Mensaje
del Santo Padre Juan Pablo II con motivo del 125 aniversario
del Santuario de la Virgen de Pompeya
Al venerado hermano
Francesco Saverio Toppi, o.f.m.cap.
Arzobispo delegado pontificio
1. La Iglesia que
está en Pompeya, durante el gran jubileo del
año 2000 se alegrará por un ulterior don
de gracia. En efecto, el próximo 13 de noviembre
se conmemora el 125° aniversario de la llegada del
cuadro de la Virgen del Rosario. Esta "visita"
de María ha cambiado el rostro espiritual y civil
de Pompeya, que desde 1875 se ha ido transformando cada
vez más en ciudadela de oración, centro
de irradiación del Evangelio, lugar de innumerables
gracias y conversiones, foco de piedad mariana al que
se mira desde todo el mundo.
Al unirme espiritualmente
a la comunidad eclesial pompeyana en esta feliz circunstancia,
deseo dar gracias al Señor por los dones con
los cuales la ha enriquecido, implorando, por intercesión
de la Virgen santísima, especiales favores celestiales
sobre usted, venerado hermano, y sobre cuantos están
encomendados a su cuidado pastoral.
2. El gran jubileo
y vuestra especial conmemoración están
relacionados y ofrecen particulares motivos de reflexión
y acción de gracias. El Año santo centra
la atención de los creyentes en el misterio de
la encarnación del Verbo y los invita a contemplar
a Cristo que, "a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario
se despojó de su rango y tomó la condición
de esclavo, pasando por uno de tantos" (Flp 2,
5-7). Pompeya es la tierra del santo rosario, donde
la oración del avemaría, que brota fervorosamente
del corazón de los fieles, lleva a contemplar
la disponibilidad interior con la que la Virgen santísima
acogió, por la fe, el anuncio del nacimiento
del Hijo de Dios en la carne humana.
De modo análogo,
la invitación, que resuena en el acontecimiento
jubilar, a escuchar con amor la palabra de Dios y a
conformar la propia vida al Evangelio, encuentra un
eco feliz en la práctica de los quince sábados,
que Bartolo Longo difundió entre los fieles,
con el fin de impulsarlos a la contemplación
de Cristo. ¡Cómo no percibir también
una sintonía elocuente entre el nacimiento humilde
y pobre del Redentor en la cueva de Belén y el
ambiente igualmente sencillo y modesto de Pompeya a
donde llegó el cuadro de la Virgen!
También la
"mística corona", que la Virgen ofrece
a cuantos se dirigen a ella como "cadena dulce
que une a Dios", es un instrumento valioso para
comprender y vivir mejor las grandes dimensiones del
jubileo. El rosario, que Bartolo Longo considera como
un baluarte contra los enemigos del alma, une a los
ángeles, y es "puerto seguro en el naufragio
común" (Súplica a la Reina del santo
rosario de Pompeya).
3. El jubileo, en
su mensaje más profundo, es exhortación
a la conversión y estímulo a una auténtica
renovación personal y social. Al entrar en el
nuevo milenio, la comunidad cristiana está invitada
a ensanchar su mirada de fe hacia horizontes nuevos
para el anuncio del reino de Dios. La certeza, que adquirió
durante el concilio Vaticano II, con respecto a su misterio
y a la tarea apostólica que le ha confiado su
Señor, la compromete a vivir en el mundo sabiendo
que debe ser "el fermento y el alma de la sociedad
humana, que debe ser renovada en Cristo y transformada
en familia de Dios" (Incarnationis mysterium, 2).
Los cristianos pueden
encontrar en el rosario una ayuda eficaz en su empeño
por realizar en su vida estos objetivos del jubileo.
Los misterios gozosos, al invitar a acoger con el asombro
de María, de José, de los pastores, de
los magos y de todos los pobres de Israel el anuncio
del nacimiento del Hijo de Dios en la carne humana,
suscitan en ellos, como ya sucedió con el fundador
del santuario de Pompeya y con muchos otros devotos
de la Virgen del santo rosario, el deseo de llevar a
los hombres de nuestro tiempo con renovado ardor el
alegre anuncio del Salvador.
