|
26 de Mayo
San Felipe
Neri, Sacerdote Fundador
San Felipe nació
en Florencia, Italia, en 1515. Su padre se llamaba Francisco Neri.
Desde pequeño demostraba tal alegría y tan grande
bondad, que la gente lo llamaba "Felipín el bueno".
En su juventud dejó fama de amabilidad y alegría entre
sus compañeros y amigos.
Habiendo quedado
huérfano de madre, lo envió su padre a casa de un
tío muy rico, el cual planeaba dejarlo heredero de todos
sus bienes. Pero allá Felipe se dio cuenta de que las riquezas
le podían impedir el dedicarse a Dios, y un día tuvo
lo que él llamó su primera "conversión".
Y consistió en que se alejó de la casa del riquísimo
tío y se fue para Roma llevando únicamente la ropa
que llevaba puesta. En adelante quería confiar solamente
en Dios y no en riquezas o familiares pudientes.
Al llegar a Roma
se hospedó en casa de un paisano suyo de Florencia, el cual
le cedió una piecita debajo de una escalera y se comprometió
a ofrecerle una comida al día si él les daba clases
a sus hijos. La habitación de Felipe no tenía sino
la cama y una sencilla mesa. Su alimentación consistía
en una sola comida al día: un pan, un vaso de agua y unas
aceitunas. El propietario de la casa, declaraba que desde que Felipe
les daba clases a sus hijos, estos se comportaban como ángeles.
Los dos primeros
años Felipe se ocupaba casi únicamente en leer, rezar,
hacer penitencia y meditar. Por otros tres años estuvo haciendo
estudios de filosofía y de teología.
Pero luego por inspiración
de Dios se dedicó por completo a enseñar catecismo
a las gentes pobres. Roma estaba en un estado de ignorancia religiosa
espantable y la corrupción de costumbres era impresionante.
Por 40 años Felipe será el mejor catequista de Roma
y logrará transformar la ciudad.
Felipe había
recibido de Dios el don de la alegría y de amabilidad. Como
era tan simpático en su modo de tratar a la gente, fácilmente
se hacía amigo de obreros, de empleados, de vendedores y
niños de la calle y empezaba a hablarles del alma, de Dios
y de la salvación. Una de sus preguntas más frecuentes
era esta: "amigo ¿y cuándo vamos a empezar a
volvernos mejores?". Si la persona le demostraba buena voluntad,
le explicaba los modos más fáciles para llegar a ser
más piadosos y para comenzar a portarse como Dios quiere.
A aquellas personas
que le demostraban mayores deseos de progresar en santidad, las
llevaba de vez en cuando a atender enfermos en hospitales de caridad,
que en ese tiempo eran pobrísimos y muy abandonados y necesitados
de todo.
Otra de sus prácticas era llevar a las personas que deseaban
empezar una vida nueva, a visitar en devota procesión los
siete templos principales de Roma y en cada uno dedicarse un buen
rato a orar y meditar. Y así con la caridad para los pobres
y con la oración lograba transformar a muchísima gente.
Desde la mañana
hasta el anochecer estaba enseñando catecismo a los niños,
visitando y atendiendo enfermos en los hospitales, y llevando grupos
de gentes a las iglesias a rezar y meditar. Pero al anochecer se
retiraba a algún sitio solitario a orar y a meditar en lo
que Dios ha hecho por nosotros. Muchas veces pasó la noche
entera rezando. Le encantaba irse a rezar en las puertas de los
templos o en las catacumbas o grandes cuevas subterráneas
de Roma donde están encerrados los antiguos mártires.
Lo que más pedía Felipe al cielo era que se le concediera
un gran amor hacia Dios. Y la vigilia de la fiesta de Pentecostés,
estando aquella noche rezando con gran fe, pidiendo a Dios el poder
amarlo con todo su corazón, éste se creció
y se le saltaron dos costillas. Felipe entusiasmado y casi muerto
de la emoción exclamaba: "¡Basta Señor,
basta! ¡Que me vas a matar de tanta alegría!".
En adelante nuestro santo experimentaba tan grandes accesos de amor
a Dios que todo su cuerpo de estremecía, y en pleno invierno
tenía que abrir su camisa y descubrirse el pecho para mitigar
un poco el fuego de amor que sentía hacia Nuestro Señor.
Cuando lo fueron a enterrar notaron que tenía dos costillas
saltadas y que estas se habían arqueado para darle puesto
a su corazón que se había ensanchado notablemente.
