II.
LA SOCIEDAD ANTE EL SIDA
22. ¿Es el SIDA una enfermedad específicamente
distinta de las hasta ahora conocidas?
El SIDA tiene muchos aspectos
comunes con otras enfermedades que han producido pánico
en la historia: carácter contagioso, resultado
fatal a largo plazo, extensión rápida
hasta constituir una verdadera pandemia. Pero junto
a estos caracteres, el SIDA tiene un elemento que hace
de esta dolencia algo específicamente distinto:
su transmisión va ligada a menudo a comportamientos
reprobados por la moral, como son el consumo de drogas,
la conducta homosexual y la promiscuidad sexual. Si
estableciéramos alguna comparación entre
el SIDA y alguna otra enfermedad reciente, la referencia
podría ser la sífilis antes del descubrimiento
de los antibióticos.
Por su carácter incurable,
al menos hoy por hoy, hay un aspecto del SIDA que lo
convierte en algo singular: por la responsabilidad moral
que puede suponer el haberlo contraído y el poderlo
transmitir a otras personas, se cae en la cuenta de
las consecuencias del ejercicio de la libertad. Además,
el SIDA plantea ante nuestra civilización dos
cuestiones adicionales, con una intensidad que hoy no
es en absoluto frecuente: por un lado, lo inevitable
de la muerte; por otro, las limitaciones de la ciencia
y de la técnica, que no tienen respuesta eficaz
para todo.
Por un comprensible mecanismo
psicológico, mientras existe posibilidad de curación
el hombre tiende a alejar de sí la perspectiva
de la muerte y basa su seguridad en la eficacia de la
ciencia y de la técnica. Pero el SIDA confronta
con la necesidad de admitir que la naturaleza plantea
límites morales: es propio de la verdad de la
libertad humana el asumir las consecuencias, a veces
irreparables, de los propios actos; la muerte es la
perspectiva vital de todos, y la ciencia y la técnica
no son la panacea que lo resuelva todo. De ahí
el pánico generalizado que el SIDA produce en
nuestros días, y que plantea la necesidad de
reflexionar sobre lo correcto o erróneo de algunos
elementos culturales que configuran la mentalidad contemporánea.
23. ¿Puede decirse, pues, que en el problema
del SIDA existe un aspecto que podríamos llamar
cultural?
Sí, por dos razones: la
primera es que, en las sociedades desarrolladas, la
enfermedad y la muerte se consideran como poco menos
que fracasos de los que hay que huir a todo trance,
y, en estas condiciones, se tiende a poner en la ciencia
y la técnica toda la esperanza; pero el SIDA
pone de manifiesto que eso no es suficiente: aunque
los avances científicos y técnicos ayuden
mucho a la calidad de vida y al bienestar social, tienen
unos límites y no pueden anular la responsabilidad
del hombre, que debe asumir las consecuencias de sus
actos.
La segunda razón es que,
al no conocerse para este mal un tratamiento curativo
médico eficaz, surge la idea de que sólo
puede ser combatido con medidas preventivas tendentes
a lograr cambios en la conducta personal; lo cual plantea
la cuestión de los valores éticos, es
decir, de los criterios últimos de lo que se
puede hacer y lo que no se debe hacer. Eso pone en cuestión
algunos prejuicios de la cultura moderna como un ejercicio
de la libertad sin restricciones ni valores, la irrelevancia
social de algunos comportamientos que se llaman privados,
etc.
En este sentido, el SIDA, además
de una enfermedad, produce un fenómeno cultural
que incita a la sociedad contemporánea a replantearse
todo un sistema de valores que algunos daban por supuestos.
Los criterios necesarios en materia de conductas preventivas
del SIDA parecen afectar así, de una forma peculiar,
a algunas de las consideradas libertades individuales.
24. ¿Cómo puede afectar a las
libertades individuales la prevención del SIDA?
Los que viven en sociedades desarrolladas
ya no están acostumbrados a imponerse auto-limitaciones
en su conducta ni siquiera para evitar poner en peligro
su vida o su salud, especialmente en lo que se suele
llamar libertad sexual. La auto-limitación en
las conductas personales como medida preventiva sólo
se acepta en materia de accidentes (seguros, cinturones
de seguridad, casco para motoristas, mineros o trabajadores
de la construcción, etc.), y en algunos comportamientos
muy concretos, como el hábito de fumar. Pero
en el caso del SIDA, el autocontrol en algunos comportamientos
con finalidad profiláctica -rechazo del consumo
de ciertas drogas y, sobre todo, de las prácticas
homosexuales o de la promiscuidad sexual- se considera
por algunos una intromisión inaceptable en la
autonomía del individuo.
