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Vía Crucis 2003: El Camino de la Cruz
escrito por S.S el Papa Juan Pablo II
En esta meditación trataremos
de seguir las huellas del Señor en el camino que va desde
el pretorio de Pilato hasta El lugar llamado «calavera»,
el Gólgota en hebreo(Jn 19, 17). El Vía Crucis de
nuestro Señor Jesucristo está históricamente
vinculado a los sitios que El hubo de recorrer. Pero hoy día
ha sido trasladado también a muchos otros lugares, donde
los fieles de Divino Maestro quieren seguirle en espíritu
por las calles de Jerusalén. En algunos santuarios, como
en el que recordábamos en días anteriores, el calvario
de Zebrydowska, la devoción de los fieles a la pasión
ha reconstruido el Vía Crucis con estaciones muy alejadas
entre sí. Habitualmente en nuestras iglesias las estaciones
son catorce, como en Jerusalén entre el pretorio y la basílica
del Santo Sepulcro. Ahora nos detendremos espiritualmente en estas
estaciones, meditando en el misterio de Cristo cargando con la cruz.
I Estación: Jesús
condenado a muerte
La sentencia de Pilato fue dictada
bajo la presión de los sacerdotes y de la multitud. La condena
a muerte por crucifixión debería de haber satisfecho
sus pasiones y ser respuesta al grito: «¡crucifícale!
¡crucifícale! » (Mc 15, 13 -14, etc.),. El pretor
romano pensó que podría eludir el dictar sentencia
lavándose las manos, como se había desentendido antes
de las palabras de Cristo cuando éste identificó su
reino con la verdad, con el testimonio de la verdad (Jn 18, 38).
En uno y otro caso Pilato buscaba conservar la independencia, mantenerse
en cierto modo al «margen». Pero era sólo en
apariencias. La cruz a la que fue condenado Jesús de Nazaret
(Jn 18,36-37), debía afectar profundamente el alma del pretor
Romano. Esta fue y es una Realeza, frente a la cual no se puede
permanecer indiferente o mantenerse al margen.
El hecho de que a Jesús, Hijo de Dios, se le pregunte por
su Reino, y que por esto sea juzgado por el hombre y condenado a
muerte, constituye el principio del testimonio final de Dios que
tanto amó al mundo (cf. Jn 3,16).
También nosotros nos encontramos ante este testimonio, y
sabemos que no nos es lícito lavarnos las manos.
II Estación: Jesús
carga con la cruz
Empieza la ejecución, es decir,
el cumplimiento de la sentencia. Cristo, condenado a muerte, debe
cargar con la cruz como los otros condenados que van a sufrir la
misma pena: «Fue contado entre los pecadores» (Is 53,12).
Cristo se acerca a la cruz con el cuerpo entero terriblemente magullado
y desgarrado, con la sangre que le baña el rostro, cayéndole
de la cabeza coronada de espinas. Ecce homo! (Jn 19,5). En el se
encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los profetas,
la verdad sobre el siervo de Yavé anunciada por Isaías:
«Fue traspasado por nuestras iniquidades... y en sus llagas
hemos sido curados» (Is 53,5). Está también
presente en el una cierta consecuencia, que nos deja asombrados,
de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: «Ecce
Homo» (Jn 19,5): «¡Mirad lo que habéis
hecho de este hombre!». En esta afirmación parece oírse
otra voz, como queriendo decir: «¡Mirad lo que habéis
hecho en este hombre con vuestro Dios!».
Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que
escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante
el conocimiento de la fe. Ecce homo!
Jesús, «el llamado Mesías» (Mt 27, 17),
carga la cruz sobre sus espaldas (Jn 19,17). Ha empezado la ejecución.
III Estación: Jesús
cae por primera vez
Jesús cae bajo la cruz. Cae
al suelo. No recurre a sus fuerzas sobrehumanas, no recurre al poder
de los ángeles. «¿Crees que no puedo rogar a
mi Padre, quien pondría a mi disposición al punto
más de doce legiones de ángeles?»(Mt 26,53).
