|
PENSAMIENTOS DE LA MADRE TERESA
EL
AMOR
El amor, para que
sea auténtico, debe costarnos.
Ama hasta que te
duela. Si te duele es buena señal.
Para hacer que una
lámpara esté siempre encendida, no debemos de dejar
de ponerle aceite.
Hay una cosa muy
bonita: compartir la alegría de amar. Amarnos los unos a
los otros. Amar hasta el dolor.
EL AMOR AL PRÓJIMO
Preferiría
cometer errores con gentileza y compasión antes que obrar
milagros con descortesía y dureza.
Darle a alguien todo
tu amor nunca es seguro de que te amarán de regreso, pero
no esperes que te amen de regreso; solo espera que el amor crezca
en el corazón de la otra persona, pero si no crece, sé
feliz porque creció en el tuyo. Hay cosas que te encantaría
oír, que nunca escucharás de la persona que te gustaría
que te las dijera, pero no seas tan sordo para no oírlas
de aquel que las dice desde su corazón.
EL SILENCIO
Resulta muy difícil
predicar cuando no se sabe cómo hacerlo, pero debemos animarnos
a predicar. Para ello, el primer medio que debemos emplear es el
silencio.
El silencio de la
boca nos enseñará muchísimas cosas: a hablar
con Cristo; a estar alegres en los momentos de desolación;
a descubrir muchas cosas prácticas para decir.
Guardemos, entonces,
el silencio de los ojos, el cual nos ayudará siempre a ver
a Dios. Los ojos son como dos ventanas a través de las cuales
Cristo y el mundo penetran en nuestro corazón.
El silencio de la
mente y del corazón: la Virgen María “conserva
cuidadosamente todas las cosas en su corazón “. Este
silencio la aproximó tanto al Señor que nunca tuvo
que arrepentirse de nada.
El silencio nos proporciona
una visión nueva de todas las cosas.
Las palabras que
no procuran la luz de Cristo no hacen mas que aumentar en nosotros
la confusión.
LA ORACIÓN
La oración
ensancha el corazón, hasta hacerlo capaz de contener el don
de Dios. Sin Él, no podemos nada.
Orar a Cristo es
amarlo y amarlo significa cumplir sus palabras. La oración
significa para mí la posibilidad de unirme a Cristo las 24
horas del día para vivir con Él, en Él y para
Él. Si oramos, creemos. Si creemos, amaremos. Si amamos,
serviremos.
Es imposible comprometerse
en un apostolado directo, si no es desde una auténtica oración.
Debemos tratar de ser uno con el Padre. Nuestra actividad no será
verdaderamente apostólica si no le permitimos obrar en nosotros,
a través de nosotros, gracias a su poder, a sus planes y
a su amor.
Para que la oración
sea realmente fructuosa, ha de brotar del corazón y debe
ser capaz de tocar el corazón de Dios.
Yo estoy perfectamente
convencida de que cuantas veces decimos Padre nuestro, Dios mira
sus manos, que nos han plasmado... “Te he esculpido en la
palma de mi mano”... mira Sus manos y nos ve en ellas. ¡Qué
maravillosos son la ternura y el amor de Dios omnipotente!
Orad sencillamente,
como los niños, movidos por un fuerte deseo de amar mucho
y de convertir en objeto de propio amor a aquellos que no son amados.
Debemos ser conscientes
de nuestra unión y de convertir con Cristo, así como
El tenía clara conciencia de su unión con el Padre.
La plegaria perfecta
no consiste en una palabrería, sino en el fervor del deseo
que eleva los corazones hasta Jesús.
Nuestras acciones
sólo pueden producir frutos, cuando son expresión
verdadera de una plegaria sincera.
Frecuentemente nuestra
oración no produce efecto por no haber fijado nuestra mente
y nuestro corazón en Jesús, por medio de quien únicamente
nuestra oración puede ir directamente a Dios.
“Yo lo miro
y El me mira” constituye la perfecta oración.
Nunca debiéramos
ceder a la costumbre de aplazar nuestra oración, sino hacerla
con la comunidad.