25. ¿Por qué la exclusión
de conductas de riesgo se considera en unos casos como
una intromisión, y en otros, no?
Porque el consumo de drogas y
los comportamientos sexuales están considerados
por quienes participan de esta mentalidad como una manifestación
primigenia y absoluta de la libertad que define al hombre
y, por lo tanto, como esenciales a la autonomía
del individuo.
En consecuencia, esta mentalidad
dificulta una actitud coherente de lucha social contra
la transmisión del virus ligada al consumo de
drogas, ya que muchos legitiman el consumo privado aunque
sean partidarios de perseguir su tráfico.
En cuanto a la transmisión
por vía sexual, se tiende a negar que existan
criterios objetivos para juzgar que determinadas conductas
sexuales implican riesgos para la salud.
26. ¿Y no sería lógico
que la extensión del mal diera origen a un cambio
profundo en la mentalidad social, y que las conductas
de riesgo -como la promiscuidad sexual o el consumo
de drogas- fueran rechazadas mayoritariamente?
En efecto, así parece.
Pero la relación que se establece entre las "conductas
de riesgo" de contagio del SIDA y las libertades
individuales (como el ejercicio de la autodeterminación
en materia sexual), hacen que cualquier intervención
de los poderes públicos que tienda a reducir
la práctica de las primeras se considere una
extralimitación o, en su caso, una vulneración
de la neutralidad ética exigible -según
esta mentalidad- al Estado.
Este planteamiento de la cuestión
hace del SIDA una enfermedad que suscita problemas sociales
muy singulares y distintos de los que se producen con
otras enfermedades. El SIDA y toda la problemática
social y el debate que lleva consigo sólo puede
comprenderse en este peculiar contexto cultural en las
sociedades occidentales a finales del Siglo XX.
Además, las personas que
tienen conductas de riesgo tienden a centrar su vida
en dichas conductas y a desatender irresponsablemente
el riesgo que corren y en el que ponen a otros. Y hay
que considerar que se da un intervalo de tiempo frecuentemente
largo entre la contaminación por el virus y el
descubrimiento de la misma. Durante ese tiempo ha podido
infectar a muchas personas sin saberlo.
La peculiar epidemiología
del SIDA hace que sea una auténtica pesadilla
para la prevención, porque el período
desde que el paciente se infecta hasta que empiece a
ser contagioso es sólo de días, mientras
que el de incubación, antes de que se desarrollen
los síntomas (portador sano), dura unos 10 años.
27. ¿Cuáles son las características
principales de este contexto cultural en relación
con el SIDA?
Entre los años 60 y 70
se desarrolla en esas sociedades (y, como eco, en muchas
otras) la denominada "revolución sexual".
Su idea central es la separación radical de los
conceptos de amor conyugal y sexualidad humana, de sexualidad
y procreación. Se piensa, erróneamente,
en una libertad separada de todas las tendencias naturales,
de modo que el cuerpo humano no tendría un valor
moral propio, sino que el hombre sólo sería
libre cuando reelabora el significado de tales tendencias
según sus preferencias, imponiendo sobre las
leyes de la naturaleza su propio arbitrio. Eliminado
el aspecto procreativo, propio de la verdad moral del
amor conyugal y de la biología y naturaleza sexual,
su verdad completa queda falseada, como ocurriría
si se redujese el amor sexual al mero aspecto reproductor.
De esta manera, la homosexualidad o la promiscuidad
sexual pasan a constituir opciones alternativas equiparables
al ejercicio de la sexualidad en el matrimonio, en lugar
de ser conductas contrarias a las leyes de la sexualidad
humana.
Este modo de pensar elimina la
diferencia moral entre actos naturales, conformes con
la dignidad de la persona humana, y actos no naturales,
contrarios a esa dignidad y a la naturaleza del ser
humano. Elimina, en consecuencia, toda referencia ética
acerca de cualquier conducta sexual, de forma que ya
no es posible establecer ninguna distinción entre
lo que está bien y lo que está mal en
esta materia.