No lo pide. Habiendo aceptado el cáliz de manos del Padre
(Mc 14,36, etc.), quiere beberlo hasta las heces. Esto es lo que
quiere. Y por esto no piensa en ninguna fuerza sobrehumana, aunque
al instante podría disponer de ellas. Pueden sentirse dolorosamente
sorprendidos los que le habían visto cuando dominaba a las
humanas dolencias, a las mutilaciones, a las enfermedades, a la
muerte misma. ¿Y ahora? ¿Esta negado todo esto? Y,
sin embargo, «nosotros esperábamos», dirán
unos días después los discípulos de Emaús
(Lc 24,21). «Si eres hijo de Dios...» (Mt 27,40), le
provocaran todos los miembro del sanedrín. «A otros
salvó, a sí mismo no puede salvarse» (Mc 15,
31; Mt 27,42), gritará la gente.
Y él acepta estas frases de provocación, que parecen
anular todo el sentido de su misión, de los sermones pronunciados,
de los milagros realizados. Acepta todas estas palabras, decide
no oponerse. Quiere ser ultrajado. Quiere vacilar. Quiere caer bajo
la cruz. Quiere. Es fiel hasta el final, hasta los mínimos
detalles, a esa afirmación: «No se haga lo que yo quiero,
sino lo que quieres tú» (cf. Mc 14,36 etc.).
Dios salvará a la humanidad con las caídas de Cristo
bajo la cruz.
IV Estación: Jesús
encuentra a su Madre
La Madre María se encuentra
con su Hijo en el camino de la cruz. La cruz de El es su cruz, la
humillación de él es la suya, suyo el oprobio público
de Jesús. Es el orden humano de las cosas. Así deben
sentirlo los que la rodean y lo capta su corazón: «...y
una espada atravesará tu alma» (Lc 2,35). Palabras
pronunciadas cuando Jesús tenía cuarenta días
se cumplen en este momento. Alcanza ahora su plenitud total. Y María
avanza, traspasada por esta invisible espada, hacia el calvario
de su hijo, hacia su propio calvario. La devoción cristiana
la ve con esta espada clavada en su corazón, y así
la representa en pinturas y esculturas. ¡Madre Dolorosa!«¡Oh
tú que has padecido junto con El!», repiten los fieles,
íntimamente convencidos de que así justamente debe
expresarse el misterio de este sufrimiento. Aunque este dolor le
pertenezca y le afecte en lo más profundo en su maternidad,
sin embargo, la verdad plena de este sufrimiento se expresa con
la palabra «com-pasión». También ella
pertenece al mismo misterio: expresa en cierto modo la unidad con
el sufrimiento del Hijo.
V Estación: Simón
Cireneo ayuda a Jesús
Simón de Cirene, llamado a
cargar con la cruz (cf. Mc 15,21; Lc 23, 26), no la quería
llevar ciertamente. Hubo que obligarle. Caminaba junto a Cristo
bajo el mismo peso. Le prestaba sus hombros cuando los del condenado
parecían no poder aguantar más. Estaba cerca de El:
más cerca que María o que Juan, a quien, a pesar de
ser varón, no se le pide que le ayude. le han llamado a él,
a Simón de Cirene padre de Alejandro y de Rufo, como refiere
el evangelio de Marcos (Mc 15,21). Le han llamado, le han obligado.
¿Cuánto duro esta coacción? ¿Cuánto
tiempo camino a su lado, dando muestras de que no tenía nada
que ver con el condenado, con su culpa, con su condena? ¿Cuánto
tiempo anduvo así, dividido interiormente, con una barrera
de indiferencia entre él y es hombre que sufría? «Estaba
desnudo, tuve sed, estaba preso»(cf. Mt 25,35.36), llevaba
la cruz...¿la llevaste conmigo?...¿la has llevado
conmigo verdaderamente hasta el final? No se sabe. San Marcos refiere
solamente el nombre de los hijos del Cireneo y la tradición
sostiene que pertenecían a la comunidad de cristianos allegada
a san Pedro (cf. Rom 16,13).