El fracaso o la perdida
de la vocación proviene también de la desidia en la
oración.
La oración
ensancha el corazón delicado hasta el punto de estar en condiciones
de acoger el don del propio Dios.
Dios se compadece
de la debilidad pero no quiere el desánimo.
“En El vivimos,
nos movemos y existimos”.
No basta orar generosamente,
hemos de orar con fervor y devoción.
El conocimiento que
comunicamos debe ser el de Jesús crucificado y, como dice
san Agustín: “Antes de dejar de hablar a la boca, el
apóstol ha de elevar su propia alma sedienta a Dios para
luego poder entregar cuanto ha bebido, vertiendo en los demás
aquello de lo cual estamos colmados”, o como nos enseña
santo Tomás: “Aquellos que son llamados a la labor
de una vida activa, cometen una grave equivocación si piensan
que su compromiso les dispensa de la vida contemplativa. Tal obligación
se añade a aquélla y no la hace menos indispensable”.
La oración
que brota de nuestra mente y de nuestro corazón y que recitamos
sin necesidad de leer en ningún libro se llama oración
mental.
Sólo por medio
de la oración mental y la lectura espiritual, podemos cultivar
el don de la oración. La oración mental es una gran
aliada de la pureza de alma.
Los mejores medios
para alcanzar un franco progreso espiritual son la oración
y la lectura espiritual.
Si a ustedes les
resulta difícil orar, rueguen insistentemente: “¡Jesús
ven a mi corazón, ora dentro de mí y conmigo, hazme
aprender de Ti cómo orar”.
La Misa es el alimento
espiritual que me sustenta y sin el cual no podría vivir
un solo día o una sola hora de mi vida.
La cosa más
importante no es lo que decimos nosotros, sino lo que Dios nos dice
a nosotros. Jesús está siempre allí, esperándonos.
En el silencio nosotros escuchamos su voz.
Debemos amar la oración.
La oración dilata el corazón hasta el punto de hacerlo
capaz de contener el don que Dios nos hace de Sí mismo.
LA ORACIÓN Y EL SILENCIO
El silencio es lo
más importante para orar. Las almas de oración son
almas de profundo silencio. Y lo necesitamos para poder ponernos
verdaderamente en presencia de Dios y escuchar lo que nos quiere
decir.
Este silencio debe
ser tanto exterior como interior, dejando de lado nuestras preocupaciones.
Debemos acostumbrarnos al silencio del corazón, de los ojos
y de la lengua.
El silencio de la
lengua nos ayuda a hablarle a Dios. El de los ojos, a ver a Dios.
Y el silencio del corazón, como el de la Virgen, a conservar
todo en nuestro corazón.
Dios es amigo del
silencio, que nos da una visión nueva de las cosas. No es
esencial lo que nosotros decimos, sino lo que Dios nos dice y dice
a través de nosotros.
El fruto del silencio
es la oración. El fruto de la oración es la fe. El
fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El
fruto del servicio es la paz.
LA CONFESIÓN
La confesión
fortalece el alma, pues una confesión realmente bien hecha
–la confesión de un hijo que reconoce su pecado y retorna
al Padre- produce siempre humildad y la humildad es fuerza.
Ustedes pongan en
primer lugar la confesión y sólo después pidan
una dirección espiritual, cuando lo crean necesario.
Para muchos de nosotros
existe el peligro cierto de olvidar que somos pecadores y que como
tales hemos de recurrir al confesionario. Hemos de sentir necesidad
de hacer que la sangre de Cristo lave nuestros pecados.
Cuando, entre Cristo
y yo, se produce un vacío, cuando mi amor está dividido,
nada puede llenar tal vacío.
En la noche, al momento
de acostarse, pregúntense: “¿Qué he hecho
yo hoy a Jesús? ¿Qué he hecho yo hoy a Jesús?
¿Qué he hecho hoy con Jesús?”. Les bastará
simplemente mirar sus manos. Este es el mejor examen de conciencia.
LA ALEGRÍA
El que tiene a Dios
en su corazón, desborda de alegría. La tristeza, el
abatimiento, conducen a la pereza, al desgano.