En estas condiciones, al legitimar
cualquier conducta sólo por responder a la libertad
entendida como mera ausencia de restricciones, la sociedad
se auto-desarma, porque ha renunciado a las claves que
permiten hacer un juicio sobre la ética de las
conductas personales, y queda paralizada a la hora de
luchar contra la raíz moral de lo que ya es una
verdadera pandemia, porque sólo puede actuar
contra algunas de sus manifestaciones periféricas.
Este desarme moral de la sociedad se traduce en la impotencia
de los poderes públicos para actuar. El resultado
inevitable de esta situación es que la infección
no cesa de extenderse.
28. Y la drogadicción, ¿también
es un fenómeno propio del contexto cultural de
nuestro tiempo?
Aunque el consumo de sustancias
estupefacientes o alucinógenas viene de muy atrás
y formó parte de los usos de algunas antiguas
civilizaciones (orientales e indígenas americanas,
principalmente), los fundamentos culturales de su uso
en nuestros días y en países económicamente
desarrollados no provienen de aquellos tiempos remotos,
sino que se insertan en el marco que acabamos de considerar.
Pretender erróneamente afirmar la propia libertad
frente a toda tendencia natural, junto a una mentalidad
según la cual sentirse bien y triunfar en las
situaciones más competitivas son los principales
objetivos de la vida, constituyen el caldo de cultivo
para la extensión de la drogadicción.
Debido a las consecuencias económicas
y sociales que acarrea la drogadicción (puerta
de muchos delitos, degradación física
y psicológica de los adictos, graves problemas
familiares, etc.), los poderes públicos encuentran
más apoyo social para luchar contra este fenómeno,
y lo hacen con más intensidad que contra los
efectos socialmente perniciosos de la irresponsabilidad
sexual; pero, al igual que en este caso, sólo
lo hacen por sus consecuencias y en algunos aspectos
circunstanciales, no contra sus causas profundas, que,
como queda dicho, son efecto de este clima social proclive
a considerar cualquier actitud ante la vida como opción
alternativa, tan respetable como cualquier otra.
Hay que tener en cuenta, sin embargo,
que la drogadicción, por sí misma, no
es un vehículo de transmisión del SIDA,
sino que lo es sólo el intercambio de jeringuillas
en el uso de drogas administradas por vía endovenosa.
Pero en la medida en que se extiende este tipo de drogas,
aumenta sin remedio también el riesgo de contagio.
29. Entonces, ¿cómo se combate
socialmente el SIDA en la actualidad?
Se combate, o, mejor dicho, se
pretende combatir, desde un modelo que podría
calificarse de ideológico, que se inspira básicamente
en una supuesta neutralidad absoluta del Estado en todo
lo concerniente a las conductas privadas de los individuos,
por funestas que sean socialmente sus consecuencias.
Y cuando éstas se dejan sentir visible y dramáticamente,
los poderes públicos no pueden con facilidad
e incluso no quieren, volverse atrás en la ideológica
aceptación igualitaria de todos los comportamientos
en la sociedad. Aun conociéndose claramente y
sin lugar a dudas las conductas de riesgo que deberían
desterrarse para evitar la transmisión del virus
(drogadicción, promiscuidad sexual), los gobernantes
se limitan a recomendar estrategias o técnicas
que permitan continuar con esos hábitos, pero
con menor riesgo: por ejemplo, no intercambiar jeringuillas
o utilizar preservativos.
30. Y esto, ¿es suficiente, o no lo es?
Es por completo insuficiente,
porque de esta manera se intenta poner una especie de
remiendo al problema que, sin embargo, no se resuelve
en verdad. Además, es gravemente peligroso para
la sociedad, como se encarga de demostrarlo la pura
estadística, que acredita que después
de las campañas masivas y las inversiones crecientes
de fondos públicos que conocemos, no cesa de
aumentar el número de personas infectadas. Y
quizás no es exagerado decir que este modo de
concebir la lucha contra el SIDA es responsable, en
buena medida, de la expansión de la epidemia.
31. ¿Significa todo esto que la sociedad
tendría que considerar necesaria no sólo
la prevención de los efectos, sino también
de las conductas o los comportamientos irregulares que
dan origen a la expansión del SIDA?
