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Resumen semanal

Testimonio del Cardenal Egan

Hoy y aquí, reunidos en la Catedral de St. Patrick con ocasión de esta ceremonia de posesión canónica, deseo contarles una historia que quizá pueda explicar por qué considero que el regresar a la arquidiócesis de Nueva York como obispo, es una gracia inmensa y maravillosa.

Una calurosa tarde del sábado, me dirigí hacia Highbridge, en la zona sur del Bronx, para ordenar a cinco jóvenes diáconos para la Congregación Religiosa Masculina fundada por la Madre Teresa de Calcuta.

La Madre Teresa había establecido una residencia para sus futuros diáconos en uno de los nueve edificios que formaron la primera planta de la parroquia "Sagrado Corazón" en Highbridge, una de las comunidades más necesitadas y golpeas de la ciudad de Nueva York.

Luego de la homilía, procedimos a celebrar la ceremonia de ordenación. Me dirigí al altar y empecé el ofertorio de la Misa. El calor era intenso; todas las puertas de la antigua iglesia gótica estaban abiertas de par en par para capturar algo de brisa.

Súbitamente, de la parte posterior del templo se oyeron unos gritos. Todos los presentes se volvieron a mirar al hombre de aproximadamente 30 años de edad que irrumpió en el pasillo; su cara estaba bañada en sangre y clamaba por ayuda entre gritos y sollozos, al mismo tiempo que ondeaba un pedazo sangriento de lo que quedaba de su camisa. Al final del pasillo, tropezó, se cayó y golpeó su cabeza contra el primer paso del escalón que lleva al santuario.

La Madre Teresa de Calcuta y dos hermanas de su congregación, junto con la ayuda de dos hombres que estaban conmigo, ayudándome en el altar, recogieron al herido y lo llevaron con delicadeza a la sacristía.

Continué con la Misa lo mejor que pude hasta que los gritos y sollozos se silenciaron. La Madre Teresa y las dos hermanas regresaron a sus lugares y yo continué con la ordenación.

Al final de la ceremonia, recogí mis pertenencias y entré a la sacristía para felicitar a los nuevos diáconos, saludar a la Madre Teresa y agradecer al pastor de la parroquia por su amable ayuda y por los dos hombres que me habían ayudado en el altar.
Cuando estaba saliendo por la puerta lateral de la iglesia, un joven se acercó y me preguntó: "¿Tiene usted movilidad?".

"No," le contesté, "vine en el metro."

"¿Dónde vive usted?", continuó él.

"En la Primera Avenida, Calle 34,".

"¿Puedo llevarlo a su casa?"

"Por supuesto que puede. Este calor es tremendo", contesté.

Al llegar a mi casa, el joven preguntó si podíamos conversar un poco.

"Tengo que hablar con alguien," me dijo, "Estaba en la sacristía cuando llevaron al hombre ensangrentado. Él había sido duramente golpeado y su lenguaje era terrible. Pero nunca en mi vida había visto que trataran a alguien de la manera como él había sido tratado. La Madre Teresa, sus dos hermanas, el pastor y sus dos ayudantes se comportaron maravillosamente. Ellos calmaron al hombre, limpiaron su sangre, le cambiaron de ropa y lo colocaron en un lugar digno y a salvo durante la noche. Era todo lo que Jesús nos ha enseñado siempre."

Luego, hizo una pausa para lograr controlar sus fuertes emociones y siguió. "Estoy haciendo una fortuna en el mercado, pero necesito formar parte de lo que presencié en esta sacristía. El dinero no está haciéndolo. Yo necesito algo más."

Lo invité a la residencia de los sacerdotes jubilados, residencia en la cual yo vivía, y estando allí, pudimos conversar un poco más.

Le hablé de las necesidades que hay, de la falta de catequistas en la arquidiócesis, de la necesidad que hay para ayudar a los maestros en las escuelas, de la falta de voluntarios para los programas católicos de caridad y de la urgencia de ministros eucarísticos en hospitales y hospicios.

Él escribió algunas de mis sugerencias, y partió. Nunca esperé verlo de nuevo.

Sin embargo, después de algunos años, fui transferido a la Diócesis de Bridgeport y un día, ese joven que me había llevado a casa después de la ordenación apareció en mi oficina. No había podido olvidarse de lo que presenció en la sacristía de la parroquia del Sagrado Corazón aquella tarde.

