Luis Aníbal Salgado al mando de Dasher.
Foto: Difusión
Luis Aníbal Salgado, fundador de Electro-Z y DASHER, pide otra ronda de Jack Daniel’s. Estamos en el bar Home Sweet Home, en el East Village de Manhattan. Hace un buen tiempo que no lo veo. Lo entrevisté hace una década cuando convertía a Electro-Z en una banda pionera del indie limeño. Ahora, está grabando su primer disco solista y es dueño de un restaurante de comida cruda con sabor peruano en Williamsburg, Brooklyn.
Es lunes por la noche y la DJ del bar tiene puesto un polo de la película “House of the Thousand Corps” de Rob Zombie y suelta compulsiva música wave y neo-gótica. Superpone temas de The Sisters of Mercy, Siouxie & the Bunchees y versiones raras de Joy Division. Hay poca gente en el bar: un par de francesas ensimismadas en una conversación lésbica, un tipo de peinado ochentero que salió en el periódico acusado de agredir a Lindsay Lohan (asuntos de cocaína, dicen), una pelirroja alta de mirada obsesiva que me invita a bailar y luego me pide cigarrillos y de todas maneras es aficionada a sustancias potentes, un par amigos argentinos que no se deciden a abordar a las francesas, y estos tres peruanos que hablan de rock. Quizá hay más gente en el bar, pero a estas horas de la madrugada uno tiene memoria selectiva.
En medio de la bulla, recordamos los inicios de Electro-Z. Luis Aníbal Salgado—polo blanco pegado al cuerpo, tatuaje en el brazo derecho, jeans y botas marrones de punta—creó la banda junto a Jennifer Cornejo y Carlangas. Sacaron sólo un disco epónimo en 1999 ya convertido en hito. “Con Electro-Z hicimos un disco bien hermético”, recuerda Luis Aníbal. “No salíamos mucho. Estuvimos como un año encerrados componiendo el disco, como que creamos un mundo aparte en nuestra sala de ensayo. No habían pretensiones de que sea algo grande, pero al final, sin querer, a mucha gente le terminó gustando”.
Nos acompaña nuestro amigo Raúl Cachay, apasionado cronista de rock que hace gestos incomprensibles y reconoce todas las canciones al instante y tiene muy claro el valor que tuvo Electro-Z. “Esta banda fundó el indie peruano en la década de los noventa o fundó una nueva etapa, un indie mucho más contemporáneo, que exploraba sonidos y estilos que por entonces ninguna otra banda peruana tenía en su catálogo de influencias”, dice Raúl. “Los noventa están definidos por el sonido de Electro-Z, aunque el mainstream no se haya percatado de ello. Es importante no sólo por el sonido, sino por su actitud frente a la creación musical, mucho más libre, independiente, con una confianza absoluta en sus propias posibilidades, sin deberle nada a nadie”.
Pasa a la siguiente página...
Electro-Z produjo un rock pop con cajas de ritmos y samplers, con un sabor bien casero. Afín a la línea del sello indie Matador, va con el espíritu de bandas como Pavement o Yo la Tengo. En 2001, los integrantes de Electro-Z se fueron a Estados Unidos y pronto la banda se desintegró. El siguiente proyecto de Luis Aníbal fue DASHER, una banda que “se formó aquí en Nueva York. Habían otros músicos y ya no sonaba a Electro-Z. Era una banda de un formato más convencional, por decirlo así, con bajo, guitarra, teclado y voces”.
Para Raúl, “DASHER era una banda más tributaria del rock de los años setenta, del glam rock, pero con una actitud realmente indie, que aporreaba guitarras y riffs y tenía un desenfado sexual mucho más importante, en las letras, en la actitud escénica, una banda más arriola, más urgente”.
DASHER dejó dos discos -Panoramic Blast (2004) y Live on Liberation (2007)- y ahora Luis Aníbal se ha embarcado en un nuevo proyecto solista: “Parece que va a ser un disco doble. Estos dos últimos años dejé de tocar y me puse a componer bastante, sin presión. Creo que es el punto medio entre DASHER y Electro-Z, medio electrónico, pero también bien rockero”.