Así debería ser
en buena lógica. Pero la conexión que
fácilmente surge entre conductas de riesgo y
comportamientos considerados tradicionalmente como inmorales
en virtud de convicciones religiosas, hace que cualesquiera
medidas de censura social o legislativa respecto de
estas conductas sean interpretadas en nuestro presente
contexto cultural como la imposición de una moral
o una religión particular y, en consecuencia,
como un intento de regreso a épocas inquisitoriales
o de defensa de fundamentalismos ideológicos
intransigentes.
32. ¿Y es correcta esta forma de enfocar la prevención
del SIDA?
No, porque decir que ciertas conductas
relacionadas con el sexo o las drogas suponen un riesgo
para la vida no es una afirmación moral o religiosa,
sino la constatación de algo evidente. El hecho
de que esta constatación coincida con los planteamientos
morales de determinadas religiones sólo significa
que éstas son muy congruentes con la verdadera
naturaleza de las cosas. Por lo tanto, cuando la sociedad
o los poderes públicos actúan frente a
dichas conductas teniendo presente la evidencia, no
se están plegando a ninguna imposición
religiosa, sino que, al tomar decisiones, se limitan
a respetar la realidad.
Por sorprendente o absurdo que
pueda parecer, en muchas de las polémicas sobre
la prevención del SIDA no subyace otra cosa que
la obstinación en el error de negar la evidencia
de los datos, ya que éstos van contra algunos
arraigados prejuicios de la sociedad actual.
33. Entonces, ¿es inevitable que el SIDA
siga propagándose más y más, al
menos en las sociedades que viven con este sistema de
valores?
No lo es, pero es difícil
evitarlo mientras no se cambie toda esta mentalidad:
una enfermedad que se difunde a través de comportamientos.
Así ocurre con los drogadictos, para quienes
el SIDA es una amenaza a lo que ellos consideran un
estilo de vida alternativo. También es el caso
de algunos homosexuales, que ven en toda medida de profilaxis
un ataque a sus pretensiones de conferir a sus relaciones
el valor de una relación heterosexual o, incluso,
el del mismo matrimonio.
34. ¿Cuál podría ser entonces un
enfoque correcto de la lucha social contra el SIDA?
De entrada, además de combatir
científica, clínica y humanamente la enfermedad,
es preciso aceptar, como un hecho, que en la gran mayoría
de casos existe una interdependencia entre infección
por el virus del SIDA y determinados comportamientos
o estilos de vida. Todos los ciudadanos deben sentirse
implicados en la prevención de esta grave pandemia.
Y especialmente los grupos y personas considerados de
mayor riesgo de poder ser infectados.
35. ¿Se puede concretar la prevención
social contra el SIDA?
Hay dos tipos de prevención,
que deberían conjugarse armónicamente.
Por una parte, la que podríamos llamar prevención
primaria fundamental, orientada a prevenir el arraigo
de la enfermedad, que debe inspirarse en una visión
de la sexualidad humana acorde con el bien integral
de la persona y que incluye:
a) la educación y formación
de las virtudes, sobre todo en la adolescencia, en la
integración de la dimensión sexual en
el conjunto de la personalidad; y
b) la evitación de riesgos
para la propia salud y para la propia vida.
Esta visión, necesariamente,
ha de rechazar cualquier teórica neutralidad
frente al valor ético y las implicaciones sociales
de las distintas conductas de la persona. Esta es la
prevención social básica del problema
del SIDA, la más descuidada por los poderes públicos
en nuestros días.
Hay después un procedimiento
de reducción del daño: se trata de una
posición médico-epidemiológica
que, sin recusar la bondad y la lógica de la
prevención primaria, sostiene que en situaciones
muy concretas de inminente contagio y cuando sean ineficaces
los planteamientos de autodominio, se pueden utilizar
medios que, aun no modificando los comportamientos desordenados,
y persistiendo el riesgo, puedan al menos disminuir
sus efectos.
36. ¿Se podría concretar más
la prevención primaria fundamental del SIDA?
Una prevención primaria
debe abordar dos tipos de medidas. Unas primeras, orientadas
a los grupos de riesgo, pero ampliables a toda la población,
que informen de forma correcta e integral acerca de
las causas del SIDA y de las circunstancias que lo promueven
y difunden. Esta información ha de ser veraz
y real, lo que exige no reducirla ni manipularla con
la intención de defender los tabúes y
los mitos ideológicos de la revolución
sexual. Por tanto, en estas campañas informativas
debe decirse que, salvo en los casos accidentales (transfusión
de sangre contaminada, por ejemplo) o en la transmisión
del virus de la madre al hijo aún no nacido,
el SIDA es una enfermedad que se adquiere a la carta,
por así decirlo, ya que es seguro que no se va
a contraer si se ponen los medios adecuados para impedir
el contagio.