VI Estación: La Verónica
limpia su rostro
La tradición nos habla de
la Verónica. Quizá ella completa la historia del Cireneo.
Porque lo cierto es que -aunque, como mujer, no carga físicamente
la cruz y no se la obliga a ello- llevó sin duda está
cruz con Jesús: la llevó como podía, como en
aquel momento era posible hacerlo y como le dictaba su corazón:
limpiándole el rostro.
Este detalle, referido por la tradición, parece fácil
de explicar: en el lienzo con el que secó Su rostro han quedado
impresos los rasgos de Cristo. Puesto que estaba cubierto todo El
cubierto de sudor y sangre, muy bien podía dejar señales
y perfiles.
Pero el sentido de este hecho puede ser interpretado también
de otro modo, si se considera a la luz del sermón escatológico
de Cristo. Son muchos los que indudablemente preguntaran: «Señor
cuando hemos hecho todo esto?» Y Jesús responderá:
cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores,
a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El salvador, en afecto,
imprime su imagen sobre todo acto de caridad, como sobre el lienzo
de la Verónica.
VII Estación: Jesús
cae por segunda vez
«Yo soy un gusano, no un hombre;
el oprobio de los hombres y el desecho del pueblo» (sal 22
[21],7): las palabras del salmista-profeta encuentra su plena realización
en estas estrechas, arduas callejuelas de Jerusalén, durante
las últimas horas que preceden a la Pascua. Ya se sabe que
estas horas, antes de la fiesta, son extenuantes y las calles están
llenas de gente. En este contexto se verifican las palabras del
salmista, aunque nadie piense en ellas. No paran mientes en ellas
ciertamente todos cuantos dan pruebas de desprecio, para los cuales
este Jesús de Nazaret que cae por segunda vez bajo la cruz
se ha hecho objeto de escarnio.
Y El lo quiere, quiere que se cumpla la profecía. Cae, pues,
exhausto por el esfuerzo. Cae por voluntad del Padre, voluntad expresada
asimismo en las palabras del profeta. Cae por propia voluntad, porque
«¿cómo se cumplirían, sino, las escrituras?»
(Mt 26,54): «Soy un gusano y no un hombre» (Sal 22 [21],
7); por tanto ni siquiera «Ecce Homo» (Jn 19,5); menos
aún, peor todavía.
El gusano se arrastra pegado a tierra; el hombre en cambio, como
rey de las criaturas, camina sobre ella. El gusano carcome la madera:
como el gusano, el remordimiento del pecado roe la conciencia del
hombre. Remordimiento por esta segunda caída.
VIII Estación: Jesús
y las mujeres de Jerusalén
Es la llamada al arrepentimiento,
al verdadero arrepentimiento, a pesar, del mal cometido. Jesús
dice a las hijas de Jerusalén que lloran su vista: «No
lloréis por mí; llorad por vosotras mismas y por vuestros
hijos» (Lc 23,28). No podemos quedarnos en la superficie del
mal hay que llegar a su raíz, a las causas, a la más
honda verdad de la conciencia.
Esto es justamente lo que lo que quiere darnos a entender Jesús
cargado con la cruz, que desde siempre «conocía lo
que en el hombre había» (Jn 2,25) y siempre lo conoce.
Por esto El debe ser en todo momento el más cercano testigo
de nuestros actos y de los juicios que sobre ellos hacemos en nuestra
conciencia. Quizá nos haga incluso que estos juicios deben
ser en todo momento ponderados, razonables, objetivos -dice: «No
lloréis»-; pero al mismo tiempo, ligados a todo cuanto
esta verdad contiene: no los advierte porque El es que lleva la
cruz.
Señor, ¡dame saber vivir y andar en la verdad!
IX Estación: Jesús
y las mujeres de Jerusalén
«Se humilló, hecho obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 1,8 ). Cada estación
de esta Vía es una piedra miliar de esa obediencia y de ese
anonadamiento.