Rock vegano y crudo
Nada mejor para la resaca del día siguiente que una buena comida cruda y un Bloody Mary. Tengo ante mí una entrada de Jicama a la Huancaína y unos Tallarines verdes hechos a base de zucchini. El menú de “Rockin’ Raw”, el restaurante de Luis Aníbal ubicado en el corazón trendy y hipster de Williamsburg en Brooklyn, también incluye platos como Mushroom Cebiche, Lasagna y Tacu Tacu, todos hechos de manera alternativa y sin ningún tipo de cocción. Se define así: “live-vegan-raw-organic-peruvian-new orleanian-creole-cuisine-with-soul”. Es que la carta posee una influencia paralela de Nueva Orleáns, de donde es Terry, la socia de Luis Aníbal. La comida es saludable y sabrosa—una combinación que ya de por sí es una extravagancia en este mundo donde el placer suele estar reñido con el bienestar.
Pasa a la siguiente página...
“En Manhattan hay tres restaurantes de comida cruda, pero este es el único de Brooklyn. La comida cruda de algunos lugares tiene la fama de no tener tanto sabor. Y como la comida peruana es alucinante, me preocupé de hacer comida cruda con sabor peruano”, dice Luis Aníbal, quien es vegetariano hace doce años y vegano hace tres. Es además un cultor de la nutrición holística, un área que “no sólo involucra alimentos, sino también tu vida sentimental, tu carrera, tu vida sexual, los ejercicios que haces. Porque la mayoría de enfermedades parten de las emociones”.
Según Luis Aníbal, “la comida cruda, sin procesar por el calor, es el futuro. Cura enfermedades sin medicamentos. Hay estudios hechos con perros y gatos que con comida cruda viven el doble. Hay gente que ha tomado pastillas durante años para sus dolencias y haciendo dieta cruda por dos o tres semanas todo se alinea, todo cae en su lugar. Tienes más energía y no necesitas dormir tanto”.
Por eso, en junio de 2009 abrió el restaurante y le está yendo bien. Por las noches se llena. “Más del 70% de clientes son mujeres”, dice. Es hora del postre y comemos un Maka Almond Cake, Vanilla Mouse Cake y Jalapeno Key Lime Pie. Tras la comida y una sobre mesa nostálgica -en la que recordamos escenas, postales de la fauna rockera de Lima, de nuestra adolescencia y todos aquellos amigos comunes, situaciones bizarras y desbocadas- salimos a pasear por el vecindario. Llegamos a una tienda de música y Raúl se vuelve loco y adquiere más de una docena de discos (ya tiene la maleta llena con más de cincuenta joyitas que comprado en este viaje).
-¿Qué estás escuchando?- le pregunto a Luis Aníbal. Estoy muy pegado al disco que sacó Nick Cave con Grinderman -me dice-. De bandas nuevas, me gusta Black Rebel Motorcycle Club, The Dead Weather (la banda de Jack White), The Twilight Singers. Pero siempre vuelvo a mis hitos: The Cars, The Police, Bowie, los Stones, Bruce Springsteen.
Pasa a la siguiente página...
Salimos de la tienda. Estamos en la Avenida Bedford, una vena neurálgica de este barrio tan lleno de vida y de onda. Tiendas de discos, bares, camadas enteras de chicas lindas. Una escena de rock muy potente en la que, según Luis Aníbal, “puedes tocar, hacer conciertos y la gente te va a ir a ver, pero es más difícil impresionar a alguien en una ciudad como esta”. Pero quizá lo más importante es seguir impresionándonos a nosotros mismos. Por eso, me conmueve que diez años después vuelva a entrevistarlo y sigamos ambos haciendo exactamente lo que nos gusta. Electro-Z quedará como un experimento musical que ofreció libertad a la escena local y se despercudió del estigma de pequeños grupos o tribus que siempre tuvo el rock peruano. Me cuentan que el videasta Alex Carbajal, quien trabajó en España con Los Planetas, piensa hacer un documental sobre Electro-Z. Sería un gran testimonio de época, de aquellos fines de los noventa, de aquel 2000 cuando el Perú se tambaleó con tanta furia y escupió puñados de artistas que tendrían que inventarlo todo de nuevo, que tendrían que viajar, experimentar y tomar todos los riesgos necesarios para tener una nueva voz, que es el único camino que vale la pena. Son las 8 p.m. en Brooklyn y estamos listos para otra noche de rock n’ roll.
- Terra Stereo