Pasó, afortunadamente,
el tiempo en que en algunas sociedades desarrolladas,
concretamente la española, se consideraba el
consumo de drogas (especialmente las erróneamente
llamadas blandas) como algo inocuo. Pero debe insistirse
en que la mejor manera de prevenir el SIDA es, en relación
con la conducta sexual, el ejercicio de la abstinencia
y mantener relaciones íntimas sólo en
el seno del matrimonio con persona no infectada.
El segundo tipo de medidas se
orienta a la educación -especialmente de los
adolescentes- acerca de la dimensión sexual de
la persona, que se base en una visión de esta
realidad integrada en el conjunto de la personalidad,
y no en la supeditación de la persona a su faceta
sexual. De este modo será posible acercarse al
fondo de una de las principales causas detonantes del
SIDA, que es la infra-cultura de la promiscuidad sexual.
Se trata de fomentar estilos de vida sanos, acordes
con la integración moral de las dimensiones físicas
y psíquicas de la persona humana, donde se destaque
el sentido de la sexualidad y su significado en el marco
de la vida conyugal, y donde se evidencie toda la tragedia
humana que puede estar detrás de unos comportamientos
frívolos aparentemente lúdicos (que suelen
promoverse entre los más jóvenes) que
pueden conducir a la promiscuidad sexual y a la droga
y, por medio del SIDA, a la frustración y a la
muerte.
37. Pero esto, ¿no significa entrometerse
en la vida privada de los individuos?
Ciertamente, no. Lo que significa
es asumir la responsabilidad social de frenar el arraigo
de conductas o modos de vida que ponen en peligro grave
la salud de un gran número de ciudadanos. La
expansión creciente del SIDA por vía heterosexual,
en nuestro ámbito, es un importante argumento
que debe ser invocado para la protección de ese
bien que es la vida de los ciudadanos, que se pone en
riesgo en la medida en que se avalan estilos de vida
que aumentan las situaciones de riesgo.
38. ¿Tienen los educadores una responsabilidad
en la lucha contra el SIDA?
Indudablemente. La educación
para vivir de forma serena y alegre la realidad sin
recurrir a las drogas y la sexualidad propia en la preparación
para el amor responsable, es el único camino
para la plena madurez personal. En el camino desviado,
en la falsa información, en la ilusión
de "paraísos artificiales" o de un
falso "sexo seguro", está la amenaza
del SIDA, de la drogadicción, de otras enfermedades
de transmisión sexual y en muchos casos la realidad
de la muerte.
39. ¿Cuáles son los valores educativos
que deberían promoverse como primer frente ante
la expansión del SIDA?
Como queda dicho, el primer medio
de prevención educativa es transmitir a los más
jóvenes la noción de que es necesaria
una vida sexual ordenada, cuya expresión neta
se encuentra en la monogamia acompañada de la
fidelidad conyugal. Es imposible realizar una campaña
honrada de prevención del SIDA sin destacar este
aspecto.
Respecto a la drogadicción,
vehículo del SIDA en gran parte de nuestros enfermos,
es necesario dar a conocer claramente que no hay drogas
duras y drogas blandas; que evadirse de la realidad,
por dura que ésta sea, mediante la creación
de "paraísos artificiales" y la provocación
de alucinaciones, da una mínima expectativa de
éxito y felicidad personal, mucho menos cuando
se procura con sustancias que crean adicción
y destruyen, tarde o temprano, al hombre.
Para que esta tarea educativa
sea de utilidad, se precisa la participación
de todos los sectores implicados en esta toma de conciencia,
y todos deben tener una clara voluntad de resolución
del problema por encima de ideologías o conveniencias
políticas o económicas coyunturales.
La educación ha de enseñar
a vivir bien, moral y físicamente. Hay que enseñar
a decir "no" a lo que destruye. Es imprescindible
educar la voluntad y la libertad mediante el autodominio
y la motivación.
