La Iglesia celebra el tiempo de Pascua,
que va desde el Domingo de Resurrección hasta
el final de Pentecostés -más o menos unos
50 días- como si fuera un solo día, el
Gran Día, anticipo del tiempo que no tendrá
fin. Este sentido del tiempo en la Pascua se hace especialmente
evidente en el tiempo conocido como la "Octava
de Pascua", los ocho primeros días del tiempo
pascual, en el que las antífonas repiten durante
toda la semana: "Hoy ha resucitado el Señor,
cantemos un himno al Señor nuestro Dios".
El huevo de Pascua tiene un origen
cristiano. En la llamada "Edad Media", el
huevo no sólo era visto como un alimento exquisito
y precioso -recuérdese que no existía
la producción en serie- sino que además
simbolizaba a Cristo: así como el huevo oculta
una vida que brotará, la tumba de Jesús
también oculta su futura resurrección.
En muchos países aún se conserva la tradición
de pintar y bendecir los huevos de gallina antes del
Domingo de Ramos, para luego comerlos el Domingo de
Pascua.
El conejo de Pascua es un símbolo
cristiano de la Resurrección. Su uso se remonta
a antiguos predicadores del norte europeo que veían
en la liebre un símbolo de la Ascensión
de Jesús y de cómo debe vivir el cristiano:
las fuertes patas trasera de la liebre le permiten ir
siempre hacia arriba con facilidad, mientras que sus
débiles patas traseras le dificultan el descenso.