Keith Richards.
Foto: Getty Images
Hoy se pone a la venta “Life”, la autobiografía de Keith Richards. Y hoy también, la controvertida crítica literaria de The New York Times, Michiko Kakutani, empieza su reseña diciendo lo ineludible: “Para la legión de fans de los Rolling Stones, Keith Richards no solo es el corazón y el alma de la mejor banda de rocanrol de la historia, también es el avatar de una rebelión: el forajido, el pirata, el poeta maldito, el último sobreviviente y el delincuente número uno, el fugitivo destrozado y desgastado y el tipo más cool del mundo, considerado el número 1 en la lista de las estrellas de rock con más probabilidades de morir y la de las especies vivas (aparte de la cucaracha) más capaces de sobrevivir a una guerra nuclear”. Y como formamos parte de esa legión decidimos dar un paseo por la intoxicada vida de Richards mientras esperamos que el libro llegue a las librerías locales.
Hay una línea en la tercera entrega de Piratas del Caribe en la que Captain Teague (Keith Richards en el papel del tambaleante padre de Jack Sparrow) da una lección de vida con tufo a ron: “No se trata de vivir por siempre, Jackie” dice el rockero poniéndose de pie. “El truco está en ser tú mismo siempre”.
El brillo de ciertos rockeros no está solamente en dar patadas, pelearse con la policía, consumir drogas hasta el hartazgo, tener mucho sexo y componer un puñado de canciones tan eternas como la leyenda de un gran pirata. Está en las cosas que dicen cuando les da la gana decirlas. Está en su música. Está en su vida misma. En ese anillo de calavera que podríamos llevar todos en el dedo pero que a muchos nos quedaría como un tatuaje falso.
Lo que más brilla en Keith Richards está en su vitalidad enganchada como junkie al vértigo de rozar la muerte, de no tener límites, de ser libre, pero en serio. Richards ha visto la muerte de cerca muchas veces y siempre ha vuelto con una sonrisa. El tipo tiene más de mil guitarras, ¿qué esperaban?
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¡Quememos basureros!
Casi todos leímos sus comentarios cuando Mick Jagger aceptó el título de Sir de parte de la reina Isabel II. Nada pudo haberle jodido más en ese momento que ver al vocalista de su banda, su “hermano” de toda la vida, aceptando condecoraciones de parte de la gente contra la que supuestamente estaban y debieron estar siempre. Ellos eran los Stones, maldición. “Es ridículo aceptar esa condecoración de la clase poderosa cuando ésta hizo todo lo posible para meternos en la cárcel”, dijo, y luego se burló de Jagger disparando: “No saldré al escenario a tocar junto a alguien que lleva una coronita y capa de armiño”. Pero salió.
Quizás porque recordó que siendo un niño aún, cantó como un pequeño soprano en Westminster Abbey junto a un coro ante la misma reina. Entonces Keith era un niño que no había escuchado los discos que su madre le regalaría algunos años más tarde, discos de Billie Holiday y Duke Ellinton por ejemplo. Tampoco tenía esa primera guitarra de 7 libras esterlinas que rasguñó durante meses en las escaleras de su casa, arriba, o en el baño, mientras hacía el ritmo pateando paredes. Esa guitarra que fue también regalo de Doris Dupree, su adorada madre, junto a quien, mucho tiempo después, cuando ya era una leyenda viva y arrugada, pasaría días despierto acompañándola en un hospital antes de su muerte. Se puede decir que Richards tuvo amor, una familia feliz y que la música le llegó casi por herencia. Afortunado él.
Más afortunado aún cuando llega a la primaria y conoce a un flaco rápido de mente y cuerpo que se convirtió en su amigo aunque dejara de verlo a los tres años porque ambos cambiaran de escuela. El flaco se llamaba Mike Jagger –pero pronto se cambiaría el nombre a Mick– y los dos, junto a otros tres inglesitos más blancos que el cielo de Kent o Lima, conquistarían el mundo tocando una música imparable como una locomotora, y sonarían como si fueran negros que desayunaron blues y jazz y rock a orillas del Mississippi.
Corrió el agua y ya en la universidad, Richards empezó a ser Richards. Dick Taylor, amigo de Keith y del entonces Mike, lo recuerda prendiéndole fuego a los basureros y riendo a carcajadas cuando un gran BOOOOM hacía temblar a todo el colegio. Taylor también recuerda la afición que tenían por los estados alterados. Tomaban pastillas para mantenerse despiertos más que para sentirse drogados. “Solíamos comprar esos inhaladores para la nariz llamados Nostrilene, por la benzedrina, o hasta incluso tomar esas pastillas que toman las chicas cuando tienen su período”.
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¿Tú escuchas eso?
Jagger y Richards volvieron a encontrarse en el mismo vagón, con diferentes destinos, en un tren que iba de Dartford a Sidcup. Mick iba a la London School of Economics. Quien sabe adónde iba Keith. Los años habían pasado y los amigos de primaria casi ni se reconocieron, pero Mick llevaba bajo el brazo algo que llamó la atención de su amigo del colegio: discos de blues recién llegados de América. ¿Cómo podía un pituquito de la LSE conocer los nombres de Chuck Berry y Little Walter? ¿Cómo podía incluso tener esos extraños discos de vinilo bajo el brazo?