Nuestra alegría
es el mejor modo de predicar el cristianismo. Al ver la felicidad
en nuestros ojos, tomarán conciencia de su condición
de hijos de Dios. Pero para eso debemos estar convencidos de eso.
Superemos siempre
el desaliento... nada de esto tiene sentido si hemos comprendido
la ternura del amor de Dios.
La alegría
del Señor es nuestra fuerza. Todos nosotros, si tenemos a
Jesús dentro nuestro, debemos llevar la alegría como
novedad al mundo.
La alegría
es oración, la señal de nuestra generosidad, de nuestro
desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios.
SERVICIO A LOS DEMÁS
María debe
ser la fuente de nuestra alegría; ella, que fue la maestra
en el servicio gozoso a los demás. La alegría era
su fuerza, ya que sólo la alegría de saber que tenía
a Jesús en su seno podía hacerla ir a las montañas
para hacer el trabajo de una sierva en casa de su prima Isabel.
De la misma manera
nosotros, con Jesús en nuestro corazón, debemos servir
a los demás con alegría.
Si no se vive para
los demás, la vida carece de sentido.
¿Qué
descuido podremos tener en el amor? tal vez en nuestra propia familia
haya alguien que se sienta solo, alguien que este viviendo una pesadilla,
alguien que se muerde de angustia, y estos son indudablemente momentos
bien difíciles para cualquiera.
Cuando nos ocupamos
del enfermo y del necesitado, estamos tocando el cuerpo sufriente
de Cristo y este contacto se torna heroico; nos olvidamos de la
repugnancia y de las tendencias naturales que hay en todos nosotros.
El que no sirve para
servir, no sirve para vivir.
El amor no puede
permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que
ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.
Muchas veces basta
una palabra, una mirada, un gesto para llenar el corazón
del que amamos.
AMAR LO QUE UNO HACE
No es lo importante
lo que uno hace, sino cómo lo hace, cuánto amor, sinceridad
y fe ponemos en lo que realizamos. Cada trabajo es importante, y
lo que yo hago, no lo puedes hacer tú, de la misma manera
que yo no puedo hacer lo que tú haces. Pero cada uno de nosotros
hace lo que Dios le encomendó.
Sólo siendo
sinceros y trabajando con Dios, poniendo en ello toda nuestra alma,
podremos llevar la salvación a los demás. Pero para
ello es necesario que no perdamos nuestro tiempo mirando y deseando
hacer lo que hacen los demás.
No es tanto lo que
hacemos cuanto el amor que ponemos en lo que hacemos lo que agrada
a Dios.
Mientras el trabajo
sea más repugnante, mayor ha de ser nuestra fe y más
alegre nuestra devoción.
No puedo parar de
trabajar. Tendré toda la eternidad para descansar.
A veces sentimos
que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería
menos si le faltara una gota.
LA VOCACIÓN
Tu vocación
consiste en pertenecer a Jesús. Tu servicio a los leprosos
es sólo tu forma concreta de expresar tu amor a Jesús.
Por ello, no interesa demasiado determinar a quiénes dedicas
tu labor, a condición de que la realices por El, de que lo
hagas con El. Esta es, en realidad, la forma de cumplir tu vocación,
tu penitencia a Cristo.
Nuestra vocación
consiste en pertenecer a Jesús.
Jesús nos
ha elegido para Sí; le pertenecemos. Tenemos que estar, pues,
tan convencidos de dicha presencia, que no permitamos que nada,
ni lo más insignificante, nos aparte de su posesión...
de su amor.
LA POBREZA
Los pobres son la
esperanza del mundo porque nos proporcionan la ocasión de
amar a Dios a través de ellos. Son el don de Dios a la humanidad,
para que nos enseñen una manera diferente de amarlo, buscando
siempre la manera de dignificarlos y rescatarlos.
Ellos son el signo
de la presencia de Dios entre nosotros, ya que en cada uno de ellos
es Cristo quien se hace presente.
