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Resumen semanal

Mujer colombiana ofrece edificante
testimonio de Fe en medio de violencia

Una sencilla mujer colombiana envió a las oficinas de una importante productora radial católica una carta en la que relata su dramática experiencia de fe en medio de la violencia generada por las guerrillas, los grupos paramilitares y el narcotráfico.

El testimonio de esta señora, cuyo nombre es omitido por su propia seguridad, es un edificante ejemplo de fe en medio de una agresiva atmósfera.

"Hace dos años escucho (el programa de noticias de) la Radio Católica Mundial y no puedo menos que contarles que me he enriquecido espiritualmente y podría decir que soy otra persona. Su programa en especial me gusta mucho porque trata de los problemas que a diario se suceden en distintos países del mundo".

Así comienza la carta enviada por esta madre de familia que todos los días sintoniza la radio en onda corta para enterarse del quehacer de la Iglesia en el mundo. "Como aquí en Colombia poco o nada se puede hablar quiero desahogarme con ustedes", señala la misiva.

La señora tiene cuarenta años, diecinueve de los cuales vivió junto con su marido hasta que éste la abandonó hace 5 años. "Mi esposo me abandonó para irse con otra señora casada y me quedaron dos niñas que ahora cuentan con 18 años y 7 respectivamente", relata.

"Tengo una cafetería -continúa- de donde obtengo el sustento para mis hijas y desde que llegaron los paramilitares, 'disque' (dicen que) a defendernos de la guerrilla, se nos acabó la poca paz que teníamos".

La humilde mujer, en efecto, es víctima del panorama de violencia que cualquier persona podría observar en el país y que recientemente ha recrudecido en las zonas rurales. Precisamente un grupo de paramilitares irrumpieron abruptamente en el pequeño poblado rural de la autora de la carta. "Unos ochenta hombres en total conforman el grupo. Desde entonces me tocó soportarlos en mi negocio todos los días.

Se reunían aquí con policías y soldados a planear cuál o cuáles serían los muertos del día. Una cosa es contarles y muy diferente es vivirlo en carne propia, como me tocó a mí. Como conozco en su mayoría los habitantes de mi pueblo, ¿Se imaginan lo que se siente ver a las persona que con seguridad van de turno hacia la muerte y una tenerse que aguantar callada? ¿Se imaginan la zozobra de pensar que en el momento menos pensado llega la guerrilla a tomar represalias como pasa en otros partes tildándonos de alcahuetes?".

Los detalles proporcionados por la misiva de esta mujer dan cuenta tanto del temor de los campesinos como de la crueldad de los métodos para infundir temor. Uno de éstos ocurrió cuando insurgentes bloquearon una carretera que atraviesa el noroeste del país y declararon "objetivo militar" a cualquier vehículo que transite por ellas.

"Que Dios me perdone -cuenta- pero no puedo evitar ver en esos hombres seres diabólicos, cada que los veo se me ponen los pelos de punta, es triste observar la frialdad con que matan a las personas en cualquier parte y a cualquier hora del día sin importarles los niños y si hay gente presenciando más les gusta".

La señora cuenta que muchos sacerdotes, religiosos y agentes pastorales viven en una situación de tensión por el tenso ambiente creado por paramilitares, guerrilleros o sicarios de narcotraficantes. "Hace poco un día domingo en las horas de la tarde me fui para el hospital porque tenía alta la presión arterial y estando en una camilla de urgencias donde me atendía un médico, en la camilla siguiente uno de nuestros santos sacerdotes confesaba un paciente de mucha gravedad, lo había herido la guerrilla y llegaron los paramilitares insultando al sacerdote y rematando al joven".

No obstante esta difícil atmósfera, la habitual radioyente no pierde la fe ni la esperanza. "Gracias a Dios y la Virgen María desde hace seis meses aquí no entran porque los tengo desterrados a punta de rosarios. Cada que los veo acercándose prendo mi grabadora y me dispongo a rezar junto con Juan Pablo II, el rosario que lo tengo grabado en un cassette y salen corriendo como lo hace el diablo a la cruz", señala.

"No por eso dejo de sentirme nerviosa ya que los crímenes no paran. Desde entonces sufro de una terrible depresión que no me explico como trabajo. Siento que quiero a todos los seres humanos y me duele el corazón al ver que día a día las viudas y huérfanos aumentan, también me entristece ver que esos delincuentes por más que hago oración por ellos no se convierten.

Otra cosa que me duele es oír cómo muchas personas no les importa lo que pasa, dicen cosas como éstas: para morir nacimos, ya estamos acostumbrados. ¿Se puede uno acostumbrar a vivir en guerra?", dice la mujer.

"Les ruego por favor hagan mucha oración por mí, para que el Señor me sane interiormente de esta depresión y para que haya paz en toda Colombia, que por todos los lados esta infectada de toda clase de maldad. Yo rogaré a Dios por ustedes. Que el Señor los bendiga y proteja de todo mal", concluye.

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