Los chicos hablaron, y entre risas descubrieron que además de la música, los dos eran amigos del loco Dick Taylor —el de los basureros en llamas–. Y además Jagger ya era vocalista de una banda que se llamaba Little Boy Blue and the Blue Boys. Así, el flaco de los ojos azules debió encantarle al loco de los ojos verdes, y viceversa, porque los dos decidieron bajarse en Sidcup cuando Mick lo invitó a un ensayo. La economía podía esperar un poco. O irse directamente a la mierda; al menos para Keith. Y la cosa fue tan bien entre ellos que cuando finalmente lo botaron de la universidad, más o menos durante la misma época en que sus padres se divorciaron, Richards —en ese entonces Richard, Keith Richard— se mudó con Jagger y con un galés llamado Brian Lewis Hopkins Jones, que a los 19 años tenía dos hijos sin casarse y que al poco tiempo sería el fundador de los Rolling Stones, alguien que finalmente tuvo una de las historias más tristes y misteriosas de la historia del rock.
“Nunca tuve problemas con las drogas, solo con la policía”
Keith tiene algo que cae bien. Cuando lo vemos estirar las piernas sobre el escenario y caminar en zigzag mientras Jagger corre de un lado al otro sin parar, o cuando lanza alguna confesión al mundo como si nada debiera parecernos extraño o lo suficientemente prohibido como para asustarnos. Una de las últimas confidencias fue aquella en la que contaba como esnifó a su viejo. “Lo esnifé. Lo cremaron y no pude resistirme a molerlo con un poco de cocaína. A mi papá no le habría importado, a él le importaba un carajo. Pasó sin problemas y sigo vivo”. En otra oportunidad dejó a todos atónitos diciendo que había dejado de consumir drogas, pero no por razones de salud, sino porque ya no eran tan fuertes como solían ser.
No recuerda sus mejores experiencias con las drogas pero sí la peor: una vez en Suiza, cuando no se podía mover pero escuchaba a todos diciendo que estaba muerto. Allá por los 70, luego de que su hija Tara, la tercera hija que tuvo con esa suerte de dominatriz que era Annita Pallenberg, muriera, cuando él mismo se definía como un “laboratorio humano-químico”, la dieta de Richards consistía en heroína, cocaína, anfetaminas, barbitúricos, ácidos, y Dios sabe que más, todo ello acompañado de mares de Jack Daniels. Su médico, el doctor Hank Wangford, ha dicho que sigue vivo por su fortaleza genética, y, más que nada por ese apetito que tiene por vivir: “él quiere estar acá”. Dicen que lo del lavado de sangre fue solo una leyenda urbana pero es cierto que se comió un pucho en pleno concierto en Inglaterra cuando prohibieron fumar en lugares públicos.
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En 1971, cuando estaba realmente enrollado con la heroína, tuvieron que recrear su departamento de Chelsea en el sur de Francia. Según cuentan, Richards despertó en el mismo sofá en el que se había dormido sin darse cuenta de que acababa de atravesar un océano. Lo verdaderamente increíble de todo es que sigue siendo un tipo lúcido, incluso más que muchos de los que toman vitaminas, hacen deporte religiosamente, comen sano y jamás se pasan de copas. En una entrevista que dio a NME, la misma en la que admitió haberse llevado las cenizas de su fallecido padre a las narices y más adentro, Richards afirma sentirse más suertudo que inmortal: “No conoces el significado del lado oscuro hasta que se pone realmente malo. En esos momentos nunca te despiertas para darte cuenta. Muchas veces he pensado ‘se acabó’ y es un sentimiento bastante confortable, en realidad, pensar ‘Jesucristo, me voy de acá ahora mismo’. No tengo pretensiones de ser inmortal. Soy igual que cualquiera, igual que tú, igual que todos. Soy el mismo viejo indeseable, solo que con algo de suerte. Yo era el número 1 en la lista de “Quien debería morirse” (Who’s Likely To Die) durante 10 años, y bueno, me sentí decepcionado cuando salí de esa lista”.
Please allow me to introduce myself...
Más allá de todo, de su incansable honestidad, de hacer lo que le da la gana, y contarlo encantadoramente aún cuando sepa que el mundo va a enterarse, y a espantarse, Keith Richards es pura música. Él fue el primero al que le escuché decir que uno debe convertir sus errores –sí, también los tiene cuando toca la guitarra– en su propio estilo y seguir adelante sin cobardía. Nadie duda de su arte con la guitarra y casi todos saben que es además un gran compositor. Quizás por eso, porque se lo ha ganado, no duda en propinarle un par de puyazos a algunas bandas como Arctic Monkeys o The Libertines cuando le preguntan que grupos de ahora escucha. Dice que todos son una buena mierda. Y que lo mismo pasa con el hip hop. Dice que todos tratan de ser alguien que no son cuando deberían ser ellos mismos. Dice que él escucha Mötorhead, reggae y música de Marruecos. Toda clase de música que sea auténtica. La música es todo para un pirata viejo como Richards. Aunque cuando le preguntaron cuál era la mejor cosa que había visto en su vida no lo pensó dos veces y contestó: “Cuando una mujer abre las piernas. La-di-la. No voy a hablar de ello porque entonces tendría que nombrar a las damas y eso sería demasiado. Digo, sí que he estado ahí, pero no pienso ir ahí contigo”. Captain Teague, Keith Richards, su majestad satánica es un caballero al que le importa un pito que alguien anteponga la palabra Sir a su nombre.
- Terra Stereo