Captamos el grado de este anonadamiento cuando leemos las palabras
del profeta: «Todos nosotros andábamos errantes como
ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó
sobre él la iniquidad de todos nosotros» (Is 53,6).
Comprendemos el grado de este anonadamiento cuando vemos que Jesús
cae una vez más, la tercera, bajo la cruz. Cuando pensamos
en quién es el que cae, quién yace entre el polvo
del camino bao la cruz, a los pies de gente hostil que no le ahorra
humillaciones y ultrajes...
¿Quién es el que cae? ¿Quién es Jesucristo?
«Quién, existiendo en forma de Dios, no reputó
como botín codiciable ser igual a Dios, antes se anonadó,
tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres;
y en la condición de hombre s humilló, hecho obediente
hasta la muerte, y muerte de cruz»(Fil 2,6-8).
X Estación: Jesús,
despojado de sus vestidos
Cuando Jesús despojado de
sus vestidos, se encuentra ya en el Gólgota (cf. Mc 15,24,
etc.), nuestros pensamientos se dirigen hacia su Madre: vuelven
hacia atrás, al origen de este cuerpo que ya ahora, antes
de la crucifixión, es todo El una llaga (cf. Is 52,14). El
misterio de la encarnación: El Hijo de Dios toma cuerpo en
el seno de la Virgen (cf. Mt 1,23; Lc 1,26-38). El Hijo de Dios
habla al Padre con las palabras del salmista: «No te complaces
tú en el sacrificio y la ofrenda..., pero me has preparado
un cuerpo» (Sal 40 [39], 8.7; Heb 10,7). El cuerpo del hombre
expresa su alma. «Entonces dije: ‘¡Heme aquí
que vengo!’...para hacer, ¡oh Dios!, Tu voluntad»(sal
40[39],9; Heb 10,7). «Yo hago siempre lo que es de su agrado»
(Jn 8,29). Este cuerpo desnudo cumple la voluntad del Hijo y del
Padre en cada llaga, en cada estremecimiento de dolor, en cada músculo
desgarrado, en cada reguero de sangre que corre, en todo el cansancio
de sus brazos, en los cardenales de cuello y espaldas en el terrible
dolor de las sienes. Este cuerpo cumple la voluntad del Padre cuando
es despojado de sus vestidos y tratado como objeto de suplicio,
cuando encierra en sí el inmerso dolor de la humanidad profanada.
El cuerpo del hombre es profanado de varias maneras.
En esta estación debemos pensar en la Madre de Cristo, porque
bajo su corazón, en sus ojos, entre sus manos el cuerpo del
Hijo de Dios ha recibido una adoración plena.
XI Estación: Jesús
clavado en la cruz
«Han taladrado mis manos y
mis pies y puedo contar todos mis huesos» (Sal 22 [21], 17-18).
«Puedo contar...»: ¡Qué palabras proféticas!
Sabemos que este cuerpo es un rescate. Un gran rescate es todo este
cuerpo: las manos, los pies y cada hueso. Todo el hombre en máxima
tensión: esqueleto, músculos, sistema nervioso, cada
órgano, cada célula todo en máxima tensión.
«Yo, si fuere levantado de la tierra atraeré todos
a mi»�(Jn 12,32). Palabras que expresan la plena realidad
de la crucifixión entra todo el mundo que Jesús quiere
atraer a Sí(cf. Jn 12,32). El mundo está sometido
a la gravitación del cuerpo, que tiende por inercia hacia
lo bajo.
Precisamente en esta gravitación estriba la pasión
del crucificado. «Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba»(Jn
8, 23). Sus palabras desde la cruz son;«Padre perdónalos
porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
XII Estación: Jesús
muere en la cruz
Jesús clavado en la cruz,
inmovilizado en esta terrible posición, invoca al Padre (c.f.
Mc 15,34; Mt 27,46; Lc 23,46). Todas las invocaciones atestiguan
que el es uno con el Padre.«Yo y el Padre somos una misma
cosa»(Jn 14,9); «Mi Padre sigue obrando todavía,
y por eso oro yo también» (Jn 5,17).