Por eso, Él
no nos preguntará cuántas cosas hicimos, sino cuánto
amor pusimos en ellas.
Seamos los servidores
del pobre. Hemos de brindar al pobre un servicio generoso, sincero.
En el mundo, a la gente se le paga por su trabajo. Sintámonos
pagados por Dios.
¿Acaso tratan
ustedes a los pobres como basurero, dándoles aquello que
ya no pueden ustedes usar o comer? Como esto no puedo ya comérmelo,
se lo voy a dar al pobre.
LA HUMILDAD
La grandeza de María
proviene justamente de su humildad. Y era humilde porque pertenecía
a Dios por completo, estaba en disponibilidad para lo que Él
quisiera pedirle.
Ella, que estaba
colmada de gracias, siguió siendo la esclava del Señor.
Se mantuvo con firmeza junto a la cruz de su Hijo, y ni siquiera
viéndolo morir dejó de confiar en Dios.
Pidámosle
a la Virgen que nos ayude a ser como ella, a realizar con humildad
y sin vanagloria el trabajo que se nos ha asignado, y que llevemos
a los demás a Jesús con el mismo espíritu con
que ella lo llevó en su seno.
Hay que cuidarse
del orgullo, porque el orgullo envilece cualquier cosa.
Dios no va a preguntarle
a aquella hermana cuántos libros ha leído, cuántos
milagros ha realizado; lo que le preguntará es si ha hecho
de lo suyo lo mejor por amor del mismo Dios.
“Hice lo mío
de la mejor forma”. Aunque aquello que he podido hacer, no
sea más que un fracaso, eso deberá ser lo mejor que
hemos podido y sabido hacer; debe tener nuestro máximo empeño.
Ningún fracaso
las desanimará, mientras tengan clara conciencia de haber
hecho aquello que estaba a su alcance. Hablando humanamente, si
una hermana tuviera un fracaso en su tarea, procuremos atribuirlo
a cualquier factor de debilidad humana, que no fue inteligente,
o no supo hacer mejor las cosas, etc. A pesar de todo, a los ojos
de Dios no ha fallado si ha hecho todo lo que era capaz de hacer.
Y ella debiera sentirse, pese a todo, colaboradora suya.
Nunca debemos creernos
indispensables Dios tiene sus caminos y sus maneras... El puede
permitir que todo marche al revés aun en manos de la hermana
más bien dotada. Dios no mira más que su amor. Bien
ustedes pueden trabajar hasta el agotamiento, incluso matarse trabajando,
pero si su trabajo no está tejido por el amor resulta inútil.
¡Dios no tiene ninguna necesidad de sus obras!
Si todo lo he recibido,
¿qué mérito nos cabe? Si estamos bien convencidos
de esto, nunca alzaremos altaneramente la cabeza.
LA CONFIANZA EN DIOS
Debes entonces decirle:
“ Señor, soy tuyo. Puedes hacer conmigo lo que quieras”.
Esta es, hermano, nuestra fuerza y ésta es la alegría
del Señor.
El abandono total
en Dios consiste en darse a Dios en forma plena, porque Él
se dio a nosotros primero. Y debemos entregarnos de manera absoluta
si queremos responder a la magnitud de su entrega hacia nosotros.
Sólo si renuncio a mí misma puedo llevar a Dios a
vivir en mí.
Cuando renuncio ofrezco
mi libre voluntad, mi razón, mi propia vida. Y todo por amor,
ya que cuanto más renunciamos a nosotros mismos, más
podemos amar a Dios y a los hombres.
LA SANTIDAD
La santidad es hacer
siempre, con alegría, la voluntad de Dios. Para eso es necesaria
la fidelidad a sus deseos, y es esta fidelidad la que hace a los
santos.
A través de
la vida espiritual nos unimos con Jesús: lo humano y lo divino
se ofrecen uno al otro.
El primer paso hacia
la santidad es querer serlo. ¿Qué es un santo sino
un alma resuelta, que hace uso de su fortaleza para actuar?
Ser santo no significa
realizar cosas extraordinarias, descifrar misterios, sino únicamente
un aceptar incondicional, dado que me he entregado por completo
a Dios, porque le pertenezco por entero.
