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Homilía de Juan Pablo II en la Ceremonia de Beatificación
1. “El que
quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos”
(Mc 10, 44). Estas palabras de Jesús a los discípulos,
que acaban de resonar en esta Plaza, indican cuál es el camino
que conduce a la grandeza evangélica. Es el camino que Cristo
mismo recorrió hasta la Cruz; un itinerario de amor y de
servicio que va contra toda lógica humana. ¡Ser el
siervo de todos!
Por esta lógica
se dejó guiar la Madre Teresa de Calcuta, Fundadora de los
Misioneros y las Misioneras de la Caridad, que hoy tengo la alegría
de inscribir en el Catálogo de los Beatos. Estoy personalmente
agradecido a esta valerosa mujer, a quien siempre he sentido cerca
de mí. Imagen del Buen Samaritano, se acercaba a cualquier
lugar para servir a Cristo en los más pobres entre los pobres.
Ni los conflictos ni las guerras lograban detenerla.
De vez en cuando
venía a hablarme de sus experiencias en el servicio de los
valores evangélicos. Recuerdo, por ejemplo, cuando dijo al
recibir el premio Nobel de la Paz: “Si oís que alguna
mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, intentad convencerla
para que me traiga a ese niño. Yo lo amaré, viendo
en él el signo del amor de Dios” (Oslo, 10 de diciembre
de 1979).
2. ¿No es
significativo que su beatificación tenga lugar precisamente
en el día en que la Iglesia celebra la Jornada Misionera
Mundial? Con el testimonio de su vida, la Madre Teresa recuerda
a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a
través de la caridad, alimentada en la oración y en
la escucha de la palabra de Dios. Emblemática de este estilo
misionero es la imagen que refleja a la nueva Beata mientras sostiene,
con una mano, la de un niño y, con la otra, recorre la corona
del Rosario.
Contemplación
y acción, evangelización y promoción humana:
la Madre Teresa proclama el Evangelio con su vida entregada por
entero a los pobres, pero, al mismo tiempo, envuelta en la oración.
3. “Quien quiera
ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor” (Mc 10,
43). Con particular emoción recordamos hoy a la Madre Teresa,
una gran servidora de los pobres, de la Iglesia y del mundo entero.
Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio
humilde. Eligió ser no sólo la última, sino
la sierva de los últimos. Como una verdadera madre de los
pobres, se inclinó a los que sufrían diferentes formas
de pobreza. Su grandeza reside en su capacidad de dar sin importar
el coste, dar “hasta que duela”. Su vida fue una vida
radical y una valiente proclamación del Evangelio.
El grito de Jesús
en la cruz, “Tengo sed” (Jn 19, 28), expresando la profundidad
del deseo de Dios por el hombre, penetró el alma de la Madre
Teresa y halló tierra fértil en su corazón.
Saciar la sed de amor y de almas de Jesús, en unión
con María, la Madre de Jesús: esto se convirtió
en el objetivo de la existencia de la Madre Teresa y en la fuerza
que la sacó de sí misma y la llevó a recorrer
el mundo para trabajar por la salvación y la santificación
de los más pobres entre los pobres.
4. “Cuanto
hicisteis a uno de esos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 49). Este pasaje del
Evangelio, crucial para comprender el servicio de la Madre Teresa
a los pobres, era la base de su convicción llena de fe de
que al tocar los cuerpos rotos de los pobres estaba tocando el cuerpo
de Cristo. Era al propio Jesús, oculto bajo la dolorosa apariencia
de los más pobres entre los pobres, a quien se dirigía
su servicio. La Madre Teresa pone de relieve el significado más
profundo del servicio: un acto de amor hecho al que tiene hambre,
sed, al extranjero, al que está desnudo, al enfermo, al prisionero
(Cf. Mt 25, 34-36) se hace al propio Jesús.
Reconociéndole
a Él, ella se consagró con toda devoción, expresando
la delicadeza de su amor esponsal. De esta forma, en total donación
de sí misma a Dios y al prójimo, la Madre Teresa halló
su gran realización y vivió las más nobles
cualidades de su feminidad. Quiso ser un signo “del amor de
Dios, de la presencia de Dios, de la compasión de Dios”
y así recordó a todos el valor y la dignidad de cada
hijo de Dios, “creado para amar y ser amado”. Así
hizo la Madre Teresa, “llevando las almas a Dios y Dios a
las almas” y saciando la sed de Cristo, especialmente en aquellos
más necesitados, aquellos cuya visión de Dios había
quedado oscurecida por el sufrimiento y el dolor.
5. “El Hijo
del hombre ha venido para dar su propia vida en rescate de muchos”
(Mc 10, 45). La Madre Teresa participó en la pasión
del Crucificado, de forma especial durante largos años de
“oscuridad interior”. Fue aquella una prueba a veces
muy dolorosa, acogida como un singular “don y privilegio”.
En las horas más
oscuras se aferraba con mayor tenacidad a la oración ante
el Santísimo Sacramento. Este duro trabajo espiritual la
llevó a identificarse cada vez más con quienes servía
a diario, experimentando la tristeza y hasta el rechazo. Amaba repetir
que la mayor pobreza es no ser deseado, no tener a nadie que se
ocupe de uno.
6. “¡Danos,
Señor, tu gracia, y en Ti esperamos!”. Cuántas
veces, como el Salmista, también la Madre Teresa en los momentos
de desolación interior repitió a su Señor:
“¡En Ti, en Ti espero, Dios mío!”.
Nuestra admiración
a esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera
del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad. Honremos
en ella a una de las personalidades más relevantes de nuestra
época. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo.
Virgen María,
Reina de todos los Santos, ayúdanos a ser a ser mansos y
humildes de corazón como esta intrépida mensajera
del Amor. Ayúdanos a servir con la alegría y la sonrisa
a toda persona que encontremos. Ayúdanos a ser misioneros
de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Amén!
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Teresa de Calcuta: Un testimonio
del amor de Dios
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