40. ¿Por qué esa responsabilidad
educativa recae sobre todos los sectores de la sociedad?
¿No es primariamente responsabilidad de los poderes
públicos?
En modo alguno. Esta responsabilidad
afecta, desde luego, a los poderes públicos,
pero recae con más gravedad en los padres, y
también en los educadores, los amigos, los vecinos
y los medios de comunicación. Una sociedad libre
y pluralista no es sinónimo de una sociedad neutra
que carezca de convicciones, sino un marco estructurado
que permita la convivencia dinámica, con ciertos
valores éticos compartidos por todos, que reclame
una actitud de compromiso con los valores propios que
cada grupo social desee que se mantengan vivos en la
sociedad. Esto afecta gravemente a los padres, y les
exige asumir la responsabilidad de transmitir a sus
hijos, en el calor del hogar, los grandes principios
de la vida moral. Uno muy importante, que no se debería
soslayar, es una educación orientada a una cultura
de la vida capaz de superar la contra-cultura de muerte,
en la cual prolifera el uso de las drogas y el desorden
de la sexualidad y de la afectividad. Esto requiere,
en conciencia, una propia reflexión acerca del
significado integral de la sexualidad en la vida conyugal.
Exige la adquisición de una experiencia pedagógica
que haga asequible y eficaz la transmisión de
estos valores. Y exige, finalmente, una inteligente
actitud, a través de los años, para corregir
en los hijos los influjos negativos de otros valores
u otros significados de la sexualidad latentes en determinadas
épocas en la sociedad.
La familia es la principal escuela
para la vida, pero también lo son los distintos
ambientes en que crecen los niños y adolescentes.
Los centros docentes, las amistades, los medios de comunicación
(singularmente, por su capacidad de penetración,
la televisión), deben estar en sintonía
con esos valores básicos -que no excluyen de
ninguna manera el pluralismo- para lograr una sociedad
sana, física y moralmente.
41. ¿Tienen los medios de comunicación
una responsabilidad especial en la lucha contra el SIDA?
Sí, como la tienen también
en tantos otros órdenes de la vida. Los medios
de comunicación forman parte de un mecanismo
bien conocido de interacción social: reflejan
la sociedad en la que viven, pero también contribuyen
a darle forma. Lo que aparece en los medios es la crónica
de las cosas que pasan, pero también, se quiera
o no, tiene un valor pedagógico, y aun ejemplar,
para el público. Los responsables de los medios
de comunicación no pueden, si son consecuentes,
ignorar esta capacidad de influencia, sobre todo en
la configuración del sistema de valores socialmente
aceptados, si ese sistema incide en la aceptación
social de conductas que favorecen la extensión
del SIDA.
Si el público percibe por
los medios de comunicación que las prácticas
homosexuales, la drogadicción, la promiscuidad
sexual, la trivialización de la palabra dada
en el matrimonio, son comportamientos al menos tan respetables
como sus contrarios, carecerán de todo valor
y de toda autoridad las campañas seudo-moralizantes
que desde esos medios se organicen contra el SIDA, porque
igualmente será perceptible que hay una actitud
radicalmente incoherente cuando se lucha contra las
consecuencias, pero no se influye adecuadamente en las
conductas de riesgo que causan la propagación
del mal.
Cosa distinta de la lucha contra
el SIDA y sus causas, es la actitud de ayuda, de acogida
y solidaridad que hay que tener respecto de las personas
que padecen la enfermedad; actitud que se ha de transmitir
desde los medios de comunicación, como también
desde la familia o la escuela.
42. ¿Cómo debe entenderse el papel
de la sociedad ante los enfermos de SIDA?
Ante los enfermos de SIDA el papel
de la sociedad, de sus instituciones y de cada una de
las personas concretas que la integramos, sólo
puede ser el que se adopta con un enfermo: de solidaridad,
acogida y ayuda. Los enfermos de SIDA tienen los mismos
derechos humanos que los sanos. Y, uno más: el
de -precisamente por ser enfermos- ser acogidos y ser
beneficiarios de la solidaridad de los demás,
lo que conlleva el esfuerzo correspondiente de todas
las instituciones sociales y los poderes públicos.
Rechazar a los enfermos de SIDA, por ser tales, en la
escuela, en el mundo laboral, en la función pública
o en las instituciones sociales, es inhumano e injusto.