Entréguense
eternamente a Jesús... y Él se servirá de ustedes
para hacer grandes cosas, a fin de que crean mucho más en
su amor que en su debilidad. Crean en Él... confíen
en Él con una fe ciega y absoluta, seguros de que Él
es el Señor. Convénzanse de que únicamente
Jesús es el secreto de la vida y que la santidad no es otra
cosa que el propio Jesús que vive en su interior por su gracia.
Ustedes deben permitir
que el Padre sea un jardinero, que corta y poda. Si sienten que
son podados no se preocupen. Él tiene sus motivos para hacerlo.
Ustedes deben dejar que lo haga.
Si con toda conciencia
y diligencia aspiramos a la santidad, después de nuestra
oración ha de penetrarnos un sentimiento de autorrenuncia.
La forma más elemental de renuncia del propio yo es el control
de nuestros sentidos.
“Seré
santo” quiere decir: me despojaré de todo cuanto no
es Dios. Despojaré mi corazón y lo vaciaré
de toda cosa creada; viviré en la pobreza y en el desprendimiento.
Renunciaré a mi voluntad, a mis inclinaciones, a mis sueños
y a mis fantasías y me convertiré en un esclavo voluntario
de Dios.
Nuestro ideal no
puede ser nada distinto de Jesús. Debemos pensar como Él
piensa, amar como Ël ama, desear como Él desea. Debemos
permitirle que disponga y se sirva totalmente de nosotros.
Jesús quiere
que seamos santos como su Padre. Podemos llegar a ser grandísimos
santos con sólo quererlo. La santidad no es un lujo para
unos pocos, sino una sencilla obligación también para
ti y para mi.
La revolución
del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al
día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes
hacerlo por la paz.
EL SUFRIMIENTO
Cuando recibimos
aunque sólo sea una pequeña observación poco
caritativa, o cuando nos sentimos víctimas de una falta de
consideración, con qué facilidad nos olvidamos de
que ¡éste es justamente el momento de compartir con
Él la ofensa y el sufrimiento!
Recuerden que la
Pasión de Cristo desemboca siempre en la alegría de
la Resurrección, para que cuando sientan en su corazón
los sufrimientos de Cristo, tengan bien presente que luego llegará
la resurrección.
Nuestros sufrimientos
son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos
volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros
los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene
el control, y podemos confiar plenamente en Él.
AMAR A DIOS
Nunca digas adiós,
si todavía quieres tratar. Nunca te des por vencido si sientes
que puedes seguir luchando. Nunca le digas a una persona que ya
no la amas, si no puedes dejarla ir. El amor llega a aquel que espera,
aunque lo hallan decepcionado; a aquel que aun cree, aunque haya
sido traicionado: a aquel que todavía necesite amar, aunque
antes haya sido lastimado y aquel que tiene coraje y la fe para
construir la confianza de nuevo.
Hemos de amar a Dios,
haciéndonos cargo de las ofensas que le hemos provocado.
A lo largo del día,
repitamos con frecuencia: “Lávame, Señor, de
mis pecados y límpiame de toda iniquidad”.
Tienen que ejercitarse
en el sufrimiento, porque cuando fijen su mirada en la cruz, verán
que Él tiene inclinada la cabeza, porque quiere besarlos
y tiene lo brazos abiertos porque quiere abarcarlos en un fuerte
abrazo.
¿Lo han comprendido,
hermanos? Sufrimiento, dolor, humillación, son besos de Jesús.
Acérquense tanto a Jesús en su Cruz, que Él
pueda besarlos.
PRESENCIA DE DIOS
Si día tras
día nos consagramos eternamente al cumplimiento perfecto
de nuestros deberes espirituales, Él nos hará entrar
gradualmente en una intimidad más profunda, en la que, incluso
fuera del tiempo de oración, no tendremos dificultad alguna
en mantener un lúcida conciencia de su Presencia Divina.
