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Discurso del Cardenal Angelo Sodano en los funerales
de la Madre Teresa de Calcuta
Desde el frío
ataúd, la querida Madre Teresa continúa hablándonos
y parece repetirnos las palabras del Señor: "¡Hay
mayor felicidad en dar que en recibir!". Éste es el
centro del Evangelio, el mensaje evangélico del amor de Dios
por nosotros, sus criaturas, y de nuestro amor por Él, un
amor que tiene que hacerse concreto y eficaz en nuestras relaciones
mutuas.
La Madre Teresa de
Calcuta había comprendido plenamente el Evangelio del amor.
Lo había comprendido con cada fibra de su espíritu
indomable y con toda la energía de su frágil cuerpo.
Lo ha practicado con todo su corazón y con el cansancio cotidiano
de sus manos. Superando las fronteras de las diferencias religiosas,
culturales y étnicas, ha enseñado al mundo esta lección
necesaria y benéfica.
Al final de un siglo
que ha vivido momentos terribles de oscuridad, la luz de la conciencia
no se ha apagado totalmente. La santidad, la bondad, la amabilidad,
el amor siguen siendo reconocidos cuando se manifiestan en la Historia.
El Santo Padre Juan Pablo II ha manifestado así lo que muchas
personas de toda condición han visto en esta mujer de fe
inquebrantable: su extraordinaria visión espiritual, su amor
generoso y atento por Jesús en cada individuo que encontraba,
su absoluto respeto por el valor de toda vida humana y su valentía
para afrontar tantos retos. Su Santidad, que conocía muy
bien a la Madre Teresa, desea transmitir su acción de gracias
a Dios por haber donado esta mujer a la Iglesia y al mundo.
La historia de la
vida de Madre Teresa no es sólo una mera aventura humanitaria,
como ella misma aclararía. Es una historia de fe bíblica.
Tan sólo puede explicarse como el anuncio de Jesucristo,
como -utilizando sus mismas palabras- un acto de «amor y servicio
a él en la imagen dolorosa de los más pobres de los
pobres, tanto espirituales como materiales, reconociendo en ellos
y restituyéndoles su imagen y semejanza con Dios».
Se ha dicho que la Madre Teresa habría podido hacer mucho
más para combatir las causas de la pobreza en el mundo. La
Madre Teresa era consciente de estas críticas.
Quizá se encogió
de hombros diciendo: «Mientras ustedes continúan discutiendo
sobre las causas y los motivos de la pobreza, yo me arrodillaré
ante los más pobres de los pobres y me preocuparé
de sus necesidades». A los mendigos, a los leprosos, a las
víctimas del SIDA no les hacen falta grandes debates y teorías,
lo que necesitan es amor. Quienes tienen hambre no pueden esperar
que el resto del mundo encuentre la solución perfecta, necesitan
solidaridad concreta. Los moribundos, los minusválidos, los
niños indefensos que todavía no han nacido no encuentran
apoyo en las ideologías utópicas que, particularmente
en los últimos doscientos años, han tratado de modelar
un mundo perfecto; lo que necesitan es una amorosa presencia humana
y una mano cariñosa.
La herencia espiritual
que nos deja la Madre Teresa está resumida en las palabras
de Jesús escritas en el Evangelio de Mateo: «En verdad
os digo, cada vez que hicisteis algo por uno de estos pequeños,
a mí me lo hicisteis». En el silencio, en la contemplación
y en la adoración ante el Tabernáculo ella aprendió
a ver el auténtico rostro de Dios en cada ser humano que
sufre. En la oración descubrió la verdad esencia que
sirve de fundamento para la doctrina social de la Iglesia y para
su obra religiosa y humanitaria en cada momento y en cada parte
del mundo: Jesucristo, la Palabra eterna hecha carne, el Redentor
de la humanidad, ha querido identificarse con cada persona, en particular,
con los pobres, los enfermos y los necesitados («a mí
me lo hicisteis»).
La Madre Teresa de
Calcuta ha encendido una llama de amor que sus hijas y sus hijos
espirituales, las Misioneras y los Misioneros de la Caridad, tienen
que mantener encendida. El mundo tiene gran necesidad de la luz
y del calor de esa llama. El homenaje que tributamos a la memoria
de esta humilde religiosa, a quien su amor por la India y por la
ciudad de Calcuta no le ha impedido convertirse en ciudadana del
mundo, será vano si nosotros -creyentes y hombres y mujeres
de buena voluntad de todas las partes del mundo- no continuamos
su labor donde ella se ha detenido. Los pobres están todavía
entre nosotros. Dado que ellos son el reflejo del Hijo Crucificado
de Dios, tienen que colocarse en el centro de nuestra atención
personal, de nuestra acción política y de nuestro
compromiso religioso…
El Santo Padre ha
recordado las siguientes palabras de la Madre Teresa: «El
fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor,
el fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz».
Comencemos a cambiar el mundo dirigiéndonos con una oración
humilde a Dios, Creador de todo lo que existe. ¡Renovémonos
en la fe!. ¡Que nuestro corazón se llene del auténtico
amor! Sólo cuando aprendamos a ver a los demás como
a nuestros hermanos y hermanas amados, independientemente de los
diferentes y lejanos que sean, la humanidad aprenderá las
sendas de la paz. En ese momento, sí que habremos hecho «algo
bueno por Dios».
Ojalá que,
al mismo tiempo que confiamos a nuestra hermana a la recompensa
celestial, todos aquellos que han admirado a esta mujer extraordinaria
se comprometan en la comprensión de la importante lección
que ha impartido al mundo, una lección que es también
el camino hacia nuestra felicidad humana: "Hay mayor felicidad
en dar que en recibir".
Querida Madre Teresa,
el dogma consolador de la comunión de los santos nos permite
sentirnos todavía más cercanos a ti. Toda la Iglesia
te agradece tu ejemplo luminoso y promete aprenderlo. En nombre
del Papa, te doy el último adiós y, en su nombre,
te doy gracias por todo lo que has por los pobres del mundo. Ellos
son los favoritos de Jesús. Y son también los favoritos
de nuestro Santo Padre, su vicario en la tierra. En su nombre, pongo
en tu ataúd la flor de nuestra más profunda gratitud».
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Teresa de Calcuta: Un testimonio
del amor de Dios
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