La sociedad está obligada positivamente, como
respecto de cualesquiera otros de sus miembros dolientes
o enfermos, a arbitrar los medios a su alcance para
hacerles la vida lo más llevadera posible. En
contrapartida, la sociedad tiene derecho a exigir de
los enfermos de SIDA que eviten los riesgos de transmisión
de esta enfermedad. Sólo si voluntariamente alguien
se negase a poner los medios adecuados para evitar que
por su culpa otras personas puedan ser contagiadas,
cabría legitimar moralmente una conducta proporcional
de rechazo o limitación de los derechos de estas
personas. La solidaridad debe poner también los
medios económicos para la investigación
que permita obtener tratamientos, para crear centros
de acogida u hospitales cuando la enfermedad llega a
su fase terminal, etc.
43. ¿Se pueden enunciar algunas actitudes
concretas en esa actitud de solidaridad social con las
personas enfermas de SIDA?
Sí. Además de las
exigibles con todos los seres humanos cuya enfermedad
les condiciona la vida, pueden enunciarse éstas:
la primera, ayudar a las estructuras sanitarias, demandando
de los poderes públicos una respuesta justa y
generosa, y reclamando programas de prevención
integrales que respeten la dignidad humana. La segunda,
contribuir a movilizar los recursos suficientes para
ayudar a las iniciativas que la sociedad promueva libremente
para el cuidado de estos enfermos. Un camino concreto
es ayudar económicamente a los dispensarios,
servicios clínicos y casas de salud para enfermos
de SIDA promovidas por la generosidad de personas particulares
o instituciones, como la Iglesia. Otra, tutelar siempre
que sea posible, a nivel personal, la dignidad de los
seropositivos de forma que se eviten fenómenos
de marginación de cualquier naturaleza, en el
uso de los servicios públicos, en el acceso al
empleo, en el trabajo, en las escuelas, etc.
44. ¿Qué añadir respecto
al caso de tener que convivir con un enfermo de SIDA
en la familia?
El ámbito primigenio de
acogida y solidaridad es la familia, que debe estar
muy especialmente al servicio de esta misión.
Esta obligación de solidaridad, que, por desgracia,
desaparece en algunos sectores de nuestra sociedad al
socaire de los prejuicios y los miedos existentes frente
al SIDA, es una exigencia inmediata de justicia que
en conciencia nos obliga a todos.
En el ambiente familiar, el estado
de enfermedad no disminuye, sino que acrecienta el deber
de asistencia y de solidaridad con el enfermo, porque,
por su propia naturaleza, está ligado a la mutua
ayuda que caracteriza a la comunidad familiar. Si acaso
se añade el deber que la sociedad y las instituciones
tienen de facilitar y de sostener a las familias en
el cumplimiento de esta tarea con todas las medidas
económicas y sanitarias adecuadas, que les permita
enfrentarse a tan acentuada dificultad. Pero la obligación
(obligación de amor) de cuidar a los enfermos
de SIDA o de convivir con los seropositivos implica
recíprocamente el deber de éstos de no
dañar, en el mismo ámbito, la salud del
cónyuge, de los hijos o de otros familiares,
y por tanto de cumplir rigurosamente con las lógicas
precauciones a fin de evitar el contagio.
45. ¿Y en relación con la presencia
de niños seropositivos conviviendo con niños
sanos en las escuelas?
En la medida en que existe la
prueba fehaciente de que la mera convivencia no implica
riesgo de transmisión del virus -siempre que
se tomen las elementales medidas cautelares, necesarias
y razonables-, no existe razón alguna para que
los padres de niños sanos rechacen la presencia
en la escuela de niños seropositivos. Esta actitud
hostil, si se produjese en las condiciones mencionadas,
sería una manifestación de discriminación
injusta, de rechazo hacia niños inocentes y,
por lo tanto, no se puede justificar. Rechazar la presencia
en la escuela de niños seropositivos es una discriminación
injusta, una manifestación de insolidaridad y
un atentado a la dignidad de estos niños.
Lo mismo se puede decir
de los ámbitos laborales o de la función
pública, donde convivan personas seropositivas
con otras que no lo sean. Mientras no exista una activa
y voluntaria creación de situaciones de riesgo
o ésta dimane de la naturaleza de la convivencia,
discriminar a los enfermos será un acto de injusticia,
inhumano e inadmisible.
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