El propósito
de un retiro no es otro que el empeño de progresar en la
conciencia y el amor de Dios, de purificar nuestra propia persona,
de enmendar y transformar nuestra vida en conformidad con la vida
de nuestro modelo, Jesucristo.
LA VIRGEN MARÍA
La grandeza de María
reside en su humildad. Jesús, quien vivió en estrechísimo
contacto con ella, parecía querer que nosotros aprendiéramos
de Él y de ella una lección solamente: ser mansos
y humildes de corazón.
Supliquemos a María
que haga nuestro corazón “manso y humilde” como
modeló el corazón de su Hijo. Pues por medio de ella
y en ella fue como se forjó el corazón de Jesús.
LA VIRGEN MARÍA, CAMINO DE RECONCILIACIÓN
María está siempre atenta para traer al mundo la alegría,
la paz y la reconciliación. Ella nos conduce hacia Dios,
y con sus ruegos amorosos intercede por nosotros.
Elevemos hacia ella
nuestros corazones para que nos ayude a reconciliarnos, cada vez
que nos alejemos del amor de Dios.
Dirijamos a ella
nuestros ojos para implorarle por la paz; a ella, que sólo
tiene cabida en su corazón para la paz y el perdón.
LA FAMILIA
Prometamos convertir
nuestra comunidad en un nuevo Belén, en otro Nazaret. Amémonos
mutuamente como amamos a Jesús. En el hogar de Nazaret se
respiraba amor, unidad, oración, sacrificio y trabajo infatigable;
pero, sobre todo, una profunda comprensión, mutua estima
y permanente solicitud de todos por todos.
En todo el mundo
se comprueba una angustia terrible, un espantoso hambre de amor.
Llevemos, por tanto, a nuestras familias la oración, llevémosla
a nuestros niños, enseñémosles a rezar. Pues
un niño que ora, es un niño feliz. Familia que reza
es una familia unida.
Hemos de procurar
ser santos no porque queramos sentirnos santos, sino porque Cristo
debe poder vivir plenamente Su vida en nosotros.
EL SUFRIMIENTO Y LA FELICIDAD
Las personas más
felices no siempre tienen lo mejor de todo. Solo sacan lo mejor
de todo lo que encuentran en su camino. La felicidad espera por
aquellos que lloran, aquellos que han sido lastimados, aquellos
que buscan, aquellos que tratan.
Porque solo ellos
pueden apreciar la importancia de las personas que han tocado sus
vidas. No puedes ir feliz por la vida hasta que dejes ir tus fracasos
pasados y los dolores de tu corazón.
Cuando la puerta
de la felicidad se cierra, otra puerta se abre, pero algunas veces
miramos tanto tiempo aquella puerta que se cerró que no vemos
la que se ha abierto frente a nosotros.
Es cierto que no
sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también
es cierto que no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta
que lo encontramos.
Espero que tengas:Suficiente
felicidad para hacerte dulce. Suficientes pruebas para hacerte fuerte.
Suficiente dolor para mantenerte humano. Suficiente esperanza para
ser feliz.
LA VIDA
Toda vida es la vida
de Dios que se hace presente entre nosotros, aún en un niño
que todavía no ha nacido. Nadie tiene derecho a levantar
su mano para segarla.
Yo imagino que el
grito de esos pobrecitos que son asesinados antes de nacer debe
llegar hasta Dios.
Toda vida pertenece
a Dios, y si Jesús nos dijo que éramos más
importantes a los ojos de su Padre que todo lo creado, y Él
cuida eso, cuánto más cuidará de nosotros!
El aborto va en contra del mandamiento del amor.
El aborto mata la
paz del mundo...Es el peor enemigo de la paz, porque si una madre
es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué me impide
matarte? ¿Qué te impide matarme? Ya no queda ningún
impedimento.
A todos los jóvenes
les digo: Ustedes son el futuro de la vida familiar; son el futuro
de la alegría de amar. Mantengan la pureza, mantengan ese
corazón, ese amor, virgen y puro, para que el día
en que se casen puedan entregarse el uno al otro, algo realmente
bello: la alegría de un amor puro.