He aquí el más alto, el más sublime obrar del
Hijo en unión con el Padre. Sí: en unión, en
la más profunda unión, justamente cuando grita: Eloí,
Eloí, lama sabactani?: «Dios mío, Dios mío,
porque me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Este obrar
se expresa con la verticalidad del cuerpo que pende del madero perpendicular
de la cruz, con la horizontalidad de los brazos extendidos a lo
largo del madero transversal. El hombre que mira estos brazos puede
pensar que con el esfuerzo abrazan al hombre y al mundo.
Abrazan.
He aquí el hombre. He aquí a Dios mismo. «En
El... vivimos y nos movemos y existimos» (Act 17,28). En El:
en estos brazos extendidos a lo largo del madero transversal de
la cruz.
El misterio de la redención.
XIII Estación: Jesús
en brazos de su Madre
En el momento en que el cuerpo de
Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de la Madre,
vuelve a nuestra mente el momento en que María acogió
el saludo del ángel Gabriel: «concebirás en
tu seno y darás a luz un hijo a quien pondrás por
nombre Jesús... Y le dará el Señor Dios el
trono de David, su padre... y su Reino no tendrá fin»
(Lc 1,31-33). María sólo dijo: «hágase
en mi según Tu palabra» (Lc 1,38), como si desde el
principio hubiera querido expresar cuanto estaba viviendo en este
momento.
En el misterio de la redención se entrelazan la gracia, esto
es, el don de Dios mismo, y el «pago » del corazón
humano. En este misterio somos enriquecidos por un Don de lo alto
(Sant 1,17)y al mismo tiempo somos comprados con el rescate del
hijo de Dios (cf. 1 Cor 6,20; 7,23; Act 20,28). Y María,
que fue más enriquecida que nadie con estos dones, es también
la que paga más. Con su corazón.
A este misterio está unida la maravillosa promesa realizada
por Simeón cuando la presentación de Jesús
en el templo: «Una espada atravesará tu alma para que
se descubran los pensamientos de muchos corazones»
También esto se cumple. ¡Cuántos corazones humanos
se abren ante el corazón de esta Madre que tanto ha pagado!
Y Jesús está de nuevo todo él en sus brazos,
como lo estaba en el portal de Belén (cf. Lc 2,16), durante
la huida a Egipto (cf. Lc 2,14),en Nazaret (cf. Lc 2,39-40). La
piedad.
XIV Estación: Entierro
de Jesús
Desde el momento en que el hombre,
a causa de pecado, se alejó del árbol de la vida (cf.
Gen 3), la tierra se convirtió en un cementerio. Tantos sepulcros
como hombres. Un gran planeta de tumbas.
En las cercanías del calvario había una tumba que
pertenecía a José de Arimatea (cf. Mt 27,60). En este
sepulcro, con el consentimiento de José, depositaron el cuerpo
de Jesús una vez bajado de la cruz (cf. Mc 15,42-46, etc.).
Lo depositaron apresuradamente, para que la ceremonia acabara antes
de la fiesta de Pascua (cf. Jn 19,31), que empezaba en el crepúsculo.
Entre todas las tumbas esparcidas por los continentes de nuestro
planeta, hay una en la que el Hijo de Dios, el hombre Jesucristo,
ha vencido a la muerte con la muerte. O mors! ero mors tua!: «Muerte,
¡yo seré tu muerte!»(1.ª antif. Laudes del
Sábado Santo). El árbol de la vida , del que el hombre
fue alejado por su pecado, se ha revelado nuevamente a los hombres
en el cuerpo de Cristo. «Si alguno come de este pan, vivirá
para siempre, y el pan que yo le daré es mi carne, vida del
mundo» (Jn 6,51).
Aunque se multipliquen siempre las tumbas en nuestro planeta, aunque
crezca el cementerio en el que el hombre surgido del polvo retorna
al polvo (cf. Gen 3,19), todos los hombres que contemplan el sepulcro
de Jesucristo viven la esperanza de Resurrección.
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