En 1458 fundó
con los más fervorosos de sus seguidores una cofradía
o hermandad para socorrer a los pobres y para dedicarse a orar y
meditar. Con ellos fundó un gran hospital llamado "De
la Santísima Trinidad y los peregrinos", y allá
durante el Año del Jubileo en 1757, atendieron a 145,000
peregrinos. Con las gentes que lo seguían fue propagando
por toda Roma la costumbre de las "40 horas", que consistía
en colocar en el altar principal de cada templo la Santa Hostia,
bien visible, y dedicarse durante 40 horas a adorar a Cristo Sacramentado,
turnándose las personas devotas en esta adoración.
A los 34 años
todavía era un simple seglar. Pero a su confesor le pareció
que haría inmenso bien si se ordenaba de sacerdote y como
había hecho ya los estudios necesarios, aunque él
se sentía totalmente indigno, fue ordenado de sacerdote,
en el año 1551.
Y apareció
entonces en Felipe otro carisma o regalo generoso de Dios: su gran
don de saber confesar muy bien. Ahora pasaba horas y horas en el
confesionario y sus penitentes de todas las clases sociales cambiaban
como por milagro. Leía en las conciencias los pecados más
ocultos y obtenía impresionantes conversiones. Con grupos
de personas que se habían confesado con él, se iba
a las iglesias en procesión a orar, como penitencia por los
pecados y a escuchar predicaciones. Así la conversión
era más completa.
San Felipe quería
irse de misionero al Asia pero su director espiritual le dijo que
debía dedicarse a misionar en Roma. Entonces se reunió
con un grupo de sacerdotes y formó una asociación
llamada el "Oratorio", porque hacían sonar una
campana para llamar a las gentes a que llegaran a orar. El santo
les redactó a sus sacerdotes un sencillo reglamento y así
nació la comunidad religiosa llamada de Padres Oratorianos
o Filipenses. Esta congregación fue aprobada por el Papa
en 1575 y ayudada por San Carlos Borromeo.
San Felipe tuvo siempre
en don de la alegría. Donde quiera que él llegaba
se formaba un ambiente de fiesta y buen humor. Y a veces para ocultar
los dones y cualidades sobrenaturales que había recibido
del cielo, se hacía el medio payaso y hasta exageraba un
poco sus chistes y chanzas. Las gentes se reían de buena
gana y aunque a algunos muy seriotes les parecía que él
debería ser un poco más serio, el santo lograba así
que no lo tuvieran en fama de ser gran santo (aunque sí lo
era de verdad).
En su casa de Roma
reunía centenares de niños desamparados para educarlos
y volverlos buenos cristianos. Estos muchachos hacían un
ruido ensordecedor, y algunos educadores los regañaban fuertemente.
Pero San Felipe les decía: "Haced todo el ruido que
queráis, que a mí lo único que me interesa
es que no ofendáis a Nuestro Señor. Lo importante
es que no pequéis. Lo demás no me disgusta".
Esta frase la repetirá después un gran imitador suyo,
San Juan Bosco.
Una vez tuvo un ataque
fortísimo de vesícula. El médico vino a hacerle
un tratamiento, pero de pronto el santo exclamó: "Por
favor háganse a un lado que ha venido Nuestra Señora
la Virgen María a curarme". Y quedó sanado inmediatamente.
A varios enfermos los curó al imponerles las manos. A muchos
les anunció lo que les iba a suceder en el futuro. En la
oración le venían los éxtasis y se quedaba
sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Muchas
personas vieron que su rostro se llenaba de luces y resplandores
mientras rezaba o mientras celebraba la Santa Misa. Y a pesar de
todo esto se mantenía inmensamente humilde y se consideraba
el último de todos y el más indigno pecador.
Los últimos
años los dedicó a dar dirección espiritual.
El Espíritu Santo le concedió el don de saber aconsejar
muy bien, y aunque estaba muy débil de salud y no podía
salir de su cuarto, por allí pasaban todos los días
numerosas personas. Los Cardenales de Roma, obispos, sacerdotes,
monjas, obreros, estudiantes, ricos y pobres, jóvenes y viejos,
todos querían pedirle un sabio consejo y volvían a
sus casas llenos de paz y de deseos de ser mejores. Decían
que toda Roma pasaba por su habitación.
Empezó a sentir tales fervores y tan grandes éxtasis
en la Santa Misa, después de la consagración, que
el que le acolitaba, se iba después de la elevación
y volvía dos horas después y alcanzaba a llegar para
el final de la misa.
El 25 de mayo de
1595 su médico lo vio tan extraordinariamente contento que
le dijo: "Padre, jamás lo había encontrado tan
alegre", y él le respondió: "Me alegré
cuando me dijeron: vayamos a la casa del Señor". A la
media noche le dio un ataque y levantando la mano para bendecir
a sus sacerdotes que lo rodeaban, expiró dulcemente. Tenía
80 años.
Fue declarado santo
en el año 1622 y en Roma lo consideraron como a su mejor
catequista y director espiritual.
|