Pero, si llegaran
a cometer un error, les pido que no destruyan al niño, ayúdense
mutuamente a querer y a aceptar a ese niño que aún
no ha nacido. No lo maten, porque un error no se borra con un crimen.
La vida del fruto de ese amor pertenece a Dios, y ustedes tienen
que protegerla, amarla y cuidarla. Porque ese niño ha sido
creado a imagen y semejanza de Dios y es un regalo de Dios.
La vida de cada ser
humano, como que ha sido creación de Dios, es sagrada y de
infinito valor, porque El nos ha creado a todos nosotros, incluso
al niño recién concebido. La imagen de Dios está
en ese niño que aún no ha nacido.
Por eso, pienso que
aquellas naciones que destruyen la vida legalizando el aborto son
las más pobres, porque temen alimentar a un niño más
y, por eso, agregan un cruel asesinato más a este mundo.
En Calcuta tratamos
de combatir el aborto mediante la adopción. Me gustaría
abrir muchos de estos centros para niños en los países
que han aceptado el aborto. En los que tenemos por toda la India
nunca tuvimos que rechazar a ningún niño, y todos
están felices en sus nuevos hogares.
Es maravilloso pensar
que Dios ha creado a cada niño. Leemos en las Escrituras
que Dios nos dice: "Aún si una madre llegara a olvidar
a su hijo, yo no te olvidaré. Te llevo grabado en la palma
de mi mano. Eres valioso para mí. Y te he llamado por tu
nombre."
Estoy convencida
de que los gritos de los niños cuyas vidas han sido truncadas
antes de su nacimiento, hieren los oídos de Dios.
Muchos se manifiestan
preocupadísimos por los niños de la India o por los
de África, donde tantos mueren, sea por desnutrición,
hambre o lo que fuera. Pero hay millones deliberadamente eliminados
por el aborto.
Por eso elevo mi
voz en la India y en todas partes; hagamos que todo niño,
nacido o no, sea un niño deseado. El aborto va en contra
del mandamiento del amor.
Creo que si los países
ricos permiten el aborto, son los más pobres y necesitan
que recemos por ellos porque han legalizado el homicidio.
Jesús entregó
su vida por amor a nosotros. Así, una madre que está
pensando en abortar debería ser ayudada a amar; es decir,
a poner en segundo lugar sus proyectos y su tiempo libre, y a respetar
la vida de su hijo. También el padre del niño, quien
quiera que sea, debe mostrarse disponible.
Todo país
que acepta el aborto es porque su gente no ha aprendido a amar,
sino que recurre a la violencia para obtener lo que quiere.
Jesús dijo:
"El que recibe a un niño como éste en mi nombre,
a mí me recibe." Al adoptar un niño, esas parejas
reciben a Jesús; por el contrario, al abortar, rechazan a
Jesús.
Por favor no matéis
a los niños, yo los quiero. Con mucho gusto acepto todos
los niños que morirían a causa del aborto.
El aborto empobrece
a la gente desde el punto de vista espiritual; es la peor pobreza
y la más difícil de superar.
Cuando le dicen a
la Madre Teresa que hay demasiadas criaturas en la India, ella responde:
¿Piensa usted que hay demasiadas flores en el campo? ¿Demasiadas
estrellas en el cielo? Mire a esta niña, es portadora de
la vida; ¿no es una maravilla? ¿Cómo no quererla?
El aborto es un homicidio
en el vientre de la madre. Una criatura es un regalo de Dios. Si
no quieren a los niños, dénmelos a mí.
LA EUCARISTÍA
Cristo se convirtió
en el Pan de Vida porque comprendió la necesidad, el hambre
que teníamos de Dios. Y nosotros debemos comer este Pan y
la bondad de su amor para poder compartirlo.
La eucaristía
es el signo más tangible del amor de Dios por el hombre,
ya que renueva permanentemente su sacrificio por amor a nosotros.
Y es la Misa, nuestra oración diaria, el lugar donde nos
ofrecemos con y por Cristo para ser distribuidos entre los más
pobres de los pobres.
La eucaristía
es el misterio de nuestra unión profunda con Cristo.
