras negras, costras invasoras que lentamente devoran su blancura, su piel impecable y congelada. Nada como es antes, ni la laguna que estaba a sus faldas ni las cuevas de hielo que se encontraban en su base.

Hoy, al escribir sobre mi rencuentro con la montaña, pienso en los viajeros del futuro. Aquellos que, por nuestra culpa, no podrán gozar de ninguna de las cumbres nevadas del Parque Nacional Huascarán. Duele decirlo, pero es cuestión de años, cuestión de calendarios.

Texto y fotos: Rolly Valdivia Chávez
Periodista
www.rollyvaldivia.blogspot.com

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