Él experimentó la necesidad de comprometerse aún más con esa realidad. Había presenciado realmente la compasión de Cristo, su misericordia y perdón.

Luego de ese fortuito encuentro, nos reunimos varias veces más, hasta que finalmente, lo envié al seminario, y yo mismo tuve la gracia de ordenarlo como sacerdote para la diócesis de Bridgeport. Un sacerdote, que fue llevado al altar de Dios por la caridad y la santidad con las que él mismo se maravilló aquella vez en la parroquia de la Arquidiócesis de Nueva York.

Ésta es la comunidad de fe que yo he dado a conocer durante los tres años y medio que estoy aquí. Personas de quien los logros no podrían ocupar las portadas de los diarios o la apertura informativa de la televisión de la tarde, pero más que eso, se trata de personas de inmenso corazón, humildes y bondadosas.

De esto es de lo que yo estoy viniendo a formar parte: de una comunidad de fe de quien la compasión y la capacidad de sacrificio pueden ser testimonio eficaz y lograr llegar al corazón de un hombre joven que hace fortuna en Wallstreet; una comunidad de fe que se esfuerza con un alto costo para educar a sus niños, no sólo en materias académicas, sino también, y sobre todo, en materias espirituales; una comunidad de fe que ofrece sus recursos materiales y su propia persona para ayudar al necesitado; una comunidad de fe que se aferra a las enseñanzas del Hijo de Dios con confianza y tenacidad; una comunidad de fe que se enfrenta contra poderosas fuerzas y defiende heroicamente al niño en el vientre materno, al enfermo y al inválido; una comunidad de fe que ve en cada ser humano la imagen divina y que desecha todas las formas de discriminación, maltrato o crueldad; una comunidad de fe que se congrega en los casi 413 altares de sus iglesias para adorar a nuestro Dios, agradecerle sus bendiciones, buscar su cuidado y para pedir su perdón. Personas nobles... una santa iglesia.

Me atrevo a pensar que San Pablo tuvo esto mismo en la mente cuando escribió las palabras de nuestra lectura de esta tarde. Ustedes están perseverando en una unidad espléndida. Ustedes están perseverando en un solo cuerpo, fundado en una única esperanza, en una sola fe y en un solo Dios, Padre de todos nosotros.

Me siento inmensamente privilegiado y lleno de gratitud al Hijo y al Espíritu Santo por la gracia de servir en esta arquidiócesis.

Agradezco también a nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II por esta asignación.
Es una pequeña maravilla que yo extiendo humildemente a cada uno y a cada sacerdote, diácono, religioso y miembro de la laicidad, para anunciar que vengo a servir a todos los miembros de los tres distritos municipales y siete condados de esta arquidiócesis.

Vengo con alegría para poner al servicio lo mejor de mí, ya que he visto los maravillosos trabajos que aquí se realizan.

Por ello, es un honor formar parte de ustedes en Cristo Jesús, Nuestro Señor.
Permítanme una última y breve acotación. El joven que yo ordené para la diócesis de Bridgeport bajo la inspiración de la arquidiócesis de Nueva York, era uno de los más saludables individuos que yo jamás había conocido. Sin embargo, luego de un año de su ordenación, cayó enfermo con leucemia, y después de algunos meses, fue a reunirse con Dios Padre.

En sus últimos días, en el "New Haven Hospital", me sentaba a platicar con él durante horas, y sentí su pérdida intensamente. Un año después, los seminaristas de la diócesis de Bridgeport me entregaron esto: una cruz pectoral como regalo de aniversario.

Ellos se colocaron en la parte de atrás una reliquia de la verdadera cruz de Cristo. Ésta, la que me regalaron, había pertenecido al joven sacerdote, quien quiso que yo la conservara.

Sólo llevo esta cruz para los acontecimientos litúrgicos y las ceremonias más importantes de mi vida. Ella, me recuerda al hombre joven que hace pocos años recurrió a mí decidido y con la gracia de Dios para escoger una vida de santidad y compasión.

Pero además, me recuerda a otro hombre joven que, hace casi 2,000 años, hizo tales opciones posibles con su propia vida, muerte y resurrección. Ésa es mi inspiración. Ésa es mi fuerza. Eso es, sobre todo, lo que yo traigo conmigo a la Arquidiócesis de Nueva York.


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