A través de
la contemplación de los misterios dolorosos,
el rosario despierta en los fieles el dolor por los
pecados e, invitándolos a confiar en la ayuda
de María, que ruega "por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte", favorece
el deseo de acercarse al sacramento de la reconciliación
para corregir las desviaciones de la propia vida. Por
este camino, el beato Bartolo Longo encontró
fuerza para rehacer su vida, y fue dócil a la
acción del Espíritu Santo, el único
que transforma a los pecadores en santos.
Los misterios gloriosos,
mediante la contemplación de Cristo resucitado
y elevado al cielo, introducen en el océano de
la vida trinitaria, comunicada por el Espíritu
Paráclito a todos los creyentes y, de modo especial,
a María, nuestra Madre y hermana. Al contemplarla
elevada al cielo y en la gloria de los santos, los cristianos
se sienten animados a volver a considerar y desear las
"cosas de arriba", y aspirando a la meta eterna
toman conciencia de los medios necesarios para conseguirla,
es decir, la fidelidad a los mandamientos divinos, la
recepción de los sacramentos de la Iglesia y
la humilde adhesión a la voluntad de Dios.
También el
compromiso en favor de la unidad de los creyentes en
Cristo y en favor de la concordia fraterna entre las
naciones, que ha vuelto a proponer el gran jubileo,
encuentra un motivo de especial sintonía con
el aniversario que el santuario de Pompeya celebra este
año. En el jubileo de 1900, al comienzo de este
siglo XX, el beato Bartolo Longo quiso realizar como
voto por la paz la fachada monumental del santuario,
recogiendo ofrendas y donativos de los fieles de todo
el mundo. La paz es también ahora, en el alba
del tercer milenio, el deseo ardiente de la humanidad,
y es preciso implorarla con confianza en todos los rincones
de la tierra.
4. Venerado hermano
en el episcopado, le expreso mis mejores deseos de que,
siguiendo el ejemplo del beato Bartolo Longo, esa comunidad
diocesana perciba en dichos acontecimientos de gracia
un apremiante estímulo a anunciar con renovado
fervor a Jesucristo, Redentor del hombre.
Al respecto, es muy oportuno el plan pastoral elaborado
para este Año jubilar. Se inspira en la trilogía
"humildad, sencillez y pobreza", trilogía
que caracterizó la vida terrena de Jesús,
el estilo de María y también el programa
ascético del beato Bartolo Longo. ¡Cómo
no recordar que, guiado por el Espíritu, de la
nada y con medios pobres y humildes erigió en
Pompeya un santuario que hoy tiene una irradiación
mundial! Los escritos del beato, que ya entonces llegaban
a personas de diversas lenguas y naciones, siguen prestando
una gran ayuda para la reflexión y la vida espiritual.
Acoged y volved a
proponer a la sociedad actual esta valiosa herencia,
que para vosotros constituye un singular título
de honor, para que en el templo de Pompeya, donde la
Madre sigue mostrando a su Hijo divino como único
Salvador del mundo, muchos hombres y mujeres que buscan
la paz experimenten con gozo la "visita" de
Cristo, como Isabel y Juan Bautista con ocasión
de su encuentro con la Virgen (cf. Lc 1, 39-56).
Con estos
deseos, por intercesión del beato Bartolo Longo,
invoco sobre usted, venerado hermano, sobre los sacerdotes,
sobre los religiosos y las religiosas, sobre la entera
comunidad diocesana, sobre los peregrinos y los devotos,
la protección materna de la Reina del santo rosario,
e imparto de buen grado a todos una especial bendición
apostólica.
Vaticano,
8 de diciembre de 1999, solemnidad de la Inmaculada
Concepción de la santísima Virgen María.
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