LA ESPERANZA
Lo único que
Jesús nos pide en todo momento es que nos entreguemos absolutamente
a Él, que confiemos en Él plenamente, renunciando
a nuestros deseos para cumplir con el camino que nos va trazando.
No es necesario que
veamos claro si vamos progresando o no en el camino de la santidad.
Lo importante es ir caminando en el Señor.
El camino a la santidad
comienza dejándonos vaciar y transformar por el mismo Jesús,
para que Él llene nuestro corazón y podamos luego
dar de nuestra abundancia.
Buscándolo,
porque su conocimiento nos hará fuertes.
Amándolo sin
mirar atrás, sin temores, creyendo que sólo Jesús
es la vida.
Sirviéndolo,
rechazando y olvidando todo lo que nos atormenta, porque es Él
quien nos ayudará en el camino elegido. No estamos solos.
Confiemos en Él.
LA SOLIDARIDAD
Cada obra de amor,
llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará
acercar a la gente a Dios.
Dios siempre cuida
de sus criaturas, pero lo hace a través de los hombres. Si
alguna persona muere de hambre o pena, no es que Dios no la haya
cuidado; es porque nosotros no hicimos nada para ayudarla, no fuimos
instrumentos de su amor, no supimos reconocer a Cristo bajo la apariencia
de ese hombre desamparado, de ese niño abandonado.
No cierren las puertas
a los pobres; porque los pobres, los apestados, los caídos
en la vida, son como el mismo Jesús.
SER FIELES EN LAS COSAS PEQUEÑAS
Seamos fieles en
las cosas pequeñas, porque ahí estará nuestra
fortaleza. Miremos el ejemplo de la lámpara que arde con
el aporte de pequeñas gotitas de aceite, y sin embargo da
mucha luz. Las gotitas de aceite de nuestras lámparas son
las cosas pequeñas que realizamos diariamente: la fidelidad,
la puntualidad, las palabras bondadosas, las sonrisas, nuestra actitud
amorosa hacia los demás.
No hay nada que sea
pequeño a los ojos de Dios, y Él mismo se tomó
la molestia de hacerlas para enseñarnos cómo actuar.
Por eso se transformaron en infinitas.
Las tentaciones las
tenemos todos. Pero si Jesús es una realidad viviente en
mi vida, entonces ya no tengo miedo.
Somos pequeños
instrumentos, pero muchos pequeños instrumentos en las manos
de Dios pueden hacer milagros.
Yo soy el lápiz
de Dios. Un trozo de lápiz con el cual Él escribe
aquello que quiere.
Empieza transformando
todo lo que haces en algo bello para Dios.
CONOCERSE A SÍ MISMO
Nuestro examen de
conciencia es el espejo en el que vemos nuestros logros y nuestras
dificultades. Por eso debemos afrontarlo con sinceridad y amor.
No perdamos el tiempo mirando nuestras propias miserias; elevémonos
en la luz de Dios y busquemos la manera de hacer las cosas cada
vez mejor.
Conocerse a sí
mismo es muy importante para el amor, porque conocer a Dios trae
el amor, y conocernos a nosotros mismos, la humildad. Por eso los
santos pueden decir que se sienten grandes criminales, porque vieron
a Dios y se vieron a sí mismos, y notaron la terrible diferencia.
Las críticas
no son otra cosa que orgullo disimulado. Un alma sincera para consigo
misma nunca se rebajará a la crítica. La crítica
es el cáncer del corazón.
LA POBREZA DE ESPÍRITU
Dios no puede derramar
algo donde ya está todo lleno de otras cosas. Jesús
lo dijo: "No se puede servir a dos señores", refiriéndose
a Dios y al dinero.
La pobreza, el desprendimiento
de todo lo que nos ata y nos aleja de Dios, sea o no material, nos
deja "vacíos", para que Dios puede entrar plenamente
en nuestro corazón.
Las cosas deben ser
siempre un medio, nunca un fin en sí mismas.
::
Teresa de Calcuta: Un testimonio
del amor de Dios
|