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Religiosas dan esperanza
a nuevos hijos de la guerra en Perú

A siete años de la captura del líder de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso, para la mayoría de peruanos la violencia terrorista ya es cosa del pasado. Sin embargo, para las tres religiosas encargadas del Puericultorio Andrés Vivanco Amorín de Ayacucho, el drama de la violencia está presente y sigue siendo un desafío de amorosa donación. Convertidas en "madres" de 120 niños y adolescentes víctimas del terrorismo y sus estragos, para ellas la "década del terror" se ha prolongado en diez años de esperanza y mucho trabajo.

El inicio.
En mayo de 1985, la provincia de Ayacucho -palabra quechua que significa 'Rincón de los muertos'-, se había convertido en el centro de operaciones del grupo maoísta Sendero Luminoso, y como tal, en el pueblo que sufría la mayor pérdida de vidas humanas por los ataques terroristas y los enfrentamientos entre rebeldes y militares. El saldo: cientos de niños huérfanos, desamparados, con el trauma de balazos y machetazos. Esta situación llevó a convertir en puericultorio el comedor infantil que desde 1980 asistía a los más pobres de la zona por iniciativa de Andrés Vivanco Amorín, un maestro católico ayacuchano.

La toma.
Dos años después, cuando la guerra interna alcanzaba niveles insospechados, las Hijas de Santa Ana aceptaron el pedido del entonces Arzobispo de Ayacucho, Mons. Juan Luis Cipriani -hoy Arzobispo de Lima- para hacerse cargo de la obra. "El fundador pidió que a su muerte la institución fuera administrada por la Iglesia, no quería que el gobierno la asumiera porque podía ser usada como instrumento político e incluso caer en el descuido", recuerda la hermana Blanca, su actual directora.

Una familia.
Según la religiosa, en los momentos más duros el Puericultorio albergó alrededor de 300 infantes y menores hasta 17 años de edad, ofreciéndoles techo, comida, vestido, educación y la posibilidad de tener una familia adoptiva, mientras gozaban de una familia transitoria con las "madres". Hoy, son 120 menores los que siguen encontrando una esperanza bajo el cuidado de tres religiosas -las hermanas Blanca, Nair y Miriam- que han organizado el albergue según una estructura de pequeñas familias en las que los niños más grandes tienen el papel de hermanos mayores, a los que los menores cariñosamente llaman "mamá" o "papá".

Los casos.
Los hermanos Rimache pertenecen al primer grupo de niños que llegó al albergue. Su madre murió desangrada por una granada que estalló en sus piernas durante una reunión vecinal, mientras cargaba al hijo menor. Ahora, Lourdes es enfermera, Vilma ya se casó y Edgard terminará quinto de secundaria en diciembre. A sus 25 años de edad, Lourdes aún vive en el Puericultorio, pero ayudando a las religiosas en el cuidado de los bebés del albergue. "Lourdes es sumamente dedicada y amorosa, sin embargo uno puede ver que en su corazón sigue la herida de esa terrible experiencia", explica la hermana Blanca.
No menos duro es el caso de Filipina. A sus 22 años es otra huérfana del terrorismo, y si bien dejó de ser niña no deja de necesitar a su familia espiritual, la del Puericultorio, y no pierde contacto con las religiosas. "Filipina es uno de los casos más críticos, porque hace 14 años vio cómo los terroristas mataron a toda su familia. Ella sobrevivió porque se desmayó y los terroristas la creyeron muerta. Cuando despertó huyó con dos sobrinitos y tras caminar durante varios días llegó hasta aquí", explica la hermana Blanca.

La nueva guerra.
La hermana Blanca señala que así como muchos de los niños que viven en el Puericultorio son hijos de terroristas, de policías o de campesinos que murieron entre ambos bandos durante el conflicto; los que ahora llegan "siguen siendo 'hijos de la guerra', pero de otra guerra, una más sutil". Y es que el terrorismo ha dejado una secuela de enfermedades sociales que están detrás de las historias de los niños desde 1994. "Como consecuencia de los años de violencia, hemos tenido un repentino incremento de crímenes, alcoholismo y tráfico de drogas", afirma la religiosa. El terrorismo colapsó las tierras agrícolas y el sistema de producción rural, al tiempo que la facilidad y rentabilidad de los cultivos de coca surgieron como peligrosa alternativa de supervivencia para muchos campesinos. Quienes participan del narcotráfico se pierden por una u otra causa, y más niños quedan sin padres.

Duro proceso.
Según la religiosa, entablar contacto con uno de estos niños es muy difícil. "Son tímidos y hostiles, difícilmente sonríen y, durante la primera fase, es casi imposible lograr un gesto de respuesta", explica. Agrega que "aún después, cuando se ha logrado cierta interacción, se puede ver cómo el dolor y las heridas emocionales siguen presentes".

Diferencia.
Pese al doloroso proceso, la hermana Blanca está convencida de que ésta es su misión y comparte la misma disposición con las otras dos religiosas. "Es en este punto que nos damos cuenta de que el compromiso cristiano imprime otro carácter al trabajo social. Debemos ofrecerles una fe sólida en Cristo para que comprendan el amor que Dios nos tiene y puedan vivir el perdón, la reconciliación, el amor, para que superen esas heridas en medio de un mundo en el que vemos que donde no está Dios, se dan todos los males, el hombre se destruye a sí mismo y no encuentra un sentido para su propia vida", explica la hermana Blanca.

Espacio solidario.
En medio de sus múltiples necesidades -los alimentos no alcanzan, las donaciones se agotan y las instalaciones requieren mantenimiento constante-, las religiosas acogen con gratitud la presencia de voluntarios de varias partes del mundo que llegan para vivir una experiencia solidaria. Actualmente, tres españolas dedican sus vacaciones a servir a los menores y hasta hace algunos meses una católica estadounidense revolucionó el Puericultorio con una computadora portátil conectada a Internet. "A través de la Internet, logró la adopción de varios niños, incluyendo a Ana María, una bebé ciega que pudo ser operada en Miami", recuerda la hermana Blanca.

Siempre madres.
"En nuestro carisma es muy fuerte lo que significa la donación materna, nos realiza estar con los niños de tantas edades distintas, y servirlos de esta manera es desplegar nuestra maternidad espiritual", afirma la hermana Blanca y señala que el albergue "está en el centro de las oraciones de nuestras hermanas en todo el mundo". "Tratamos de ser mamás para ellos, que se sientan queridos, que se sientan protegidos, que se sientan nuestros hijos porque esa es nuestra llamada de Dios", agrega la Hermana Nair.

Proyectos.
Ahora, las religiosas tratan de concretar un gran proyecto: un "hogar de autogestión" para aquellos que al alcanzar los 18 años deben abandonar el albergue puedan contar con una residencia temporal. El hogar aseguraría a los jóvenes no una mera habitación sino un ambiente comunitario saludable y familiar que les permita desarrollarse hasta que puedan autosostenerse. "Toma mucho tiempo para que los chicos consigan un trabajo decente. Si no tienen un lugar para vivir, pueden ser explotados con facilidad", explica la hermana Blanca. Aunque aún no saben cómo lo financiarán, confían en encontrar pronto los medios para hacerlo pues no están dispuestas a olvidar a sus "hijos".

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